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viernes, 10 de febrero de 2012

Empanadas de atún


Cinco tortugas van a un picnic. Para comer, sólo llevan latas en conserva. Hacen unos largos en la laguna y al mediodía les entra hambre. Se acomodan todas sobre un mantel y de pronto caen en la cuenta que se olvidaron el abrelatas. Así que una de ellas dice, “hagamos un trato: yo voy a buscar el abrelatas pero ustedes me prometen que no van a hacer nada hasta que yo regrese”.
"Macanudo", dicen al unísono las cuatro tortugas.
Pasa un año, pasan dos, pasan tres, cuatro, diez años y nada. La tortuga que fue a buscar el abrelatas no aparece. Una de las tortugas del grupo dice,“yo no aguanto más de hambre, a ver cómo hacemos para abrir las latas”. Y entre todas se las ingenian y logran abrir las latas. Pero de repente, apenas empiezan a comer, la tortuga que se había ido a buscar el abrelatas, sale detrás de un árbol y dice “yo sabía, yo sabía, yo sabía que no me iban a esperar!”
(Este chiste fue robado de una página que ya no recuerdo).

¿Alguien andaba necesitando una receta para los días de picnic? Acá va una buena idea para no llevar latas.

Ingredientes:
2 latas de atún
12 tapas de empanadas
2 cebollas blancas
3 tomates pelados peritas
1 hoja de laurel
1 ají morrón
Aceite de oliva
Pimienta, pimentón y sal


Procedimiento:
Picar las cebollas bien chiquitas. Sofreírlas en aceite de oliva. Agregar el ají morrón cortado en juliana. Salar y pimentar. Cuando la cebolla esté transparente agregar los tomates pelados cortados en cubo y una hoja de laurel.  Agregar el pimentón. Apagar el fuego. Agregar el atún (sin el agua de la lata; en caso que tengan atún al aceite, descartar el mayor aceite posible), mezclar bien, cocinar unos minutos más y apagar el fuego. Rellenar las empanadas y cerrar bien (aplastando los bordes con un tenedor, o haciendo el repulgue). Pintar las empanadas con huevo y agregar por encima semillas de sésamo o azúcar. Llevar al horno por 15 minutos.

Empezamos con un chiste y terminamos con otro. Importado desde La pulpera, con ustedes:

El chiste:
Una pareja con diez años de casados desayuna leyendo el diario un domingo.
-Escuchá esto, -dice el marido y lee: “Como protesta contra la prostitución en Nueva Zelanda, las mujeres llevan a cabo una original medida. Pagan a sus hombres cien dólares cada vez que hacen el amor”, -¡Ya mismo saco pasajes para Auckland!
-¡Dale, vamos! Yo te acompaño.
-Se puso celosa, se puso celosa...
-Para nada. Quiero ver cómo te arreglás para vivir con cincuenta dólares al mes.

domingo, 1 de enero de 2012

Helado de roquefort


¡Bienvenido 2012! ¡Bienvenido el verano! ¡Bienvenidos a un nuevo y pujante blog (estemm...)!
Me gustan los inicios. Los arranques de los años, de las estaciones, los inicios de ciertas novelas, de algunas películas, de las agendas y de los cuadernos con espiral. En los inicios es donde está condensada la esencia de las cosas. En cine, por ejemplo –al menos en los clásicos- se concentran, en los diez primeros minutos, los indicios de la totalidad de la trama. No hay más que buscar una película que haya funcionado bien y poner los diez o doce primeros minutos -tantas veces como sea necesario- y empezar a registrar todas las señas que el guión nos va dando: quién es el personaje principal, quién el antagonista y cuál es el conflicto. Incluso se sugiere la pista que anuncia el final. Si alguno tiene tiempo y ganas, pruebe con su película favorita, verá que no miento. Funciona hasta en las peliculas de suspenso.
Como esta receta, de alguna manera, es también el inicio de una temporada, supongo, anticipa lo que vendrá: lo de siempre, vamos; cocina simple, sencilla, accesible, sin muchas pretensiones, "a palo seco", como quien dice. Pero siempre con aplicación y esmero. En ojotas, pero perfumá.


