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lunes, 14 de noviembre de 2011

Risotto de calabaza y parmesano


Dos hombres van a un restaurante chino, y al entrar se sientan y esperan al mesero, cuando éste llega, le preguntan cuál es el especial del día, a lo que el mesero responde:
-Aloz con lata.
Los hombres se miran y uno dice sorprendido:
-¿Arroz con lata?
El mesero dice:
-No, aloz con lata.
El hombre vuelve a preguntar:
-¿Arroz con lata?
A lo que el mesero explica:
-Con lata, la mamá de los latoncitos.


Con tremendo chiste que encontré, de nada vale hacer el intento por escribir una introducción. Así que voy derecho a la receta:

Ingredientes:
1/2 kilo de calabaza o zapallo
1 cebolla
300 gramos de arroz carnaroli
1 litro de caldo de verduras
1/2 vaso de vino blanco
Queso parmesano rallado
Manteca, aceite de oliva
Sal, pimienta y salvia (o romero)

Calentar una olla con aceite de oliva a fuego bajo. Agregar la cebolla cortada bien chiquita. Ni bien transparente, poner la calabaza pelada y cortada en cubos pequeños. Cocinar unos minutos. Agregar el vino blanco y dejar cocinando hasta que se evapore el alcohol. Luego, agregar el arroz. Saltear unos minutos, mientras vamos mezclando con cucharón de madera y luego, de a poco, ir echando el caldo (un cucharón por vez, hasta que se evapore, luego otro cucharón, y así, ya saben todos). A los veinte minutos aproximadamente el arroz estará listo y la cabaza deshecha. El arroz tiene que quedar bien caldoso. Apagar el fuego, agregar sal, pimienta, manteca y queso paremesano. Tapar la olla y dejar estacionar unos minutos. Al momento de servir, podemos agregar por encima salvia o romero.

Tampoco de nada vale hacer un esfuerzo por cerrar prolijamente este post. Con tremenda fábula que encontré, me despido.

Extraida de la Revista e-Kuóreo

Otra vez "Le Corbeau et le Renard" 
De Álvaro Yunque  
  
El cuervo, subido a un árbol, estaba no con un queso según dice la fábula clásica, sí con un sangriento pedazo de carne en el corvo pico. Llegó el zorro. El olor lo hizo levantar la cabeza, vio al cuervo banqueteándose, y rompió a hablar:
—¡Oh hermoso cuervo! ¡Qué plumaje el tuyo! ¡Qué lustre! ¿No cantas, cuervo? ¡Si tu voz es tan bella como tu reluciente plumaje, serás el más magnífico de los pájaros! ¡Canta, hermoso cuervo!
El cuervo se apresuró a tragar la carne, y dijo al zorro:
—He leído a La Fontaine.

Nota: para los que no entendieron el final, paso aviso: La Fontaine escribió aproximadamente unas doscientas cuarenta fábulas, muchas de las cuales sirvieron a las abuelas de antaño para torturar a sus queridos nietos. Entre esas famosas fábulas se encuentra "Le Courbeau et le Renard" (en español, "El cuervo y el Zorro"), cuya moraleja, como era de esperarse, es de moral desgraciada.

viernes, 28 de octubre de 2011

Arroz con calamares, marca registrada


 

Advertencia: este es uno de los habituales posts en donde la entrada explota de bytes. Si el bloggero lector no tiene tiempo, sugiero pasar de largo. Si a pesar de la advertencia, el lector bloggero igual se quiere quedar, tenga paciencia. Hoy me levanté con ganas de escribir.

