Mostrando entradas con la etiqueta Tartas dulces. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tartas dulces. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de febrero de 2012

Cheescake de cerezas sin horno


Estuve averiguando y, al parecer, hay 5 clases de sabores: dulce, amargo, salado, agrio y umami. Este último fue reconocido en 1908 por un japonés apellidado Ikeda.
Jugando con el google, traté de encontrar la relación de los sabores con la psiquis y esto es lo que encontré (ninguna fuente es confiable, aclaro):
Dulce indica alto contenido de energía. El exceso de azúcar provoca un “afán no reconocido de realización amorosa”. También indica gula, pecado, exuberancia.
Amargo alude situaciones tóxicas, propio de personas irritables, de baja autoestima, con gran desorden en la psiquis y en la casa. Amarga es la cerveza, el café, el fernet sin coca cola, el campari, las almendras y el cianuro.  
Salado indica alto contenido en sales (elemental, Watson). Quien se excede con la sal es propenso a las adicciones, distorsiones de la realidad y del tiempo. 
Ácido indica corrosión en el tracto digestivo. A su vez, desesperanza, bloqueo y creatividad reprimida.
Al último sabor, el umami, no le encuentro relaciones con el google. Pero sí una especie de definición, que es: combinación de los cuatro sabores clásicos. Presumo, entonces, que vendría a significar la conjunción de todas estas patologías.
Todo tiene que ver con todo, dijo Pancho Ibañez, así que desde hoy (y por cinco entradas -incluyendo esta-) Con el tenedor en la mano va a intentar hacer su propio juego de relaciones. Una entrada por cada sabor, cuya y receta y cuento (o poema) tengan el mismo gusto.
Esta entrada va dedicada a lo dulce:

Para la base: 
300 gramos de galletitas dulces (preferentemente)
150 gramos de manteca pomada o derretida
Ralladura de limón
Molemos las galletitas con la ayuda de un palote; mezclamos esta harina con la ralladura y la manteca. Forramos la base de un molde desmontable con esta masa, apretando bien con los dedos y llevamos a la heladera por un buen rato. Luego horneamos 10 minutos y reservamos en un lugar fresco.

Para el relleno:
800 gramos de queso finlandia o philadelphia
1 1/2 sobre de gelatina sin sabor
200 gramos de crema de leche batida
1/4 taza de azúcar
3/4 taza de almibar de cerezas (pueden ver la receta clickeando acá)
Mezclamos el queso con el azúcar y la crema semibatida (o batimos todo junto). Hidratamos la gelatina con el almibar de las cerezas y llevamos fuego bajo por 5 minutos, hasta que se desintegre. Reservamos. Cuando esté tibia, agregamos a la preparación anterior y revolvemos bien o batimos un minuto. Cubrimos la base con esta crema. Llevamos a la heladera por lo menos 4 horas.

Para la cubierta: 1/4 taza de almibar de cerezas, cerezas en almibar (clickeando acá); 1/2 sobre de gelatina sin sabor; 1 cucharadita chica de jugo de limón. 
Hidratamos la gelatina en el almibar. Agregamos el jugo de limón y las cerezas. Calentamos un par de minutos, hasta que se desintegre la gelatina. Luego, sobre la tarta ya fría y estacionada, cubrimos con este almibar. Dejamos solidificar un par de horas más.


Como todo tiene que ver con todo y, a su vez, no hay nada que sea absolutamente puro, creo que como  esta tarta es principalmente dulce, pero también ligeramente agria (por las cerezas y el limón) e incluso salada en el centro (por el queso), le corresponde el sabor del poema que paso a continuación.
Pero antes, van las gracias a “En mi propia lengua” por haberme acercado a este autor y a esta lectura.
Del escritor sanjuanino Jorge Leónidas Escudero, que a sus 92 años le sigue dando con talento, destreza y gracia a la escritura:

La Medecina

Les diré que me encuentro adolorido
por mujer que me desposeyó de ella,
quitó lo que me daba
y me en casi sin aire deja
o como naranja sprimida.
Me deshojó de su árbol como si a usté
de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,
como que se me cayeran los pantalones
en medio de un baile como de urgencia
necesitar ir a mear y no hallar dónde.
Así de desvalido.
Me hice ver con un méico y recetó
el desapego hombre, el desapego,
cambie de costumbres póngase
una tela metálica al pecho
así no se le incrustan mariposas dañinas.
En ningún peor caso me he visto;
pero aseguran los intrusos ques buena medecina
visitar lejanos países. Bien,
¿pero a dónde he ir que no mesté sperando
la susodicha esa para castigarme
solamente porque la quiero?

viernes, 20 de enero de 2012

Lemon curd


¿Quién, durante la infancia, no tuvo la necesidad de sacar a relucir alguna fortaleza? En las reuniones de barrio, cada uno de mis hermanos, o primos, o amigos, tenía la necesidad, cada tanto, de cometer algún gesto heroico capaz de provocar admiración. Estaba quien se escapaba por la ventana, en la noche más oscura, saltaba una a una las medianeras de las casas vecinas y al día siguiente relataba, ante un público cercano y selecto, con la dignidad de los héroes, los momentos de aventura de mayor tensión. Los chicos omitían del relato el verdadero final, que solía ser un chancletazo de madre o de padre, que daba fin a la proeza con un “te vas p´adentro”. A la hora de demostrar valentía, nadie se quería quedar atrás. No sé por qué razón, pero los niños, en aquella época, sentíamos que debíamos tener coraje. Por mi parte, como no era diestra para ninguna proeza física (excepto por mi habilidad de colgarme como murciélago de los árboles, un gesto que ya había sido apropiado por mi primo, que era mucho más ágil), no me quedaba otra que encontrar una gesta tranquila y sagaz. Yo probaba mi valentía frente a una heladera, lo mismo que ahora, supongo; convocaba a un pequeño grupo de testigos en la cocina, abría la puerta de la heladera y, estirando la mano, agarraba unos pedazos de limón muy agrios, me los metía en la boca, los masticaba dos segundos y, con un gesto de orgullo y dulzura, como si la acidez del limón no me hubiera afectado, los tragaba. Los espectadores ponían cara de sorpresa, que luego se convertía en gesto de náusea o de asco, y al fin aparecía en sus caras el buscado rictus de admiración. La prueba se daba por terminada y yo, por unos días, me sentía un poco más valiente, aunque también más mentirosa, porque el limón con cáscara no me gustaba. Ni antes ni ahora.