Esta es una receta muy sencilla, apta para darle color a esos filetes de pescado que muchos guardamos en el fondo del freezer. Solo hay que mezclar idénticas proporciones de manteca y queso roquefort (y si tenemos, algún fruto seco, como pistachos, almendras o nueces), batir hasta convertir en una crema y guardar en el freezer o el congelador.
Cuando tengamos hambre -o ganas de usarla- maceramos pescado (lenguado, en este caso) en limón y sal por un rato. Luego lo salteamos en sartén o plancha con unas gotas de aceite de oliva. Antes de que se termine de hacer, le agregamos un poco de vino blanco y cuando esté listo, le agregamos por encima una bochita de este helado de roquefort. La salsa se derrite inmediatamente.


Acá termina la receta. Y empieza el remate literario, que es el inicio de otra cosa. En esta ocasión, tengo el agrado de dejarlos con –según mi punto de vista- el mejor arranque de una novela argentina. Ojalá alguno lo disfrute tanto como yo. 

Zama
Antonio Di Benedetto

    Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
   Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
    Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.
   Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
    Ahí estábamos, por irnos y no.

viernes, 12 de agosto de 2011

Milanesas de merluza y cilantro al horno


Esta será una introducción sencilla porque la receta es muy fácil y no necesita demasiada explicación. La verdad es que nadie considera a las milanesas de merluza como una verdadera "receta". Va dedicada a la gente desfachatada que un buen día despierta y dice "quiero aprender a cocinar", al día siguiente corre a la librería a comprar su primer libro de cocina tapa-dura y, tres o cuatro días después, asegura que si su padre o madre lo hubiera dejado, hoy sería piloto, bailarina del Colón o domador de leones de circo.
Entonces, les presento la receta de las milanesas de merluza, nada más y nada menos que el segundo escalón para quien ha alcanzado conquistar la sistemática del sandwich (el paso número uno en la cocina).
Para no quedar como una cara dura integral, hice alguna pequeña variación a la receta original.
Ingredientes:
Se hace con merluza (¡qué descubrimiento!), cilantro, ajo, huevo y rebozador (o pan rallado).
Sencillo: se baten los huevos con un diente de ajo y cilantro bien picados, se pasan los filetes y luego se rebozan, apretando bien con la palma de las manos para que no se despegue. Los freímos o mandamos al horno. Y mientras se cocinan, a barrer la cocina, que seguro buen chiquero habrá quedado.
Si se aprenden bien esta receta, ya pueden pasar al tercer nivel (el de Con el tenedor en la mano), o bien buscar, pensar e imaginar, en qué oficio quisieran desenvolverse mañana. Tal vez, como Ismael, darse al mar y ver la parte líquida del mundo. Y si así es, qué mejor estímulo que la maravillosa introducción de Moby Dick. ¡Hasta la próxima receta!

MOBY DICK
De Herman Melville
(traducción de Enrique Pezzoni)

Pueden ustedes llamarme Ismael.  Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada en particular que me interesara en tierra, pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo.  Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación.  Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible.  Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco.  No hay nada de asombroso en esto.  Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

miércoles, 13 de abril de 2011

Salmon rosado a la mostaza y miel


De vez en cuando Con el tenedor en la mano desaparece del Veraz y registra saldo positivo en la cuenta bancaria. Por ser una receta un poco salada, va dedicada al pequeño y mediano burgués. Con ustedes, el clásico salmón rosado a la mostaza y miel, el mismo que se sirve en los restaurantes de los hoteles 5 estrellas (bueno, está bien... de cuatro). Una delicia. Y después de esto, los que no vivimos en San Isidro, a festejar con arroz blanco toda la semana!

Ingredientes (por acomodado):
1 rodaja de salón rosado
1 cucharada de mostaza de djion
1 cucharada de miel
1/2 vaso de vino blanco
1/8 taza de aceite de oliva (si es español, cuanto mejor)
1/2 limón exprimido
Sal y pimienta
Para acompañar: rodajas de ananá en almibar.

El procedimiento es muy simple: forramos una bandeja con papel aluminio. Acomodamos el salmón, salamos y pimentamos y, por encima, echamos el jugo de limón, la mostaza, la miel, el aceite de oliva (todos mezclados previamente) y  la mitad del vino blanco. Tapamos con papel alumnio y llevamos al horno. A los 10 minutos, agregamos el vino blanco restante y dejamos unos minutos más. El acompañamiento que mejor le va es el ananá en almibar. Pero si su costado progre se los impide -y antes de usar el falso argumento "el ananá me causa acidez"- pueden reemplazarlo por unas papas hervidas con pimentón. Fácil, eh?