Ahora sí: El día que murió Steve Jobs, yo no tenía idea de quién era ese hombre. Me enteré porque muchos colegas ponían, por foto de perfil, la imagen de la manzanita. Facebook ardía con la noticia: el creador de Mac ha muerto.
Llegué pronto a un video muy emotivo en donde Jobs hablaba sobre "conectar los puntos" del pasado. Lo que entendí es que sugería que todo lo que uno aprendió en la vida podía reunirse en el presente, viniendo a significar esto, la clave del éxito. Me conmoví con su discurso y sentí una especie de iluminación. Pero, con el correr de los días, caí en la cuenta que la luz que el yotube enciende, pronto se apaga. A partir de entonces, empecé a preguntarme si realmente estas teorías funcionaban en la realidad. O es el corazón mudo, o es que los puntos se repelen, o la voz interior es un carromato o es que con las habilidades por sí solas, no alcanza.
Por poner un ejemplo, voy a poner el mío. En mi niñez aprendí teoría, solfeo y punteo de guitarra criolla, flauta dulce, quena; taquigrafía, mecanografía, cerámica, samba y folklore; hice manualidades, anduve entre los boy socuts, hice de negra en las fiestas patrias y hasta tomé cursos de corte y confección. A los trece años ahí estaba yo, en la puerta del secundario, cargando con todo mi equipaje intelectual. Lo recuerdo muy bien. Fue un día terrible. Pisé la escuela con un vestuario tan rústicamente hecho con mis propias manos, con una cartuchera tan mal pintada con mis propios dedos, que me gané un apodo bastante infeliz que no quisiera repetir. Desde luego, ese día aprendí que para algunas cosas, mejor seguir a la masa.


Volviendo al presente, que es el lugar desde donde escribo, todavía hoy me sigo preguntando por qué hacen tanto efecto las palabras de Jobs, si en el fondo todos sabemos que son mentira. No sé si es suerte, estrella, destino, pero la vida es muy distinta para cada uno de nosotros.
Para no dejar sembrado el gusto pesimista de las cosas, quisiera decir que yo sí he contado suerte en la vida.  Una, dos, tres de ellas, el espacio para pasar recetas. Porque a eso también venía:

Ingredientes (para dos o tres existencialistas)
2 tazas de arroz blanco del que tengan
5 cucharadas de aceite de oliva del que tengan
1 cebolla grande de la que tengan
1 diente de ajo del que tengan
1 pimiento morrón rojo del que tengan
1 lata de calamares o 1 tazas de calamares hechos en casa, si es que pueden con ellos
1 lata de tomates peritas pelados, de la que tengan
Un poco de vino blanco seco de la marca que sea
Sal, pimienta, pimentón dulce, pimentón picante (yo le puse también una pizca de chile, para darle power, porque es lo que tenía)

Donde se concentran los sabores:
Calentar el aceite de oliva, freír el ajo y la cebolla bien picados o pisoteados. Luego agregar el pimiento morrón cortado bien chiquito. Salar, pimentar, agregar pimentón dulce y picante. Agregar un poco de vino blanco. Cuando evapore, agregar la lata de tomates pisados y, por último, los calamares (si son de lata, ya vienen cocidos).
En olla aparte, cocer arroz. Cuando esté cocido, lo colamos y lo metemos en moldecitos. Luego los desmoldamos y echamos por encima la salsa de calamares. Un plato muy popular pero no por ello menos personal.

Yo se que los que tienen Iphone y Ipad me estarán odiando. Tal vez también se enoje por esto que digo Steve Jobs (por allá por donde se encuentre, quizá atascado en la net). Así que en algo he de redimirlo. Esa parte de la "marca personal", la compro. No puedo usar la manzana porque Mac me demandaría. Pero sí esta insignia que armé con la cabeza de un ají morrón que ven en la foto. Porque tal vez sí, tal vez todo termine resultando como dice Jobs. Quien dice que mañana no se contacte conmigo algún gerente de Knorr Suiza o Arroz Gallo Oro para pedirme que escriba recetas de cocina para las tapas posteriores de sus cajas. Y si esto sucediera, entonces sí, me diría "qué suerte (perra) la mía". Y también diría, muchachos, vayan agrandando la caja.
Hoy no hay cuento.
Muchas gracias a los que aguantaron hasta acá. Y a los que aguantan más allá, también.
Hoy es viernes y llueve. Desde septiembre, todos los viernes llueve.