Tantas veces hice esta prueba, que me acostumbré. Quizá sea por eso que hoy, la mayor parte de los postres que me gustan, llevan limón… pero con azúcar, y sin cáscara, porque ya no tengo la necesidad de mentir.
Esta receta me fascina.

Ingredientes
2 yemas
1 huevo
100 gramos de azucar
Ralladura de limón
100 gramos de manteca
Jugo de media taza de limón colado


Procedimiento:
Ponemos a calentar una olla con agua. En otra más pequeña (vamos a hacer un baño maría) agregamos las yemas, el huevo, el azúcar, el jugo de limón y la ralladura. Es decir, todo excepto la manteca.
Cuando el agua esté hirviendo, metemos la ollita chiquita y con batidor de alambre, batimos unos cinco minutos, hasta que la salsa espese y tenga la textura de una crema pastelera. Retiramos del fuego y agregamos la manteca cortada en cuadritos. Revolvemos bien hasta que la manteca se derrita del todo. Y ya tenemos el lemon curd. Podemos usarla de cobertura de un cheescake, para rellenar tarteletitas o guardar en un frasco como si fuera mermelada. 

Esta es una receta para golosos, no importa si uno es cobarde o valiente. Si uno pudiera ser valiente. Si uno pudiera ser un piel roja. Si uno pudiera ser Franz Kafka.

 
El deseo de ser piel roja
Si uno pudiera ser un piel roja... siempre alerta, atravesando los aires sobre un caballo veloz, estremecido una y otra vez sobre la tierra temblorosa, hasta dejar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, sin apenas ver la tierra por delante como pradera de hierba segada, ya sin las crines del caballo, sin la cabeza del caballo.

En Un médico rural y otros relatos pequeños, Impedimenta, Madrid, 2009.

domingo, 8 de enero de 2012

Tarta fría de lima o limón


Desde que se inventó el contestador automático, las personas fuimos haciendo uso de nuestra imaginación para que –evitando dejar grabados nuestros nombres personales-, pudiéramos dejar un indicio que nos identifique. La mayor parte de las veces esa seña es nuestra propia voz. Pero hubo –o aún hay- personas que echaron mano a recursos más creativos.
Están los mensajes de los músicos, un poco solemnes, que te obligan a improvisar un tema importante (una llama para pasar un chusmerío, pero después de escuchar la Obertura 1812 de Tchaikovsky, no te queda otra que decir, “te llamaba para discutir ese libro que te presté hace un tiempo, el de Carl Sagan”).
Otro estilo de mensaje grabado es uno que solía dejar mi hermano. Empezaba con un “hola… hola… hola…” y una, acusando recibo a su conocido problema de audición, respondía, con misericordia, “hola, hola, hola, me oís?!". Pero el tajante sonido de un beep nos hacía caer en la cuenta que el hermano – un poco sordo mas nada tonto- nos había tomando de boluda. La respuesta, entonces, se grababa con cierto tono de revancha, "me debés unos cuantos pesos". Luego una cortaba, porque no era cierto, pero ya no se podía volver la cinta atrás.
El último mensaje que recuerdo es ese que dura una milésima de silencio, inmediatamente seguido de la chicharra. En esos casos una suelta un "ehhhh" y luego corta, porque no tuvo tiempo de pensar qué era lo que hubiera querido decir. Esos son, para mi gusto, los peores de todos, porque al rato no sabemos si llamar de nuevo o dejar la cosas como están.
En fin. Se me acabó la cinta. Hora de volver a la cocina. Qué fiaca.


Para la base: 
300 gramos de galletitas Lincoln (o María)
150 gramos de manteca pomada (o derretida)
Ralladura de lima o limón.

Moler las galletitas con un palote o con las manos, y cuando ya este convertida en arenilla, agregar la manteca derretida (o a punto pomada). Meclar bien con los dedos. Forrar con esta mezcla una base de molde desmontable previamente enmantecado. Apretar bien con los dedos, cubriendo toda la base, que no debe quedar muy fina, sino se quiebra. Guardar en la heladera por un par de horas. Luego llevar 10 minutos a horno suave para que se integre. Retirar del horno y, en el mismo molde, volver a guardar en la heladera hasta que tengamos listo el relleno.  


Para el relleno:
200 cm3 de jugo de lima o limón colado
2 sobrecitos de gelatina sin sabor
1/2 taza de azúcar más 3 cucharadas
1/2 taza de agua
600 gramos de queso finlandia o philadelphia
500 cm3 de crema de leche batida con 3 cucharadas soperas de azúcar
Ralladura de lima o limón

Poner a calentar el agua, la media taza de azúcar, el jugo de lima o limón y la ralladura. Revolver de vez en cuando. Dejar que tome consistencia de almibar (es decir, que se reduzca un 30, 40 %). Cuaundo esté listo, apagamos el fuego, agregamos la gelatina sin sabor y revolvemos bien por un par de minutos, hasta que se hidrate completamente y no quede ni un solo grumo. Dejar reposando hasta que entibie.
Mientras tanto, batimos la crema con las 3 cucharadas de azúcar hasta casi punto chantillí. Luego agregamos el queso crema y batimos un par de minutos más. Por último, agregamos el almibar que tiene la gelatina y batimos un minuto más. Tiene que quedar una crema homogénea. Vertemos sobre el molde desmontable, cubrimos con más ralladura de lima o limón y llevamos a la heladera por unas cuantas horas. 
Queda genial si por encima, una vez que esté solidificada esta tarta, le agregan una capa de lemon curd (pronto paso la receta). 


