« Cada idea revolucionaria parece evocar tres etapas de reacción:
1) Es completamente imposible.
2) Es posible, pero no vale la pena.
3) Todo el tiempo dije que era una buena idea. »
1) Es completamente imposible.
2) Es posible, pero no vale la pena.
3) Todo el tiempo dije que era una buena idea. »
Arthur C. Clarke
Cuenta una leyenda que el origen del queso fue resultado de un accidente. Varios miles de años antes de Cristo (en materia de leyendas, no esperen precisiones históricas), un árabe se desplazaba sobre un camello a través del desierto. Llevaba leche de oveja dentro de la tripa de un cordero. Durante tres noches y tres días, que fue lo que duró el viaje, el suero de la leche se fue filtrando de la bolsa, goteando sobre la arena, evaporándose bajo el ardiente sol y proyectando espejismos para los que venían más atrás.
Al cabo de esas noches y esos días, el árabe llegó a su casa. Al abrir la tripa, no encontró leche de oveja sino una pasta fermentada, coagulada y espesa. Y la suerte quiso que, en vez de tirarla, le pasara el dedo y la probara. Fue la primera vez que un árabe se acarició el bigote.
Este casual descubrimiento, denominado labneh, fue prontamente adoptado por la cocina de Medio Oriente. Es parecido a lo que nosotros conocemos como queso philadelphia o finlandia, aunque ligeramente más ácido y potencialmente más rico.
Con un poco de gusto por la aventura, nosotros también lo podemos hacer. Solo necesitamos ganas y paciencia de monje.
Al cabo de esas noches y esos días, el árabe llegó a su casa. Al abrir la tripa, no encontró leche de oveja sino una pasta fermentada, coagulada y espesa. Y la suerte quiso que, en vez de tirarla, le pasara el dedo y la probara. Fue la primera vez que un árabe se acarició el bigote.
Este casual descubrimiento, denominado labneh, fue prontamente adoptado por la cocina de Medio Oriente. Es parecido a lo que nosotros conocemos como queso philadelphia o finlandia, aunque ligeramente más ácido y potencialmente más rico.
Con un poco de gusto por la aventura, nosotros también lo podemos hacer. Solo necesitamos ganas y paciencia de monje.
Primero tenemos que hacer seis yogures caseros naturales (sin azúcar). Es fácil. Los pueden hacer en la yogurtera o seguir el método legendario (otra de las hazañas posteadas por Con el tenedor; click acá para leer la receta). Entonces: tenemos 6 yogures naturales hechos. Ponemos una gasa (si es doble, mejor) sobre un colador. La gasa debe medir, por lo menos, 30 x 30 centímetros. Volcamos de a poco los yogures en el centro. Dejamos escurrir el suero un rato. Luego, recogemos las puntas de la gasa y las anudamos. Ya tenemos una bolsa de gasa con el yogurt adentro. Colgamos la bolsa de un clavo en la cocina o, si hace mucho calor, la guardamos dentro de un colador en la heladera y la dejamos reposar durante tres días y tres noches. Durante ese tiempo, el yogurt se librará del suero. Al cuarto día desatan la bolsa, la abren y encontrarán labneh. Pueden usarlo para untar tostadas, rellenar pan de pita, hacer cheescakes o esta otra receta que les propongo: con las manos, formamos bolitas de tres o cuatro centímetros de diámetro, las dejamos secar un rato, luego las metemos en un tarro de vidrio esterililzado, agregamos romero, menta, tomillo o granos de pimienta, y completamos el tarro con aceite de oliva.
Los escépticos, los prácticos y positivistas se preguntarán, para qué sirve tomarse tooodo este trabajo? Pues pa´ decir, "lo hice; todo
el tiempo dije que era una buena idea".
Con paciencia de monje me despido. Y con un cuento de monjas. Que los religiosos se sonrían y no se ofendan:
Desde minificciones.com.ar
La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente.–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?