lunes, 13 de junio de 2011

Arroz yamani con salsa agridulce


Ayer, en mi edificio, se rompió el ascensor y tuve que subir por las escaleras. En vez de ir contando los escalones, como hace la gente normal, fui tratando de adivinar quién vivia en cada departamento según los olores que sentían en el pasillo. Como esto ocurrió cerca de las 9 de la noche, fue bastante fácil imaginarlo. Olor a milanesas fritas: la familia de bancarios; olor a puchero: la pareja de jubilados; churrasco pasado: el estudiante de agronomía; huevos rancheros y música estridente: el que se acaba de divorciar. Pero mi entretenimiento pronto llegó a su fin porque, apagada la luz automática del pasillo, me encontré a oscuras, completamente ciega. Mientras tanteaba peldaños con el pie, vi un reflejo amarillento que se escapaba por debajo de una puerta. Luego escuché un tamborilleo extraño, seguido de ruidos de cadenas y golpes contra la pared. Por último, un agudo y escalofriante maullido de gato (¡¿Magui?!). Estampada contra la pared, muerta de miedo, di manotazos hasta conseguir encender la luz. Vi en la pared la numeración de mi piso. Vi en la puerta alborotada la letra de mi departamento. Sí, sí, todo aquello provenía de mi casa. Transpiré, temblé, me desmayé y me recuperé antes de llegar al suelo, porque de pronto caí en la cuenta que todo este misterio doméstico tenia una buena explicación. "Me cacho en dié, otra vez me olvidé encendido el Kohinoor". El ciclón se había llevado por delante dos macetas, tres envases de cerveza, una lata de pintura al aceite y la canasta donde guardo las bolsitas del Coto. Eso sí, el trapo rejilla que habia dejado centrifugando desde la mañana temprano, estaba seco. ¡Qué cabeza la mía! Para bajar un cambio y recuperar el pulso, me puse a cocinar. Si en ese momento algún vecino iba subiendo escaleras, boludeando en vez de ir contando escalones, seguro adivinó que por la noche, en mi viejo wok, se cocinaba la receta que sigue:


Salsa agridulce:
1/2 taza de azúcar
1/4 taza de vinagre blanco
1/2 taza de agua
1/4 taza de salsa de soja
1 cucharada de ketchup
2 cucharadas de maicena

En una ollita poner  a calentar todos los ingredientes menos la maicena. Dejar que caliente y evapore un rato para que espese un poco. Al cabo de 15 minutos aproximadamente, agregar la maicena disuelta en un par de cucharadas de agua y agregar a la preparación. Revolver continuamente hasta que espese (sin parar de mezclar para que no se agrume). Luego retirar y dejar enfriar.


Arroz yamaní: 
2 tazas de arroz yamani
Aceite de oliva
1 morrón rojo
4 cebollitas de verdeo
250 gramos de champignones
1 zanahoria
Tofu (o pollo, como prefieran)
Salsa de soja
Sal, pimienta

Poner a cocinar el arroz en 4 tazas de agua por 25 minutos. Cuando esté listo, colar y reservar. Aparte, cortar todas las verduras en tiras finitas. Poner a calentar un wok o sartén profunda unas cucharadas de aceite de oliva. Agregar la cebolla, morrón, zanahoria y dejar cocinar un rato. Salar y pimentar para que suelten el jugo. Luego agregar los champignones. Agregar un chorro de salsa de soja. Cuando esté todo cocido, agregar el arroz y mezclar en la misma sartén. También podemos ponerle en ese momento unas cucharadas de salsa agridulce para que el arroz empiece a tomar sabor. Por último agregamos tofu o pollo salteado (o las dos cosas, vamos). Servimos agregando por encima la salsa agridulce y rociamos con unas semillitas de sésamo.