Y ahora sí, reacomodandome a mi estatus social me despido, repasador en mano, con un bello cuento subversivo. Extraído de la página NarrativaBreve, con ustedes:
Revolución
De Sławomir Mrożek (1930-), escritor, dramaturgo y dibujante de cómics polaco:
En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo, la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista. Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por “ese cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario...

miércoles, 2 de marzo de 2011

Salmón blanco al wasabi


El wasabi es un condimento japonés que se extrae de la raíz de la Wasabia japonica, también llamada Cochlearia wasabi o  Eutrema japonica (fuente: wikipedia... y bué!). Es picante, fuerte y, al acercárnoslo a la boca, provoca un  intenso ardor en las fosas nasales. Se emplea, junto a la salsa de soja, para acompañar el sushi, pero también puede usarse para condimentar o acompañar pescados, como en esta receta súper fácil  e interesante que paso a continuación:

Ingredientes (por persona):
1 filete de salmón blanco (o una rodaja de salmón rosado, según venga nuestra economía).
Jugo de 1 limón
1/2 vaso de vino blanco (opcional)
Wasabi (con una pizca por filete, alcanza)
Pimienta negra, sal y aceite de oliva.
Procedimiento:
Macerar el pescado en jugo de limón y una pizca de wasabi. Salar y pimentar. Enrrollar y sujetar con escarbadientes. Poner a calentar aceite de oliva en una sartén. Luego acomodar el rollo de pescado sobre una de las bases, sellar unos minutos (podemos taparlo con papel aluminio si queremos concentrar el calor), mientras vamos  agregando el jugo de la maceración (si quieren, también vino blanco). Cuando vean que el rollito está cocido hasta la mitad y, con la ayuda de los palilllos, lo damos vuelta. Sellamos un par de minutos más. También se puede hacer en el horno. Lo podemos decorar con una pizca de wasabi más.

Para terminar (y perdón si les quito el apetito con esto, pero no veía la hora de encontrar la oportunidad para pasar este fragmento) transcribo, con un poco de torpeza, el fragmento "El túnel" de la película "Sueños" del director y guionista japonés Akira Kurosawa. Espero -a quienes hayan podido ver la película- que estas líneas traigan a la memoria las imágenes de este film inolvidable. 