Volviendo al inicio, así como están las historias de los mensajes que la gente graba en sus contestadores, también están estos otros mensajes, los que nos dejan a nosotros. O mejor dicho, los que le dejan a Juan José Millás.

Avisos
Juan José Millás

El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz angustiada había dejado el siguiente mensaje: "Mamá, soy yo, Cristina, que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme estaré toda la tarde aquí, soy Cristina".
Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las pare.
Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del contestador y alguien dijo: "Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU". Evidentemente, tampoco soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo escuche: "Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta misma tarde me voy a suicidar". Tampoco soy Miguel, pero estuve tres días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de sucesos, y así no se puede vivir.
De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el siguiente mensaje: "Marta, que vengas en seguida porque Manolito se ha caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar al bebé. Date prisa". Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que avisa no es traidor.

viernes, 26 de agosto de 2011

Tarta de queso y miel


Cuenta una fábula que, cierto día de verano, un oso latifundista salió en busca de miel y pronto se encontró con un enjambre. Exaltado, dijo a las abejas, “denme un poco de esa rica miel”. Las abejas proletarias respondieron, “nop, esa miel es nuestra, llevamos trabajando todo el año para rellenar un tarro, oci-oso”. El oso, enfadado por la respuesta insurrecta, agarró un palo y empezó a darle golpes al panal hasta que éste cayó. Las abejas revolucionarias lo corrieron por la llanura entera, picoteándole la espalda peluda y las orejas. El oso encontró un río y en él se sumergió, quedando con la boca para afuera, recitando unas teorías de David Ricardo. La moraleja, si no me equivoco, es que se deben pedir las cosas bien, sin abusar de la superioridad física o del rango que una o uno, por eventualidad, pueda tener en la vida. Mucho tenemos que aprender de las abejas.
Por esas cosas del destino, hoy me encuentro recordando esta alegoría frente a la góndola de un supermercado. Cientos de pequeños envases de miel, etiquetados con el dibujo de una abeja gorda y sonriente, sugiriendo con el dedo gordo “todo está bien”. Por ocho pesos, cuánto significado se lleva una a la casa. Pero adónde iba, señoras y señores? Sí, a la cocina:

Para la masa:
200 gramos de harina
1 cucharada de polvo royal
1/2 cucharadita de sal
5 cucharadas de azúcar
1 cucharada de canela
1 yema
100 gramos de manteca
50 cc de agua fría

Para el relleno:
400 gramos de queso crema
100 gramos de azúcar
Ralladura de limón
3 claras de huevo batidas a punto nieve
Miel (cantidad que quieran, porque es para la cubierta)
Pasas de uva
Procedimiento:
Pisar la manteca con el azúcar, la canela y la sal. Agregar la yema y mezclar. Luego, añadir la harina mezclada con el royal e integrar con las manos. Amasar mientras vamos agregando de a poco el agua fría, hasta obtener una masa uniforme. Reservar en la heladera por media hora.
Mientras tanto, mezclar el queso crema con el azúcar y la ralladura. Luego integrar las claras con movimientos envolventes. Cubrir la tarta con este relleno y llevar al horno mediano por media hora. Retirar del horno y cubrir de miel y pasas de uva.

Así como las abejas de panal tienen que cuidarse de los osos, los osos de las formas y la miel de tarro de  las mujeres y las moscas, la moraleja entonces: a cerrar bien la tapa.
Me despido con un relato que me viene como anillo al dedo (después de probar -a pesar de mis prejuicios- un vino patero, cualquier cuento me queda bien). Hasta la próxima semana, hic!

El funeral, de Slawomir Mrozek
(Extraído de Documenta mínima)

Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba? Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.
Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la izquierda del cortejo tampoco lo sabía.
—Voy a la tintorería a recoger un pantalón. He visto un funeral y puesto que me pilla de camino me he unido. Sólo hasta la esquina y después tuerzo.
Pregunté, pues, al vecino de la derecha.
—¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.
El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era capaz de informarme.
—Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser la viuda y debe de saberlo.
En ese momento empezó a llover y abandoné el cortejo. No voy a mojarme por alguien a quien ni siquiera conozco personalmente.

La mosca, Acantilado, Barcelona, 2005, 136 páginas.

domingo, 24 de julio de 2011

Pasta Frola


Con esta receta participo en el concurso La cocina sin complicaciones de Tito. Mi intención era presentar una receta dulce típica nuestra, pero con alguna pincelada que destacara mi bien conocida originalidad :) Me partí la cabeza durante tres semanas y, una buena tarde como hoy, mientras veía la final Uruguay-Paraguay, me dije: haré una pasta frola, pero en vez de hacerle por encima el enrejado característico, reproduciré sobre la tarta un dibujo de Escher. Sucede que el polvo royal me jugó una mala pasada y, en el horno, la cubierta se transformó en una especie de tapa de alcantarilla (jajaja, qué mala repostera soy… encima mentirosa!).
Bueno, como sea, la pasta frola estaba riquísima. Les cuento que es una receta típica de Uruguay, Paraguay y Argentina. Algunos dicen que es la variación criolla de la Linzer Torte (de Suiza) o de una tarta italiana parecida. Se suele rellenar con dulce de membrillo, batata o dulce de leche. Las viejas acostumbran llevarla los domingos a casa de sus parientas para acompañar el mate. Y nosotras las jovies, también.
Sin complicaciones ni complejos, les paso la receta:

Para la masa:
2 tazas de harina
3 cucharaditas de polvo de hornear
1/2 taza de azúcar
100 gramos de manteca
2 huevos (o 3 yemas)
Ralladura de limón
2 cucharadas de jugo de naranja u oporto