Y si hay algo más misterioso que la luz que se escapa por debajo de la puerta de un pasillo a oscuras, esas son las ventanas iluminadas de Roberto Arlt. Afanado de Narrativa Breve:

Las ventanas iluminadas
La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja  entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo.  Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Del libro En la noche. Historias después de hora.
Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

martes, 10 de mayo de 2011

Risotto de azafrán y mejillones


Para hacer bien este risotto debemos tener a mano dos amigos internacionales. Yo usé arroz carnaroli traído de Italia (especiales gracias a Carlos Shumbo), azafrán español (mis recuerdos a La Tita Ravana) y mejillones de verdad, abiertos con mis propias manos (siguiendo los consejos de mi inseparable amigo Carlos Daniel Abrelatas). A propósito, muchos de mis amigos tienen en sus álbumes la típica foto de estas donde la familia posa en la playa con un balde de mejillones pescados por ellos. Hace muchos, muchos años, mi familia quiso hacer un retrato similar. Fuimos al muelle a pescar con mediomundo y cuando ya teníamos tres o cuatro cornalitos en la red, mi abuela le pasó la cámara a un guardavidas para que nos hiciera la foto. Sucede que la cámara (de las de antes) tenía un error de paralaje y salimos todos con la cabeza cortada. La metáfora fue tomada con mucha seriedad y desde entonces, si es marisco o pescado, envasado o congelado. Pero mejor vamos a la receta:

Ingredientes (para 2 personas de buen comer y beber):
1 cebolla blanca
3 cucharadas soperas de manteca
1/4 taza de aceite de oliva
2 tazas de arroz carnaroli
1/2 vaso de vino blanco
4 tazas de caldo de pollo
Azafrán
1 lata de mejillones al agua
100 gramos de queso parmesano rallado.

Manos a la obra:
En una olla poner a calentar 2 cucharadas de manteca y el aceite de oliva. Luego incorporar la cebolla bien chiquita. Apenas esté trasparente, agregar el arroz. Revolver constantemente. Agregar el vino blanco y seguir revolviendo (que sino se pega!). Luego el azafrán. De a poco, ir añadiendo el caldo (de a chorritos y durante 20 minutos). Cuando el caldo esté a punto de consumirse y el arroz esté listo, apagar el fuego, agregar los mejillones, el queso parmesano y una cucharada de manteca. Tapar la olla y dejar descansar por 5 a 10 minutos.

Un plato muy sencillo y delicioso. Y como decía mi abuela, si te sale bien ya te podés casar (¿o lo decía mi bisabuela?). A propósito de ello, me despido con un deleitable postre colombiano.  Usurpado de la página  Internacional Microcuentista, con ustedes:

Ratona, matrimonio y enamorado
Humberto Jarrín
—Sabe una cosa —le confesó la Ratona a su interlocutor de turno mirándole seductoramente a los ojos—, sé que apenas acabo de conocerlo pero no me resisto a declararle que estoy enamorada de usted.
—¿Es lo que se llama un amor a primera vista? —Preguntó el galán con juguetona vanidad.
—No sé si así se llame, en realidad nunca he estado interesada en los nombres de esto o aquello, respondo por lo que siento.
—¿Sí?
—Sí. Y podríamos casarnos, y tener una cuevita que tú te cuidarás de mantener, y tendríamos muchos pero muchos hijos aprovechando mi ardorosa y prolífica naturaleza, y...
—Este... Bueno..., no niego que lo encuentro muy halagador y sugerente, que hasta me gustaría, pero sucede que somos diferentes.
—¿Cómo diferentes? ¿Acaso tiene usted una cierta debilidad, no es usted, en el amplio y completo sentido de la palabra, un Ratón?
—No.
—¡¿No?!
—No. Soy un Murciélago.
—Vaya, disculpe usted, señor. Y adiós.
—No hay cuidado. Que le vaya bien. Y en verdad siento no haber clasificado.
En tanto la Ratona visiblemente desilusionada se aleja, el asediado casadero se queda cantando muy contento pues una vez más, con ese viejo estratagema de hacerse pasar por un Murciélago ha logrado conjurar con éxito el recurrido y acechante fantasma del matrimonio.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Arroz perfumado