EL TÚNEL
Es de tarde y el Comandante avanza por el camino de una montaña. Se encuentra en la boca de un túnel que lo llevará del otro lado. Se adentra. En la oscuridad del pasaje se oye el gruñido de un perro. Luego vemos al perro acercarse amenazante hacia el Comandante. Ruge con furia y provocación. El Comandante queda petrificado del miedo. Luego, el perro desaparece. El Comandante sigue su camino en la oscuridad. Llegando hacia el final del túnel, ya de noche en aquel otro extremo, escucha los pasos de alguien que se acerca. Es un hombre de rostro azulado, el Soldado Noguchi:
Comandante: ¡Soldado Noguchi!
Soldado Noguchi (haciendo el saludo militar): ¡Sí, Comandante!
C (pasmado):Usted...
SN: Comandante, ¿es verdad?, ¿fui asesinado en acción? Yo...  no puedo creer que estoy muerto. Fui a casa, comí la torta especial que preparó mi madre. Lo recuerdo bien.
C: Ya me había dicho eso antes. Le dispararon. Se desmayó. Luego se despertó. Yo lo estaba atendiendo y me contó esa historia. Fue un sueño. Lo soñó mientras estaba inconsciente. Fue tan fuerte que todavía lo recuerdo. Pero unos cinco minutos después, murió. Murió de verdad.
SN: Entiendo. Pero mis padres... no creen que estoy muerto.
Se hace un largo silencio, el Soldado se acerca, da unos pasos hacia adelante. Divisamos, fuera del túnel, un punto de luz.
SN (señalando la luz): Esa es mi casa. Mi madre y mi padre están ahí, esperándome. 
C: (acercándose unos pasos hacia el Soldado) Pero es un hecho. Está muerto. Lo lamento, pero está muerto. Está muerto de verdad. Murió en mis brazos.
Noguchi continua camino, alejándose del Comandante.
C: ¡Noguchi!
Noguchi se detiene, hace un saludo militar hacia el Comandante y luego sigue camino. Escuchamos los pasos de Noguchi, alejándose por el puente. El sonido luego se funde con lo pasos reverberantes del Tercer Pelotón; el Comandante retrocede asustado; la cámara descubre las caras azuladas del pelotón acercándose.
SN: ¡Alto! ¡Saluden al comandante! (el Tercer Pelotón saluda al comandante) ¡Presenten... armas! ¡Descansen! Tercer Pelotón regresa a la base,  Señor. Sin víctimas.
C: (al Pelotón) Escuchen. Entiendo cómo deben sentirse. Sin embargo el Tercer Pelotón fue aniquilado. Todos murieron en acción. Lo siento. Yo no morí. Sobreviví. Apenas puedo mirarlos a los ojos. Yo los envié a la muerte. Fue culpa mía. Podría atribuir toda la responsabilidad a la estupidez de la guerra. Pero no fue eso. No puedo negar mi negligencia, mi mala conducta. Sin embargo, me tomaron prisionero. Sufrí tanto en el campamento que sentí que morir era más fácil. Y ahora, cuando los miro... siento el mismo dolor.
Sé que su sufrimiento y tortura fueron mucho peores. Pero... sinceramente… yo hubiese querido morir con ustedes. En serio. Créanme. Siento su amargura. Los llaman "héroes" pero murieron como perros. Sin embargo, que vuelvan al mundo de esta forma no prueba nada. ¡Por favor! Regresen. Regresen y descansen en paz.
(haciendo el saludo militar hacia el Tercer Pelotón)
C: ¡Tercer Pelotón! ¡Media vuelta! 
(el Pelotón da media vuelta)
C: ¡De frente! ¡Marchen!
El Pelotón marcha y se pierde en la oscuridad. Oimos los clarines de la guerra. El Comandante queda solo. Se vuelve a acercar el perro, amenzante. Y avanza hacia el Comandante.

domingo, 6 de febrero de 2011

Cebiche peruano


La cocina peruana es muy sabrosa, olorosa y colorida. La receta más representativa de Perú es el cebiche (así se escribe según la Real Academia Española, aunque también se puede escribir seviche, ceviche o sebiche). Según diversas investigaciones, el nombre puede derivar de "sea beach", de la conjunción de  "encebollado" y "limón",  de la palabra árabe "sibech" (comida ácida) o, por  sus  hipotéticos efectos afrodisíacos (y "de levanta muertos"), de la derivación de "cebo para atrapar hombres" e incluso de "pólvora con el que se ceba  su arma de fuego". Sin dudas, un plato fuerte para los lingüistas.
Tradicionalmente se hace con bonito, aunque se puede utilizar cualquier pescado blanco (a excepción de la merluza, que se desarma). 

Ingredientes (para una entrada de 4 personas):
2 filetes de pescado blanco (bonito, corvina, salmón blanco, lenguado u otro)
2 limas (o limón verde)
1 diente de ajo
1 cebolla morada
Cilantro
Jengibre rallado o cortado en rodajas finas
Maíz amarillo
Una pizca de ají picante (aunque el "calavera" lo reemplaza por salsa tabasco)
Pimienta y sal
Procedimiento:
Lavar el pescado y cortarlo en cubos. Agregar el jugo de las limas (o limones), sal, pimienta y el diente de ajo picado. Llevar a la heladera una hora. Al cabo de ese tiempo, agregar la cebolla morada cortada en tiras, el cilantro picado, jengibre rallado o cortado en rodajitas finas y el ají picante. Meter en la heladera una hora más. A la hora de servir, agregar granos de maíz amarillo (ya cocidos) y, si quieren, unas papas cocidas cortadas en cubos.

Así como he dicho que la cocina de Perú es muy sabrosa, olorosa y colorida, también lo es su literatura. Me despido con un cuento de un autor peruano, especialista en microrrelatos de terror. ¡Y buen provecho para todos!

El mounstro de la laguna verde (extraído de "Ajuar funerario").
De FERNANDO IWASAKI
Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los reventé también, pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en las yemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad. Después me perdí en la laguna.

