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viernes, 28 de octubre de 2011

Arroz con calamares, marca registrada


 

Advertencia: este es uno de los habituales posts en donde la entrada explota de bytes. Si el bloggero lector no tiene tiempo, sugiero pasar de largo. Si a pesar de la advertencia, el lector bloggero igual se quiere quedar, tenga paciencia. Hoy me levanté con ganas de escribir.

Ahora sí: El día que murió Steve Jobs, yo no tenía idea de quién era ese hombre. Me enteré porque muchos colegas ponían, por foto de perfil, la imagen de la manzanita. Facebook ardía con la noticia: el creador de Mac ha muerto.
Llegué pronto a un video muy emotivo en donde Jobs hablaba sobre "conectar los puntos" del pasado. Lo que entendí es que sugería que todo lo que uno aprendió en la vida podía reunirse en el presente, viniendo a significar esto, la clave del éxito. Me conmoví con su discurso y sentí una especie de iluminación. Pero, con el correr de los días, caí en la cuenta que la luz que el yotube enciende, pronto se apaga. A partir de entonces, empecé a preguntarme si realmente estas teorías funcionaban en la realidad. O es el corazón mudo, o es que los puntos se repelen, o la voz interior es un carromato o es que con las habilidades por sí solas, no alcanza.
Por poner un ejemplo, voy a poner el mío. En mi niñez aprendí teoría, solfeo y punteo de guitarra criolla, flauta dulce, quena; taquigrafía, mecanografía, cerámica, samba y folklore; hice manualidades, anduve entre los boy socuts, hice de negra en las fiestas patrias y hasta tomé cursos de corte y confección. A los trece años ahí estaba yo, en la puerta del secundario, cargando con todo mi equipaje intelectual. Lo recuerdo muy bien. Fue un día terrible. Pisé la escuela con un vestuario tan rústicamente hecho con mis propias manos, con una cartuchera tan mal pintada con mis propios dedos, que me gané un apodo bastante infeliz que no quisiera repetir. Desde luego, ese día aprendí que para algunas cosas, mejor seguir a la masa.


Volviendo al presente, que es el lugar desde donde escribo, todavía hoy me sigo preguntando por qué hacen tanto efecto las palabras de Jobs, si en el fondo todos sabemos que son mentira. No sé si es suerte, estrella, destino, pero la vida es muy distinta para cada uno de nosotros.
Para no dejar sembrado el gusto pesimista de las cosas, quisiera decir que yo sí he contado suerte en la vida.  Una, dos, tres de ellas, el espacio para pasar recetas. Porque a eso también venía:

Ingredientes (para dos o tres existencialistas)
2 tazas de arroz blanco del que tengan
5 cucharadas de aceite de oliva del que tengan
1 cebolla grande de la que tengan
1 diente de ajo del que tengan
1 pimiento morrón rojo del que tengan
1 lata de calamares o 1 tazas de calamares hechos en casa, si es que pueden con ellos
1 lata de tomates peritas pelados, de la que tengan
Un poco de vino blanco seco de la marca que sea
Sal, pimienta, pimentón dulce, pimentón picante (yo le puse también una pizca de chile, para darle power, porque es lo que tenía)

Donde se concentran los sabores:
Calentar el aceite de oliva, freír el ajo y la cebolla bien picados o pisoteados. Luego agregar el pimiento morrón cortado bien chiquito. Salar, pimentar, agregar pimentón dulce y picante. Agregar un poco de vino blanco. Cuando evapore, agregar la lata de tomates pisados y, por último, los calamares (si son de lata, ya vienen cocidos).
En olla aparte, cocer arroz. Cuando esté cocido, lo colamos y lo metemos en moldecitos. Luego los desmoldamos y echamos por encima la salsa de calamares. Un plato muy popular pero no por ello menos personal.

Yo se que los que tienen Iphone y Ipad me estarán odiando. Tal vez también se enoje por esto que digo Steve Jobs (por allá por donde se encuentre, quizá atascado en la net). Así que en algo he de redimirlo. Esa parte de la "marca personal", la compro. No puedo usar la manzana porque Mac me demandaría. Pero sí esta insignia que armé con la cabeza de un ají morrón que ven en la foto. Porque tal vez sí, tal vez todo termine resultando como dice Jobs. Quien dice que mañana no se contacte conmigo algún gerente de Knorr Suiza o Arroz Gallo Oro para pedirme que escriba recetas de cocina para las tapas posteriores de sus cajas. Y si esto sucediera, entonces sí, me diría "qué suerte (perra) la mía". Y también diría, muchachos, vayan agrandando la caja.
Hoy no hay cuento.
Muchas gracias a los que aguantaron hasta acá. Y a los que aguantan más allá, también.
Hoy es viernes y llueve. Desde septiembre, todos los viernes llueve.

sábado, 15 de octubre de 2011

Brochetas de pollo empanadas


Hay veces en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. 
Debe nacer del alma.