Hoy domingo, día ventoso como pocos, abrí las ventanas de casa y dejé correr el viento. Mi casa era un despiole total, así que me fui, porque si hay algo que no  me aguanto es el desorden.  Di unas vueltas por el barrio, pero al rato me asaltó una preocupación:  los vidrios de mis ventanas y las paredes no se llevan. En días agitados como estos, suele armarse una discusión terrible, tormentosa. Así que regresé pronto a casa.
Para sorpresa mía, los vidrios estaban intactos y las ventanas se mecían serenas. Pero algo insólito había pasado, los muebles, la ropa, las bolsas del supermercado y la verdulería, se habían reordenado.  Es verdad entonces eso de que el viento barre. Después de toda esta historia, me dispuse a cocinar una receta que debería haberse llamado risotto de romero, lima y limón pero, como sospecharán, con este día tan extraño que tuve, era natural que no saliera (vean en la foto qué limpito salió el arroz). Ahora, de sabor, irreprochable. Y como lleva bastante queso rallado (si ustedes le quieren poner, claro), puede que resulte un verdadero plato.

Para 2 porciones:
2 tazas de arroz (recomiendo el carnaroli, doble carolina o yamaní).
5 o 6 tazas de caldo (que bien se puede hacer con agua caliente y un caldito de knorr a los cuatro quesos)
1 cebolla blanca rallada
Ralladura de un limón, de una lima (que le dará un aroma muy particular) y romero fresco picado.
5 cucharadas de aceite de oliva
1 cucharada de manteca
Queso parmesano rallado o del que quieran (a piaccere).
En una olla o cacerola, calentamos el aceite de oliva, freímos la cebolla y cuando esté transparente agregamos el arroz en seco. Dejamos freír unos segundos y, luego, muy de a poco, vamos agregando el caldo caliente. En la medida que se consume, vamos agregando más. El secreto del risotto es siempre ir revolviendo y agregando el caldo de a poco para que suelte el almidón. Como a los 20 minutos, dependiendo del tipo de arroz (el integral lleva unos 10 minutos más en hacerse), estará listo. Apagamos el fuego, agregamos el queso rallado, la manteca, el romero y la ralladura de lima y limón, tapamos la olla y dejamos estacionar 5 minutos.

Así como el viento se apropió de mis cosas, estableciendo el orden a su propio antojo, el piso se barrió, el arroz no ligó bien y, finalmente,  que me es imposible imitar con justicia al Felisberto, así yo transcribo un fragmento  de este GRAN narrador uruguayo, el cuentista, el pianista de cine, el talentoso, el que no se parece a nadie, el francotirador de la literatura, el Felisberto Hernández:
Una noche me desperté en el silencio oscuro de mi pieza y vi en la pared empapelada de flores violetas, una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que ocurría algo extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla; pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los objetos míos. No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa. ¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?
Para leer el cuento entero, hacer click en EL ACOMODADOR

sábado, 7 de agosto de 2010

Risotto de tomates secos y hongos


La diferencia entre un plato de arroz y un risotto (inventado por los italianos en el siglo XVI) es que este último es cremoso, “mantecato”, porque se pegotea en el almidón que se desprende de los granos. El secreto para que esto suceda es freír el arroz en seco y, de a muy poco, agregar caldo caliente en pequeñas cantidades. La cocción debe hacerse a fuego mediano. Para que no se pegue uno deberá permanecer fiel  junto a la olla y, de ser posible, ser  una persona honesta y trabajadora.  Es decir, agachar la cabeza y revolver. El tiempo de cocción dependerá del tipo de arroz que usemos. El arroz blanco se hace en 15 o 20 minutos, el integral o yamaní, media hora y un poco más también (dado que estos granos conservan el salvado de la cáscara y son más firmes -y más nutritivos, dicho sea de paso-). 

Para hacer este risotto, necesitamos:
(ingredientes para dos personas)
2 tazas de arroz yamaní (o integral, o blanco); 1 bandeja de champignones frescos, 8 tomates secos, 1 cebolla mediana, laurel, pimienta, sal, manteca (o aceite de oliva) y queso rallado.
Ponemos a hervir los tomates secos en una ollita con agua por unos 5 minutos. Cuando estén tiernos, los retiramos y reservamos el agua.
En una olla, ponemos a calentar tres o cuatro cucharadas de manteca (o aceite de oliva), freímos la cebolla cortada muy chiquita y cuando esté transparente, agregamos el arroz seco y lo dejamos tostar unos minutos, revolviendo con dedicación y esmero.