Para el relleno:
1 kilo de dulce de membrillo
1/2 vaso de oporto o mistela

Pisar la manteca con el azúcar hasta convertir en una crema. Agregar los huevos y la ralladura. Mientras vamos mezclando, incorporar la harina con el royal. Amasar hasta obtener una pasta homogénea. Si la masa queda seca, agregar unas cucharadas de jugo de naranja o un poco de vino dulce. Dividir la masa en dos bollos, uno grande y otro pequeño. Dejar descansar los dos bollos en la heladera media hora. Estirar el bollo más grande con palote y cubrir con él una tartera enmantecada y enharinada. Guardar un rato más en la heladera.
En un bol, pisar el membrillo con el vino dulce o el jugo de naranjas, hasta que se transforme en una especie de mermelada y luego rellenar con él la base de la tarta. Estirar el bollo chico que nos quedó y cortar la masa en tiras. Cubrir la tarta con ellos, tratando de armar el enrejado "artistico". Pintar las tiras con yema de huevo. Llevar al horno por media hora aproximadamente. Muy fácil, muy rica y también, por supuesto, terriblemente adictiva.

Para los que no saben, hoy en Argentina se jugó la final de la Copa América. Como era de esperarse, la Copa se la llevaron los yoruguas. Van mis felicitaciones. También mi folklórica y musical dedicatoria. ¡Hasta la vista!


Canto al río Uruguay
Letra y música de Ramón Ayala

Uruguay,
misionero y trepador
por el Moconá, se va, tu canto de sol.
Uruguay, gigantesco kuriyú,
es un jangada azul,
cayendo hacia el mar.

Por el Uruguay, yo me quiero ir
buscando la flor, del amanecer
y allá en el confín, rumbo a San Javier,
volver, volver a vivir.

Uruguay
sombrero de paja y luz, en tus correderas soy
fuego, monte y sol.

Sobre las altas barrancas
cuerpos desnudos al sol
los hacheros van volteando el monte
con su dolor
tal vez serán Kachape
tal vez en una jangada
el viejo árbol va yendo
para volver hecho guitarra
con música de silencio
rumores del Uruguay.

Por el Uruguay, yo me quiero ir
buscando la flor, del amanecer
y allá en el confín, rumbo a San Javier,
volver, volver a vivir.

Uruguay
sombrero de paja y luz,
en tus correderas soy
fuego, monte y sol.

lunes, 14 de febrero de 2011

Tarta de cerezas


Adelantandonos a la fresca que pronto llegará, paso una receta para las gorditas y los gorditos que adoran sentarse a leer en los cafés en las tardes de otoño. Se trata de una receta muy fácil de hacer y muy rápida en desaparecer.

La masa:
Para hacer la masa tenemos dos opciones. La que engorda "y alimenta"  y la otra, la descarada. La versión más liviana es esta: batir dos huevos con un poco de azúcar y ralladura de limón, agregar 1 taza de harina (que puede ser integral, de algarroba, leudante o mezcla), revolver bien, llevar a una tartera y esperar a que esté preparado el relleno para meter al horno. La segunda versión, la que engorda sin trampas, es esta otra. Pisar con un tenedor 150 gramos de manteca. Agregar 1/2 taza de azúcar y seguir revolviendo y pisando hasta que se forme una pasta homogénea. Agregar ralladura de un limón, un huevo (o una yema) y luego 1 taza de harina (como la anterior, del tipo de harina que más deseen, pero este segundo caso, la que le va mejor es la 4 ceros... ya estamos jugados). Forrar una tartera enmantecada, estirar la masa y dejar reposar en la heladera un rato.

El relleno (para cualquiera de las dos masas): 
2 manzanas (verdes o rojas), jugo de medio limón, 50 gramos de manteca, 250 gramos de cerezas, azúcar, nueces, canela, azucar impalpable.
Pelamos las manzanas y las dejamos macerar con el azúcar y el jugo de medio limón. Luego descarozamos las cerezas y agregamos a la preparación anterior; también las nueces picadas, la canela y la manteca cortada en pedazos chiquitos.
Acomodamos el relleno sobre la masa y llevamos al horno por media hora, o un poco más. Retiramos y dejamos entibiar. Podemos espolvorear con azucar impalpable, canela o crema de leche sin batir. A conciencia... o sin ella.

Una delicia para las gordas y los gordos de cuerpo y alma.
Como el tema de las calorías está muy presente en esta receta y da la  casualidad que hoy, 14 de febrero, se festeja el día del amor y la amistad, les dejo un precioso cuento (mejor dicho, una carta), que fue finalista del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor en el año 2005.

