¡Bienvenido 2012! ¡Bienvenido el verano! ¡Bienvenidos a un nuevo y pujante blog (estemm...)!
Me gustan los inicios. Los arranques de los años, de las estaciones, los inicios de ciertas novelas, de algunas películas, de las agendas y de los cuadernos con espiral. En los inicios es donde está condensada la esencia de las cosas. En cine, por ejemplo –al menos en los clásicos- se concentran, en los diez primeros minutos, los indicios de la totalidad de la trama. No hay más que buscar una película que haya funcionado bien y poner los diez o doce primeros minutos -tantas veces como sea necesario- y empezar a registrar todas las señas que el guión nos va dando: quién es el personaje principal, quién el antagonista y cuál es el conflicto. Incluso se sugiere la pista que anuncia el final. Si alguno tiene tiempo y ganas, pruebe con su película favorita, verá que no miento. Funciona hasta en las peliculas de suspenso.
Como esta receta, de alguna manera, es también el inicio de una temporada, supongo, anticipa lo que vendrá: lo de siempre, vamos; cocina simple, sencilla, accesible, sin muchas pretensiones, "a palo seco", como quien dice. Pero siempre con aplicación y esmero. En ojotas, pero perfumá.
Como esta receta, de alguna manera, es también el inicio de una temporada, supongo, anticipa lo que vendrá: lo de siempre, vamos; cocina simple, sencilla, accesible, sin muchas pretensiones, "a palo seco", como quien dice. Pero siempre con aplicación y esmero. En ojotas, pero perfumá.
Esta es una receta muy sencilla, apta para darle color a esos filetes de pescado que muchos guardamos en el fondo del freezer. Solo hay que mezclar idénticas proporciones de manteca y queso roquefort (y si tenemos, algún fruto seco, como pistachos, almendras o nueces), batir hasta convertir en una crema y guardar en el freezer o el congelador.
Cuando tengamos hambre -o ganas de usarla- maceramos pescado (lenguado, en este caso) en limón y sal por un rato. Luego lo salteamos en sartén o plancha con unas gotas de aceite de oliva. Antes de que se termine de hacer, le agregamos un poco de vino blanco y cuando esté listo, le agregamos por encima una bochita de este helado de roquefort. La salsa se derrite inmediatamente.
Acá termina la receta. Y empieza el remate literario, que es el inicio de otra cosa. En esta ocasión, tengo el agrado de dejarlos con –según mi punto de vista- el mejor arranque de una novela argentina. Ojalá alguno lo disfrute tanto como yo.
Zama
Antonio Di Benedetto
Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.
Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.




