Añadimos los champignones fileteados, un par de hojas de laurel, los tomates ya hidratados cortados en tiritas, medio vaso de vino blanco seco o vino tinto (a piacere) y salpimentamos. Subimos la llama del fuego y dejamos evaporar el alcohol. Luego, y de a poco, agregamos el agua que nos quedó del tomate (o caldo caliente). A medida que el agua se evapora, vamos a agregando más (todo esto sin dejar de revolver, por supuesto). A los 15, 20, 30 minutos (dependiendo del tipo que usemos) el arroz estará listo. Sin dejar que el agua se evapore completamente, apagamos el fuego, añadimos un par de cucharadas de manteca y queso rallado. 
Tapamos la olla y dejamos estacionar un rato para que ligue y espese. Una delicia. Como dijimos antes, esta receta es italiana, pero el arroz es procedente de Asia Meridional (India, Indochina y China).

Como era de esperarse, llegó la hora de los chistontos. Este que paso debajo, es más accesible que el del post anterior, por lo menos yo me leí un lato. Resulta que...

Un hombre entra a un restaurante cantonés y le dice al mozo:
-Chinito solo tengo 3 pesos. Será que me puedes dar arroz con camarón?
El chino le responde:
-¡Camalón caro! Tu estás loco…
-Entonces que me puedes dar, chino?
-Arroz con lisa.
-Bien. Tráeme eso entonces…
El chino le lleva el plato y el hombre ve que sólo hay arroz y dice:
- Chino pero aqui sólo hay arroz. Y la lisa?
- Jajajajajaja.

 

miércoles, 4 de agosto de 2010

Arroz persa o arroz dulce


Enviado desde mi planberry –berrygud.

Voy a escribir poco porque no ando lo que se dice bien de salud (nada relacionado a la indigestión, a no preocuparse). Si por algún motivo emplichara esta semana, aviso a todos aquellos que tengan la llave de mi casa, que la Essen tiene los tornillos flojos. Si la olla sufre un accidente en alguna cocina familiar, no fabulen con la existencia de fantasmas (menos ahora que expliqué cómo termina el chiste).
Ingredientes: arroz (blanco, integral o yamaní), aceite de oliva, ajo, curry, pimentón dulce, canela, almendras fileteadas, pasas de uva, clavo de olor, comino, jengibre, confitura de naranja, miel, caldo y sal.

Remojar el arroz con agua fría media hora. Lavar para sacar el almidón. Hervir durante 5 minutos. En un wok, sartén grande u olla, calentamos aceite de oliva. Freímos un diente de ajo machacado e inmediatamente agregamos el arroz colado y semicocido. Condimentamos con las especias que tengamos, agregamos de a poco caldo o agua caliente (por cada taza de arroz, dos de caldo o agua), luego las pasas, almendras, cascaritas de naranja confitadas (tan simple como cortar cascaritas y hacerlas hervir en agua y azúcar hasta llegar a punto almíbar) y el jengibre rallado. Cuando esté por terminarse de evaporarse el agua, agregar miel (tres o cuatro cucharadas por cada 100 gramos). Cuando quede apenitas de agua y el arroz esté prácticamente cocido, apagar el fuego, tapar y dejar estacionar un rato. Se puede acompañar con pollo frito o al horno. Como no tengo refrán para dar finalización a este post (¡aleluya!), paso un chistecito alegórico a la receta:
- qué le dice un grano de arroz a otro en el desierto?
- vaya ambiente, chico!