Mi gorda, de Eloy Serrano Barroso
Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la 'o' y la 'a'. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.
Pero tampoco era eso; como madres prematuras las gordas, tan blanditas, tan de apretujar, de amasar. Me gustaba la carne blanda en el codo de mi madre, pero era mi madre. Las madres sí, las madres mejor gordas.
El Antoñito nos presentó. ¿Pili? Pili no es nombre de gorda, pensé, las íes son flacas. Y el Antoñito, con ojos de sapo, partiéndose de risa para sus adentros, porque sabía que a mí las gordas no me gustaban, qué cabrón. Para ti la gorda para mí la modelo, me decía con los ojos. Y yo esforzándome para que no se me notara en la cara y no ofenderte, porque una cosa es que no me gusten las gordas y otra ser un cabrón como el Antoñito, siempre riéndose de todo el mundo, como si él fuera un Adonis y no el adefesio que es, con sus ojos saltones y la saliva como huevos de insecto en la comisura de los labios.
No, no me gustan las gordas, y tú eres gorda. Aquel primer día salías de la piscina con el pelo húmedo, todavía las gotas cayéndote por la cara redonda, de ensaimada crujiente. No se ha quitado el flotador, recuerdo que pensé al verte, que pensó el niño idiota que hay en mí. Y para colmo, a tu lado una especie de Barbie Morritos, con el cuerpo de plástico y los labios a juego con los pechos, inflados de lujuria los unos, henchidos de soberbia los otros. La bella y la bestia, recuerdo que pensé, que pensó mi niño cruel e infame.
Y nos sentamos los cuatro en la terraza de un bar, y la tarde fue cayendo, y la bella cada vez más aerodinámica, pero menos bella. En cada gesto, en cada palabra se le desprendía la belleza como polvo de estrellas, que iba pasando a ti, iluminando tu cara. Y te reconocí también bella, pero de una belleza inflada, sin facciones. Y entonces me dieron ganas de golpear allí mismo al hijoputa del Antoñito, siempre mirando a las mujeres como a ganado, como a cosas de usar y tirar. Pero era a mí a quien quería golpear, a mí, que a lo peor no era muy distinto de él.
Sí, que no se me notara era lo que yo quería. Sólo mirarte a los ojos, a tus manos de mazapán, para no distraerme en tu cuerpo. Y ocurrió que al terminar la tarde ya me había perdido en la profundidad de tus ojos negros, en la melodía de tu risa flaca, aunque no dejaba de decirme no puede ser, no puede ser, que es gorda, que es gorda, para no enamorarme. Y lo confieso, miraba las rodillas perfectas de la Barbie, sus pechos de almidón, para ver si el instinto me rescataba del amor que ya me iba golpeando.
Pero al llegar la noche, se fueron juntos la Barbie y el Antoñito. Él con gesto burlón, guiñándome un ojo, otra vez como si me dijera 'para ti la gorda, para mí la modelo'. Y allí nos quedamos los dos, rodeados de gente, pero cada vez más solos, más tú y yo, hasta que se acercó el camarero y nos dijo 'vamos a cerrar', porque ya era de madrugada. Y al mirar a nuestro alrededor, descubrimos de golpe las mesas vacías, como si un viento mágico se los hubiera llevado a todos y las horas fueran minutos. Y tú dijiste 'Ay'. Y yo respondí 'Uff', y te acaricié la mano.
A la mañana siguiente te llamé muy temprano, antes de que fueras al trabajo. "Esta noche has entrado en mi sueño", te dije. Y tú, con esa guasa tan tuya, me preguntaste "¿y he cabido?" Y no sólo no habías cabido, sino que empezabas a llenarlo todo, y el mundo entero parecía que estaba aún por estrenar, para que tú le dieras el significado que antes no tenía. Y esa mañana, mi cocina tuvo un lustre imposible y las magdalenas, ya caducadas, se esponjaron nostálgicas en el café humeante, y en la puerta del ascensor sonreí al estúpido con chándal que tengo por vecino.
Habíamos quedado para la tarde en tu casa. Como te gusta mucho Humphrey Bogart, en el achicharrante mes de agosto me presenté con gabardina, sombrero y un cigarro en la boca. "¿Ha refrescado?", preguntaste al abrirme la puerta, y no había ironía en tus palabras. Luego, a la media hora descubrías el disfraz y empezabas a reír. Y al Humphrey Bogart de pacotilla le tembló el cigarro en la boca. Eras así, joder, con esos despistes que me desarmaban.
Las paredes las tenías pintadas de verde, de un verde elegante. "Es el color de la esperanza", me dijiste, un pelín cursi. Y luego me fuiste enseñando la casa, y te fui conociendo a través de los objetos, porque cada uno de ellos contaba algo de ti. Esa manía tuya por los símbolos, por los significados. "Nada en este mundo es casual, todo tiene un porqué", me aseguraste cuando quise calzar la mesa coja que tenías en el salón. "Ni se te ocurra; es mi mesa cojita, le quitarías su personalidad". Y no me dio tiempo a replicar, porque ya me estabas desnudando, quizá para descubrir lo que yo significaba. Pero yo tenía miedo de desnudarte a ti, de que tu cuerpo gordo anulara mi deseo, y me dieron ganas de inventar una excusa y salir corriendo. Pero todo era tan natural contigo, que ya estaba besando tus pies gordos, tus rodillas gordas, tu vientre gordo, ¡tus pestañas gordas!, sí, tus pestañas gordas, te dije, y nos reímos. Ah, mi gorda.
Luego vinieron otras tardes, siempre escondidos en tu casa o en la mía, porque a mí me avergonzaba que nos vieran juntos. Tú lo adivinabas, pero no decías nada, quizá confiabas en que tu amor gordo, enorme, acabara por vencerme. "¿Me quieres un poquito?", preguntabas. "Sí, mujer, cómo no te voy a querer", te respondía, como si me costaran las palabras. Sólo en el dormitorio, sin el mundo, sin los ojos ajenos, se detenía el tiempo y yo me perdía en tu cuerpo, olvidándome de mí, del cobarde que soy.
En una de mis visitas a tu casa, dejé un cepillo de dientes en el cuarto de baño, y tú, con esa manía por las señales, pensaste que era como poner una bandera en una tierra conquistada, y me abrazaste loca de contenta, pero yo, con los brazos caídos y como un gilipollas, me puse a hacer gárgaras frente al espejo, doblemente gilipollas. Porque no quería ser tu novio de cuerpo entero, sólo caminar de perfil a tu lado en las inevitables salidas, como si no fuera contigo, como si en cualquier momento fuéramos a perder el paso y a desencontrarnos. Hubiera dado la vida por ti, pero no quería pasear contigo de la mano. La gorda y el flaco. Así de imbécil era yo.
Y llegó el día fatal, de cristales rotos sobre el calendario. Llovía. Ahora llueve siempre que te recuerdo, siempre lloviendo en el recuerdo, que es lo único que me queda, todo yo cubierto de nubes grises, la lluvia golpeando las entrañas y tu mirándome como un sol cuajado de sonrisas, en el recuerdo, con tu gorda generosidad, tu gorda simpatía, tu amor gordo. Yo escondido en los soportales de la plaza, el olor a orín de los pilares. Un meón, el cobarde novio de la gorda. Vienes levantando la cabeza, buscándome, y no ves el coche que se salta el semáforo. Se te viene encima y no lo ves. "Te veo a ti aunque no estés", me decías siempre con tu voz cálida como de pan reciente. No lo ves y el coche te lanza por los aires. Chirrían los frenos, gritos, carreras. Salgo de mi escondrijo. Aspavientos de la gente. Todos con ojos de sapo como el Antoñito. El espectáculo de la muerte. Abran paso, abran paso, suplico, con las piernas temblando, que es mi novia que es mi novia, grito, ¡a buena horas!, que es mi novia. Pero las palabras llegan tarde, descoloridas, lívidas. Estás en el suelo y ya no respiras; se te congeló la sonrisa. Y allí, a tu lado, entre la gente apelmazada, todas las niñas gordas de mi infancia me señalan con el dedo, acusándome. Y ya tarde, demasiado tarde, beso la flor roja que brota de tus labios, los labios de mi gorda, de mi amor, pensé, piensa el hombre triste en que me he convertido.