 

jueves, 9 de septiembre de 2010

Salmón rosado en salsa de mango


Los salmones son famosos por realizar sorprendentes viajes contra la corriente. Nacen en el río y, cuando alcanzan la juventud, bajan hacia el mar. Allí viven por un tiempo, entre un año y tres, hasta llegar a adultos. Ya maduros, emprenden camino a casa (si es que no son engañados por  un anzuelo antes, claro), entonces enfrentan la corriente del mar para  regresar al agua dulce donde nacieron. Allí se instalan, desovan, se reproducen y se quedan hasta el fin. Esta historia me la contó el pescadero, que andaba en crisis porque esa misma mañana, cruzando la calle, casi lo aplasta un auto. Yo escuché el relato, pero hacia la mitad, me di vuelta y fijé la mirada en la carnicería de enfrente, justo hacia el gancho que exponía las tiras de asado.


Cuando me vio hacer el giro de 180 grados con los pies, el pescadero cayó en la cuenta que una clienta -de estas que se dejan engañar con el precio- se le iba de las manos. Así que antes que desapareciera en cuerpo y alma me gritó ¡nena (estudió marketing), no te vayas! Luego de una discusión moral, llegamos a un trato. Me daba la mejor parte y a mitad de precio (sensible soy... pero no boba). Así que me llevé este hermoso trozo de pez... scado (San Pedro es el patrono de los pescadores)… que... (snif) estaba riquísimo.
Para aquellos a quienes este relato no haya afectado, no sea hayan convertido al vegetarianismo y aún les quede un resto de aguinaldo, va la receta de un delicioso salmón rosado con salsa de mangos. Un manjar.


Ingredientes por persona:
200 gramos de salmón rosado
1/2 mango maduro
1/2 cebolla cortada finita
1/2 limón exprimido
1 cucharada de cilantro picado
Aceite de oliva, vino blanco (o caldo) y efectivo o tarjeta.

La receta:
En una fuente aceitada, ponemos un pedazo grande de papel aluminio. Colocamos el salmón con la piel hacia abajo y salamos y pimentamos. Agregamos por encima cebolla cortada muy finita, cilantro picado, puré de mango y bastante jugo de limón. Rociamos con vino blanco (o caldo) y lo envolvemos con el papel. Llevamos al horno por unos quince o veinte minutos, desenvolvemos y medimos la temperatura de nuestra moral, que seguramente será muy baja, y lo servimos inmediatamente.

Ya que estamos con el tema de vivir y de morir, paso algunas citas célebres... o mejor dicho, epitafios:
De Eric Idle (que sigue vivo), miembro de los Monty Python: Say no more.
De John Wayne: Feo, fuerte y formal.
De Groucho Marx (a su suegra): Rip, rip, hurra!
Cayo Valerio Catulo (para su mujer): Aquí descansa mi querida esposa Brujilda Jalamonte 1973 – 1997 “Señor recíbela con la misma alegría con que yo te la mando.”

domingo, 13 de junio de 2010

Pescado al estragón


Con esta receta doy finalización (por este mes, al menos) a la serie de recetas de pescado (¡por fin!).
Para esta receta necesitamos filetes de merluza, abadejo o lenguado macerados en jugo de limón y sal. Para la salsa, aceite de oliva, estragón, mostaza, sal y pimienta. Podemos acompañar esta receta con papas hervidas cortadas en rodajas.

La receta: maceramos los filetes en limón por media hora aproximadamente. Hacemos una salsa con aceite de oliva, sal, pimienta, mostaza y bastante estragón. Estiramos el pescado y lo pintamos de ambos lados con la salsa. Lo enrollamos y sujetamos con escarbadientes. Volvemos a pintar por encima con la salsa. En una fuente aceitada, acomodamos unas rodajas de papas precocidas. Echamos un chorrito de aceite de oliva y luego, por encima, acomodamos los rollitos. Horneamos por unos 15 minutos más o menos.

jueves, 10 de junio de 2010

Brótola al roquefort


Según los entendidos, la brótola es “un pez deportivo, sin espectacularidades pero que  equilibra esa carencia con una carne blanca, suave, delicada, de sabor agradable”. Excepto por lo de “deportivo”, lo demás lo entendí. Los filetes de brótola son carnosos, suaves,  pero necesitan de un golpe energía. En este caso, de un empuje futbolero, ya que  la brótola será nuestra mascota de la Copa Mundial de Fútbol del 2010.