Yo no lo entendí, pero tal vez alguno de ustedes lo agarre al vuelo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Guiso àl barrio


No sé cómo se llama este guiso pero la receta es bastante popular. Al menos cuando mis hermanos y yo éramos chiquitos, nos hacían este plato bastante seguido. Claro que en ese entonces, fanáticos de la milanesa y las batatas fritas como éramos, no nos gustaba nada. Pero con los años una le agarra cariño a la cacerola. Es tan fácil como casi todas las recetas que posteo. Para 4 porciones necesitamos: aceite de oliva, un diente de ajo, 4 cebollitas de verdeo, un morrón rojo, 1 lata de tomates peritas, 2 churrascos de nalga, 1 hoja de laurel, 200 gramos de arroz, pimentón y nada más. Bueno, sí, con cuatro o cinco rodajitas de chorizo colorado convertiríamos esta receta en una verdadera delicia.

En una olla o cazuela ponemos a freír el diente de ajo picado, enseguida (antes de que tome color) sumamos las cebollas de verdeo y el morrón picados. Dejamos cocinar un par de minutos y agregamos la carne cortada en tiritas y, si tienen y pueden, chorizo colorado. Cuando se cocine, sumamos puré de tomates, pimentón, sal y laurel. Dejamos cocinar un rato. En otra olla ponemos a cocinar arroz, a los 10 minutos de hervor, colamos y llevamos a la cacerola. Dejamos que se termine de cocer en la salsa y ya está.

sábado, 15 de mayo de 2010

Arroz con pollo y azafrán


Una excelente receta para hacer en invierno. Se prepara en menos de cuarenta minutos y se saborea mejor al día siguiente. Ese es el quid de los guisos, nadie lo puede negar. Para 4 porciones, necesitamos: 2 pechugas de pollo cortadas en cubitos, 1 o 2 dientes de ajo, 1 cebolla grande, 1 zanahoria, 2 tazas de arroz, 1 lata de arvejas, 1 morrón rojo, media lata de tomates peritas, aceite de oliva, sal, pimienta y 1 latita de azafrán (si es bueno cuesta un ojo de la cara… y sino, en el chino siempre hay del otro).

Por un lado ponemos a cocinar 2 tazas de arroz en 4 de agua (no se tiene que terminar de cocinar, ojo con descuidarse). Cuando el agua hierva, agregar un poco de azafrán para que el arroz vaya tomando color. Por otro, en una olla o cacerola, freimos la cebolla y el diente de ajo bien picados. Luego agregamos el morrón rojo y la zanahoria cortados chiquitos. Después de un par de miutos ponemos a cocinar el pollo trozado. En 10 minutos más o menos, echamos los tomates, las arvejas y todo lo que nos quede de la latita de azafrán. Mientras tanto, colamos el arroz, que debe estar semi cocido. Lo agregamos a nuestra salsa y dejamos cocinar unos 10 minutos más. Y listo, ideal sería dejarlo para el día siguiente. Y si no se puede, es porque no se puede.

Lo que sí puede uno es olvidarse de este guiso leyendo el maravilloso cuento...