viernes, 1 de octubre de 2010

Budin de algarroba


El algarrobo es un árbol que produce unas chauchas o vainas que, sometidas a un proceso de secado y molienda, se transforman en harina de algarroba. El sabor es dulce y aromático, muy parecido al del cacao, pero, a diferencia de este,  no posee cafeína, teobromina, tiramina, ácido oxálico ni exceso de grasas; tampoco requiere de aditivos para su consumo. Se saborea como el chocolate pero... con menos culpa. Los indios de América consideraban a la algarroba (así se denomina a la chaucha del algarrobo) la “más preciada ofrenda de los dioses”. Es que no sólo los proveía de una gran cantidad de vitaminas y nutrientes, sinó  también de una gran energía para luchar contra los conquistadores. Un muy interesante informe podrán encontrar visitando el link de la ESCUELA IPEM Nº 104 "Arturo Capdevila" de Cruz del Eje.

Con las vueltas que tiene la vida, y gracias a la Revolución Industrial, la división del trabajo bajo las condiciones de explotación capitalista, el marketing, el offshore, el espíritu new age y la masiva graduación de dietistas en los noventa, pasó de ser un regalo de la tierra, a un bien de lujo: cotiza a 34 pesos el kilo. Aunque,  para probar alguna vez, bien vale la inversión. Y para esta receta, con una taza alcanza. 

Ingredientes:
1  taza de harina de algarroba, 1  taza de harina  leudante, 1 taza de aceite (o 200 gramos de manteca), 1 manzana verde rallada, 3 huevos, 1 yogurt,  1/2 taza de azucar negra (la harina ya es muy dulce), nueces, pasas rubias y 2 cucharaditas de polvo para hornear.

Preparación:
Encender el horno. Enmantecar y enharinar un molde.
Batir los huevos con el azúcar. Agregar el yogurt, aceite (o manteca blanda), la manzana rallada y, mientras seguimos batiendo, adicionamos de a poco la harina de algarroba y la leudante con 2 cucharitas de polvo royal. Cuando la masa no tenga grumos, agregamos las nueces picadas y las pasas.  Revolvemnos para que se integren, llevamos a un molde y horneamos por 30 o 40 minutos. Podemos agregarle por encima azúcar negra.

Esperando haber prestado un servicio a la comunidad, nos despedimos con una frase tan sencilla y profunda como el fruto del algarrobo, de nuestro querido Baldomero Fernandez Moreno, que dice:

El algarrobo es el árbol que mejor filtra, divide y pulveriza las estrellas.

(Cita extraída del informe mencionado anteriormente, al que decimos, gracias!).

jueves, 19 de agosto de 2010

Budin de bananas


¡Con esta receta, este blog, cumple 100 entradas! ¡Y la bloggera que te jedi, algunos cuantos… pero nunca tantos! Un amigo me dijo una vez que ahora que Sandro no estaba entre nosotros, nadie se iba a acordar de mi cumpleaños. Se equivocó. Nunca recibí tantos saludos como hoy. Muchas gracias a todos y, como no tengo mucho tiempo de sentarme a escribir, paso una receta así rapidito –un poco repetitiva con el tema de los budines, pero bué, hoy quería pasar esta receta y esta foto!-.
Quedo a la espera que se solucionen los problemas de los biblio-peque, los problemas de los biblio-grandes y que pronto todos sean buenos cocineros y anden por la vida felices y contentos. ¡Y paso un chiste al final para levantar un poco a este post!

Ingredientes: 
2 huevos
1 taza de azúcar
4 bananas
35 grs. de manteca
1 1/2 Tazas de harina leudante
Nueces
Pasas de uva (opcional).
Se pisan las bananas con el azúcar, se agregan los huevos, luego la manteca blanda, las nueces picadas y, si queremos, pasas de uva. Por último agregamos la taza de harina, y mezclamos bien. Mandamos a un molde enmantecado y enharinado y luego al horno por 45 minutos más o menos.
Y el chiste prometido:
Este es un borracho que llama a un portal y pregunta:
-Señora, ¿Está su hijo en casa?
Dice la señora:
-No.
Y contesta el borracho:
-¿Le importaría asomarse a ver si soy yo?
Y bueno, espero encontrar un chiste mejor para la próxima. Besos a todos.

sábado, 14 de agosto de 2010

Budín de mandarinas: para las viejas locas


Quién de ustedes (que sea de mi generación… el que no sabe, no pregunte!) no recuerda que hace mucho, mucho tiempo, cuando íbamos a la primaria, la abuela o la madre de una o uno, nos enchufaba una mandarina en el portafolios o, lo que era peor, en el bolsillo del guardapolvos. Llevar una mandarina en el bolsillo era el símbolo del infortunio total. Por muy dulce, buena y sana que fuera, nunca estaba a la altura de un Jorgito. También recuerdo que en los cines de barrio, cuando las puertas se cerraban, la sala quedaba en la oscuridad más absoluta, los comentarios se convertían en cuchicheos, se iluminaba la pantalla gigante, los parlantes empezaban a reproducir el sonido de huevos fritos de una película que había sido pasada más de la cuenta (como ser, Cupido motorizado)…