Salamos y pimentamos los filetes. Por encima echamos un poco de vino blanco, queso roquefort, crema de leche y romero. Si quieren, también pueden ponerle granos de pimienta y orégano. Llevamos a una fuente con un chorrito de aceite de oliva y metemos en el horno. Para que no se nos seque nos conviene taparlo con papel aluminio. En 15 o 20 minutos la brótola estará lista para salir a hinchar por la selección argentina (o, en su defecto, por Uruguay, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Somalía, Escocia o cualquier otro país cuya bandera blanquiceleste sea capaz de flamear, por lo menos, hasta los octavos de final). También pueden usar colorante, pero sepan de antemano que en las reposterías escasean el verde y amarillo. Como si este tema les preocupara a los brasileros, no?

domingo, 6 de junio de 2010

Pescado rabioso


Como saben, hay mil maneras de hacer pescado. Pero una sola para hacer que te saque la lengua. Para una merluza al curry es sumamente fácil. Estiramos filetes de merluza, pintamos con un poco de manteca o crema de leche. Agregamos tomates cortados en rodajas, sal, pimienta y un poco de curry. Enrollamos, sujetamos con unos escarbadientes y por encima echamos crema o manteca y luego espolvoreamos con curry y pimienta. Podemos acomodar el tomatito que sobresale para que en vez de sacar la lengua, el pescado sonría, ponga cara de villano o recite unas coplas. Lo dejo a gusto de cada uno.

sábado, 5 de junio de 2010

Rollitos de merluza


Espero nadie recuerde una receta que posteé tiempo atrás, promocionando la merluza del Leader Price. La receta, la foto y el contenido eran un desastre. Como creo que he progresado, o al menos cuando quiero comer pescado voy a la pescadería, vuelvo a postear la receta… mejorada! La merluza de la pescadería sabe mejor, es más sana y, aunque no lo crean, cuesta menos. Y antes de irme por las ramas del árbol de Avatar, procedo a pasar la receta:

 
En una sartén con aceite de oliva freímos ajo cortado en láminas y a los pocos segundos agregamos un morrón verde cortado en tiras finitas y almendras fileteadas. Salamos y pimentamos. Cuando el  morrón esté tierno, apagamos el fuego. Estiramos los filetes de merluza y rellenamos con el morrón, ajo y almendras. Enrollamos y sujetamos con unos escarbadientes. Por encima echamos lo que nos quede de la salsa. Forramos un molde con papel aluminio, metemos los rollitos de merluza, tapamos con papel aluminio y llevamos al horno o grill por unos pocos minutos. Se hace muy rápido.

viernes, 9 de abril de 2010

Budín, pescau...


Este budín puede contener, además de arroz y atún, una mezcolanza de cosas que, o bien nos gustan, o nos quedan en la heladera. Para hacerla altamente nutritiva yo la hago así: cocinamos media taza de arroz con una taza de agua (como indican las instrucciones de la caja). Mientras tanto, abrimos una lata de atún, le agregamos limón, sal y un poco de aceite de oliva. Lo desmenuzamos bien. Agregamos también medio tomate cortado chiquito, aceitunas y una mayonesa hecha a base de puré de paltas, limón, queso blanco y mayonesa (o mayonesa solamente, a conciencia). Si quieren, también pickes. Cuando el arroz esté cocido, colado y frío, se lo agregamos a la preparación anterior. Revolvemos bien hasta que quede una pasteta, metemos en un molde y a la heladera un buen rato como para que se solidifique.

El atún y la salud:
El atún contiene grandes cantidades de ácidos grasos omega 3, que son muy buenos para el corazón, el desempeño neural y de las articulaciones.  También ayudan a prevenir la trombosis y arteriosclerosis y mejoran las funciones cerebrales de las personas adultas. Reducen la presión sanguinea y también los niveles de colesterol malo en la sangre.
Nadie vivirá por siempre solo por comer atún pero seguro les ayudará a vivir mejor. Con este consejo y este cuento damos terminada la receta:

James George Frazer. Vivir para siempre.
Otro relato, recogido cerca de Oldenburg, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía está ahí, en la iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año se mueve.
James George Frazer - Balder the Beautiful, vol. 1 (1913)
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