Hoy encontré un cuento (el que posteo debajo) que me resultó muy familiar. Hace algunos años, en el piso de arriba de mi casa, vivía un abogado que se iba a dormir todas las noches a las 12 y media clavadas. Como, en general, en la semana yo me voy a dormir un rato antes, solía escuchar su rutina. El abogado se sentaba en la cama y se sacaba un zapato. A los treinta segundos, el otro. Un minuto después, caía en el piso un cinturón de hebilla pesada. Hasta que no escuchaba el último crujir de las patas de su cama, no podía dormirme. Era un rito tranquilizador, que me ayudaba a conciliar el sueño. Pero, hace cosa de un año, el abogado se mudó. Su casa fue ocupada por una pareja de lo más extraña. Nunca se van a dormir a la misma hora. Tampoco se sabe qué tipo de zapatos usan. Algunas veces se oye un perro encerrado en el placard. Otras, una valija pesada que se arrastra. Los fines de semana son alarmantes. Pareciera que se van a dormir no dos, sinó tres... y, a veces, hasta cuatro. Toda esta situación me desvela. Me levanto de mal humor, cansada, con ganas de subir al piso de arriba y ponerle los puntos a los dos, a los tres, a los cuatro que viven ahi adentro. Es feo ser insomne por culpa de personas que una ni siquiera conoce. Pero más feo aún, encontrarme en este momento, somnolienta, malhumorada, escribiendo pavadas. Así que mejor, voy a la receta:
1 cebolla blanca
100 gramos de panceta
10 ciruelas pasas descarozadas
Mostaza
Salsa de soja (o vino tinto)
Sal y pimienta
Procedimiento:
Cortar
el lomo en cubos. Macerar con salsa de soja y pimienta. Cortar la
cebolla en trozos, también la panceta. Descarozar las ciruelas. Armar
las brochettes como de costumbre. Un pedacito de cada cosa, apretando
bien para que las cosas se junten. Llevar a plancha para churrascos, o a
horno, parilla o incluso sartén aceitada. Sellar. Preparar una salsa con vino (o salsa de soja), mostaza, sal y pimienta. A medida que la carne se va cocinando, ir bañando las brochettes con la salsa.
Como les dije en la introducción, este fue el cuento que despertó los recuerdos de mis anéctotas nocturnas con el abogado de arriba. Los dejo en compañía de un maravilloso cuento. Espero que lo disfruten y también, cómo no, que sueñen con los angelitos.
Extraído de: Narrativa
Breve
UNA NOCHE EN UN HOTEL, de Slawomir Mrozek
Estaba a punto de dormirme cuando detrás de la pared se dejó oír un fuerte
golpe.
"Ya está, ahora empezará aquello -pensé-. Será igual que en aquella
famosa anécdota. El vecino se quitó un zapato y lo dejó caer al suelo. Ahora no
podré dormir hasta que se quite el otro y vete a saber cuánto rato tendré que
esperar a que lo haga".
Así que cuál no sería mi alivio cuando enseguida se dejó oír el segundo
golpe.
Me estaba durmiendo de nuevo cuando detrás de la pared sonó un tercer
estrépito que me quitó el sueño.
Eso sí que no me lo esperaba. ¿Acaso mi vecino tenía tres piernas?
Imposible. ¿Había vuelto a ponerse un zapato y se lo había quitado de nuevo?
Poco probable. Así que, por lo visto, tenía dos vecinos.
Y comenzó mi tormento,justo como lo había previsto. Lo único que me permitía
resistir era la esperanza de que de un momento a otro tenía que quitarse el
otro zapato. Sin embargo, la noche transcurría y el segundo, es decir, el
cuarto ruido no llegaba.
No pegué ojo en toda la noche y por la mañana bajé a desayunar totalmente
agotado. Encontré a mi vecino. Busqué con la mirada al otro, pero no estaba,
sólo había uno. Ese otro seguramente se había dormido hecho una cuba y
continuaba durmiendo con un zapato puesto.
-¿Tiene ratones en su habitación? -inquirió mi vecino-. Porque yo sí los
tengo. Hacían tanto ruido que tuve que tirarles un zapato para que pararan.
A partir de entonces dejé de pensar con lógica. Un estúpido ratón tiene más
poder que toda la lógica junta, y la lógica sólo provoca insomnio.