...y cuando todos estábamos embobados con el arranque del motor del escarabajo de oro, que siempre nos llevaba a otros mundos, hechizados de pies a cabeza, con un pie en el embrague y la mano en la palanca de cambio… zaz! éramos interrumpidos por las chispas, el ácido que salpicaba en los ojos (si es que uno estaba al lado del artefacto)  y más tarde por el olor, el penetrante y odioso perfume de la cáscara de una mandarina. En aquella época, las padecíamos. Nadie se salvaba. Todos los vecinos tenían en el fondo una planta, que era, como decían nuestros padres o abuelos, la mejor fuente de vitamina C. Me acordaba de estas cosas porque hoy, en la verdulería de mi barrio, como el invierno es la época de todas las clases, vendían las dancy, criolla, smith, salteñita y… no recuerdo si también otra. Si les parece mucho, hagan click  sobre MERCADO CENTRAL y descubrirán que el mundo de las mandarinas excede a la división “con semillas” o “sin semillas”. 
Todo este preámbulo para pasar la riquísima, fácil y deliciosa receta del budín de mandarinas, que se hace en un tris, (se las vendo) es fuente de vitamina C y compañera de los mates de las tardes de los fines de semana de las viejas y de las tías (yo es la primera y última vez que la hago, prometo).

Ingredientes:
2 mandarinas grandes limpias
100 cm de aceite de maíz o girasol
2 huevos
½ taza de azúcar
1 y ½ taza de harina leudante

Procedimiento:
Lavar bien las mandarinas. Trocear una (con cáscara y todo) y quitar las semillas. Pelar la otra mandarina, descartar la cáscara y también trocear (quitando las semillas). Meterlas en una licuadora o minipimmer junto con el aceite, los huevos y el azúcar. Llevar a un bol y de a poco ir agregando la harina. Llevar a molde previamente enmantecado y azucarado y hornear en temperatura media por 40 minutos.

Y para cortar lo empalagoso del budín y lo ceremonial del preámbulo (no estaré por estirar la pata, che?), cierro este post con un chiste cordobés.

Resulta que hay un cordobés arriba de una higuera y otro que pasa le pregunta:
- Che, cordobé, qué hacé ahí arriba?
- Estoy comiendo mandarinas.
- Pero si eso es una higuera,
- Y a mí que me importa si las mandarinas las traigo en el bolso.

domingo, 25 de julio de 2010

Budín de zanahorias


“Las bellas artes son cinco, a saber: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura, cuya rama principal es la pastelería”. 

Esto decía Antonin Carême, maestro de la pastelería y gastronomía francesa del Siglo XIX. Se dice que Carême tenía una gran inclinación por la arquitectura y que reproducía en azúcar, gelatina, masas y cera, grandes monumentos parisinos. Con el tenedor no cuenta con conocimientos sobre arquitectura, casi diría que tampoco sobre pastelería y, sobre la gastronomía, debería uno examinar la respuesta un poco. De todas formas intentaremos reproducir –tenedor y horno mediante- nuestro símbolo de la arquitectura moderna: el ladrillo. Como este blog se autoproclama saludable, además de azúcar, llevará:

-    3 zanahorias ralladas
-    3 huevos
-    Media taza de aceite de girasol o maíz
-    1 taza de harina leudante (o común más 2 cucharadas de polvo royal)
-    Manteca para el molde
-    Media taza de azúcar y un poco más para el molde (ya lo hemos dicho, pero no cuesta nada repetir)
Procesamos en licuadora o minipimmer las zanahorias ralladas junto a los huevos, el azúcar y el aceite. Cuando se forme una crema, apagamos la licuadora y agregamos, de a poco, la harina, revolviendo bien para que no se formen grumos.
Enmantecamos y azucaramos un molde. Volcamos la masa y llevamos al horno intermedio (ni poco que no alumbre, ni tanto que queme al santo) por aproximadamente media hora. Cuando al introducir un cuchillo este salga seco, es porque ya está. Desmoldamos. 

Si se parece más a un budín que a un ladrillo, felicitaciones, hemos conseguido el objetivo. La verdad es que en este blog no llevamos a un arquitecto en el corazón (ni en cualquier otra parte del cuerpo). Tampoco pretendemos heredar ninguna de las cualidades de los genios mencionados con anterioridad (me refiero a Da Vinci y Carême). Quien a heredar aspira, larga soga estira. Otro refrán auspiciado por Con el tenedor.

domingo, 11 de julio de 2010

Tarta de manzanas y yogurt


Hoy domingo, en vez de hacer el tradicional té canasta en la sociedad de fomento, nos juntamos con las chicas a ver el partido Holanda-España. Hilda llevó el termo de té, Nélida los vasos de plástico, Graciela el azúcar, Margarita nada y yo, por alardear con la cocina, esta tarta de manzanas que ven en la foto y cuya receta podrán leer un poco más –más, más- abajo. Cuando me vieron desembolsar la tarta, sonrieron como caniches y soltaron, “sanito, che”. Seguro esperaban a que llevara un cheesecake, o una lapidaria torta de moscato y dulce de leche. Hilda se rascó la panza y sin mirarme a los ojos  ironizó, “si se manda la paaarte”. Sin atender del todo, corté la tarta y la repartí entre todas. Graciela dio un bocado y opinó: “ayyy, pero qué lindaaaaaa!”. No esperaba que dijeran “qué rica”, primero porque son unas envidiosas y segundo porque no conocen lo que es fino y bueno. Paso la receta entonces y luego, para quien tenga ganas, cuento cómo terminó la tarde del partido (porque el partido ya lo vieron todos, para qué se los voy a contar, aunque si quieren se los cuento… y opino).