La Casa del Juicio. 
De Oscar Wilde.
Y el silencio reinaba en la Casa del Juicio, y el Hombre compareció desnudo ante Dios.
Y Dios abrió el Libro de la Vida del Hombre.
Y Dios dijo al Hombre:
-Tu vida ha sido mala y te has mostrado cruel con los que necesitaban socorro, y con los que carecían de apoyo has sido cruel y duro de corazón. El pobre te llamó y tú no lo oíste y cerraste tus oídos al grito del hombre afligido. Te apoderaste, para tu beneficio personal, de la herencia del huérfano y lanzaste las zorras a la viña del campo de tu vecino. Cogiste el pan de los niños y se lo diste a comer a los perros, y a mis leprosos, que vivían en los pantanos y que me alababan, los perseguiste por los caminos; y sobre mi tierra, esta tierra con la que te formé, vertiste sangre inocente.
Y el Hombre respondió y dijo:
-Si, eso hice.
Y Dios abrió de nuevo el Libro de la Vida del Hombre.
Y Dios dijo al Hombre:
-Tu vida ha sido mala y has ocultado la belleza que mostré, y el bien que yo he escondido lo olvidaste. Las paredes de tus habitaciones estaban pintadas con imágenes, y te levantabas de tu lecho de abominación al son de las flautas. Erigiste siete altares a los pecados que yo padecí, y comiste lo que no se debe comer, y la púrpura de tus vestidos estaba bordada con los tres signos infamantes. Tus ídolos no eran de oro ni de plata perdurable, sino de carne perecedera. Bañaban sus cabelleras en perfumes y ponías granadas en sus manos. Ungías sus pies con azafrán y desplegabas tapices ante ellos. Pintabas con antimonio sus párpados y untabas con mirra sus cuerpos. Te prosternaste hasta la tierra ante ellos, y los tronos de tus ídolos se han elevado hasta el sol. Has mostrado al sol tu vergüenza, y a la luna tu demencia.
Y el Hombre contestó, y dijo:
-Sí, eso hice también.
Y por tercera vez abrió Dios el Libro de la Vida de Hombre.
Y Dios dijo al Hombre:
-Tu vida ha sido mala y has pagado el bien con el mal, y con la impostura la bondad. Has herido las manos que te alimentaron y has despreciado los senos que te amamantaron. El que vino a ti con agua se marchó sediento, y a los hombres fuera de la ley que te escondieron de noche en sus tiendas los traicionaste antes del alba. Tendiste una emboscada a tu enemigo que te había perdonado, y al amigo que caminaba en tu compañía lo vendiste por dinero, y a los que te trajeron amor les diste en pago lujuria.
Y el Hombre respondió:
-Si, eso hice también.
Y Dios cerró el Libro de la Vida del Hombre y dijo:
-En verdad, debía enviarte al infierno. Sí, al infierno debo enviarte.
Y el Hombre gritó:
-No puedes.
Y Dios dijo al Hombre:
-¿Por qué no puedo enviarte al infierno? ¿Por qué razón?
-Porque he vivido siempre en el infierno -respondió el Hombre.
Y el silencio reinó en la Casa del Juicio.
Y al cabo de un momento. Dios habló y dijo al Hombre.
-Ya que no puedo enviarte al infierno, te enviaré al Cielo. Sí, al cielo te enviaré.
Y el Hombre clamó:
-No puedes.
Y Dios dijo al Hombre:
-¿Por qué no puedo enviarte al Cielo? ¿Por qué razón?
-Porque jamás y en parte alguna he podido imaginarme el Cielo -replicó el Hombre.
Y el silencio reinó en la Casa del Juicio.

viernes, 9 de abril de 2010

Budín, pescau...


Este budín puede contener, además de arroz y atún, una mezcolanza de cosas que, o bien nos gustan, o nos quedan en la heladera. Para hacerla altamente nutritiva yo la hago así: cocinamos media taza de arroz con una taza de agua (como indican las instrucciones de la caja). Mientras tanto, abrimos una lata de atún, le agregamos limón, sal y un poco de aceite de oliva. Lo desmenuzamos bien. Agregamos también medio tomate cortado chiquito, aceitunas y una mayonesa hecha a base de puré de paltas, limón, queso blanco y mayonesa (o mayonesa solamente, a conciencia). Si quieren, también pickes. Cuando el arroz esté cocido, colado y frío, se lo agregamos a la preparación anterior. Revolvemos bien hasta que quede una pasteta, metemos en un molde y a la heladera un buen rato como para que se solidifique.

El atún y la salud:
El atún contiene grandes cantidades de ácidos grasos omega 3, que son muy buenos para el corazón, el desempeño neural y de las articulaciones.  También ayudan a prevenir la trombosis y arteriosclerosis y mejoran las funciones cerebrales de las personas adultas. Reducen la presión sanguinea y también los niveles de colesterol malo en la sangre.
Nadie vivirá por siempre solo por comer atún pero seguro les ayudará a vivir mejor. Con este consejo y este cuento damos terminada la receta:

James George Frazer. Vivir para siempre.
Otro relato, recogido cerca de Oldenburg, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía está ahí, en la iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año se mueve.
James George Frazer - Balder the Beautiful, vol. 1 (1913)
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