Receta para 6 jugadoras (dores): 3 huevos, ¾ taza de azúcar, ½ taza de aceite de maíz, 1 yogurt natural, 1 taza de harina leudante (o harina común y polvo royal), 2 manzanas verdes, ralladura y jugo de limón y pasas rubias. Pelamos las manzanas, las cortamos en gajos y maceramos con las pasas en jugo de limón y un cuarto taza de azúcar. Separamos las yemas de las claras. Batimos las claras a punto nieve y reservamos. Batimos las yemas con la media taza de azúcar que nos queda. Cuando llegue al punto letra (espesas y blancas) agregamos, sin dejar de batir y de a poco, el aceite. Seguimos batiendo y agregamos el yogurt, la ralladura de limón y luego, de a poco, el harina. Apagamos la batidora y agregamos las claras a nieve con movimientos envolventes. Enmantecamos un molde y acomodamos las manzanas con las pasas en la base. Por encima agregamos la masa. Llevamos al horno mediano por unos 40 o 45 minutos. Apenas entibie, desmoldamos, para que las manzanas se puedan despegar con facilidad del molde, cosa que no sucede si la dejan enfriar.

Finalizando, si es que así se puede decir, opino que la tarta estuvo deliciosa. Me la comí entera porque las otras estaban muy concentradas en el partido haciendo comentarios del tipo “a Ronaldo le dan las camisetas un talle más chico que a los otros jugadores porque es modelo”, interrumpida por un “¡pero cuántas costillas tiene el chico ese, pero por favor!”, para luego pasar a preguntas vitales, como ser, si estaba bien nacionalizar a los jugadores, sobre qué sería Alemania sin Podolski o Klose, sobre qué sería Argentina sin Gonzalo Higuaín y cuál hubiera sido el destino de Paraguay sin la presencia de Lucas Barrios. De paso, hablamos de lo difícil que está hoy en día pedir la nacionalidad europea. Nélida confesó que en su árbol genético había un 50 % de sangre francesa, a lo cual Graciela contestó, “aahhhh, ellaaaaaaaa”. Como era de esperarse, también discutimos sobre las pérdidas sufridas por el equipo argentino y, entonces, Margarita, la más existencial del grupo, preguntó acalorada, “¿por qué Victor Hugo dijo que si Argentina llegó a cuartos de final fue por accidente? ¿accidente de qué? no puede opinar un hombre así, siendo que es uruguayo”. Cuando vi que Hilda –yorugua y perdedora de cartas de primera línea- se levantó con la mano en alto para decir “momentito, a ver…”,  yo pensé “sonamos”. Entonces aproveché a tomarme el buque no sin antes guardarme el plato en el bolso. Todo puede perder una cocinera menos la base moral. Me alegra que haya ganado España, por un lado porque tengo un 50 % de sangre española en mi árbol genético y, segundo, porque verla festejar a Máxima en los mundiales es algo que no puede tolerar esta jugadora.

domingo, 27 de junio de 2010

Cómo hacer LA torta de cumpleaños


A todos nos toca, al menos una vez en la vida, tomar la responsabilidad de hacer LA torta de cumpleaños familiar. No hay ser humano que no caiga en la tentación de  estar a solas en una cocina para sumergirse, por lo menos por 2 horas, en el universo repostero donde  no hay nada que esté prohibido. Recomiendo hacer esta receta a los melancólicos, dado que la causa de este trastorno proviene de los bajos niveles de glucemia en la sangre. Entre paso y paso, cucharada mediante, las endorfinas saldrán disparadas de forma en que el mundo se les presentará, por un rato, favorable.

Para organizarme (psicológica y físicamente), lo que yo hago ponerme la vincha, tener todo lo que necesito a la vista  (olvidarse de comprar chocolate o dulce de leche resultaría fatal para esta experiencia), apagar el teléfono, hacer mate o café, y decir, manos a la obra.

Lo que lleva: 1 caja de bizcochuelo (para lo cual necesitan 3 huevos, 220 cm3 de leche); 150 gramos de chocolate semiamargo o chocolate blanco, medio kilo de dulce de leche, 250 cm3 de crema de leche. Para humedecer la torta, almíbar (va la receta), moscato o mistela.

Hacemos un bizcochuelo de cajita. Para que salga parejo hay que encender el horno a fuego mediano un rato antes de empezar a cocinar. También hay que chequear que la rejilla donde irá el molde, esté lo más alineada posible. Cuando el bizcochuelo esté listo y frío, pasamos a lo que más nos interesa, que es el relleno. Como todos sabemos, cuánto más húmeda nos quede la torta, más halagos recibirá. Digamos que el éxito depende de ello.

Así que deben proveerse de moscato, mistela o almibar. Hacer almíbar es muy fácil: ponen a calentar en un jarrito una taza de agua, una de azúcar, medio limón exprimido y una cascarita. Dejen hervir un buen rato hasta que tenga la consistencia adecuada. Dividimos el bizcochuelo en tres partes, lo más prolijo posible. Humedecemos bastante la base con el almíbar (o el moscato), luego agregamos el dulce de leche (el medio kilo o lo que quede).

Ponemos la segunda capa, volvemos a humedecer y agregamos la crema batida (recomiendo hacerlo un rato antes y con dos o tres cucharadas de azúcar nada más, para que no quede empalagoso). Ponemos la tercer y última capa y echamos todo lo que nos quede de almibar. Para hacer la cubierta tenemos que derretir chocolate semiamargo o chocolate blanco a baño maría con un chorro de crema de leche. Bañamos el bizcochuelo con imaginación y -colorante mediante- creatividad. Celeste y blanca, garantía de éxito. Por lo menos por hoy.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...