Eso dice el amigo invitado de la casa, Lucio V. Mansilla, en Una excursión a los indios ranqueles. La cita me viene como anillo al dedo porque, después de una semana de ver gente dejando estelas por la calle, levantando viento en los pasillos del subte, jugar la pulseada diaria contra el reloj y, sobre todo, después de una semana de oír que por favor llegue el fin de semana, veo cómo esa misma gente, o esta misma persona, se levanta el sábado -el primer día de descanso, según el optimista- y ya en su casa, rodeada de  amable luz y respetable silencio, calle tranquila, cortinas moviéndose al son del viento de primavera, no tiene mejor idea que encender la radio, la televisión, la computadora, el lavarropas y hasta intercambiar opiniones poco amables con el gato.
- ¿Y ahora, qué mierda le pasa a la yogurtera?
- Miauuu, miauuuu.
¡Por qué nos cuesta tanto acostumbrarnos al ocio! Pienso, mientras reflexiono, que ciertamente, la tranquilidad debe nacer del alma. Y si no nace, hay que plantarla.

La receta original  se llama "pollo-no-frito" y es de la bloggera y amiga chilena Pamela. Esta versión que les paso, es más rápida que la original, porque así estoy.

Para 6 brochettes
2 pechugas de pollo cortadas en cubos
1 1/2 taza de pan rallado
1 cucharadita de ajo en polvo
1/2 cucharadita de pimentón
Sal y pimienta
Tomillo, orégano o albahaca
1 yogurt natural
Aceite de oliva.

Preparación.
Marinar el pollo con sal, orégano, pimentón, pimienta, albahaca (o tomillo u orégano) y ajo en polvo por un rato. Pasar los trozos de pechuga por el yogurt y luego, por pan rallado (milanesas, digamos). Guardamos en la heladera hasta el momento de cocción. Pamela dice, en su receta, que para que el pollo quede crocante, debe estar lo más helado posible (por la foto verán que no le hice caso). Llevar a una placa aceitada y meter en horno o grill por media hora.
Una salsa que le puede quedar genial es la de "Labna con chile verde y granada". Pueden consultar la receta en el blog de Tito y Juana. Cuando sea un poco más excéntrica, prometo, la voy a hacer.

Y, como dice Mansilla, la paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las pequeñas cosas. Estas pequeñas cosas, en mi caso, están en la cocina y en los libros. Así que me despido con otro de los hits del Mallmann de nuestra literatura nacional:

"¡Cuánto cuesta a veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes."

Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, 1870.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Brochette de lomo y ciruelas en salsa de mostaza


Hoy encontré un cuento (el que posteo debajo) que me resultó muy familiar. Hace algunos años, en el piso de arriba de mi casa, vivía un abogado que se iba a dormir todas las noches a  las 12 y media clavadas. Como, en general, en la semana yo me voy a dormir un rato antes, solía escuchar su rutina. El abogado se sentaba en la cama y se sacaba un zapato. A los treinta segundos, el otro. Un minuto después, caía en el piso un cinturón de hebilla pesada. Hasta que no escuchaba el último crujir de las patas de su cama, no podía dormirme. Era un rito tranquilizador, que me ayudaba a conciliar el sueño. Pero, hace cosa de un año, el abogado se mudó. Su casa fue ocupada por una pareja de lo más extraña. Nunca se van a dormir a la misma hora. Tampoco se sabe qué tipo de zapatos usan. Algunas veces se oye un perro encerrado en el placard. Otras, una valija pesada que se arrastra. Los fines de semana son alarmantes. Pareciera que se van a dormir no dos, sinó tres... y, a veces, hasta cuatro. Toda esta situación me desvela. Me levanto de mal humor, cansada, con ganas de subir al piso de arriba y ponerle los puntos a los dos, a los tres, a los cuatro que viven ahi adentro. Es feo ser insomne por culpa de personas que una ni siquiera conoce. Pero más feo aún, encontrarme en este momento, somnolienta, malhumorada, escribiendo pavadas. Así que mejor, voy a la receta:

Ingredientes (para 2 brochettes)
250 gramos de lomo cortado en cubos
1 cebolla blanca
100 gramos de panceta
10 ciruelas pasas descarozadas
Mostaza
Salsa de soja (o vino tinto)
Sal y pimienta

Procedimiento:
Cortar el lomo en cubos. Macerar con salsa de soja y pimienta. Cortar la cebolla en trozos, también la panceta. Descarozar las ciruelas. Armar las brochettes como de costumbre. Un pedacito de cada cosa, apretando bien para que las cosas se junten. Llevar a plancha para churrascos, o a horno, parilla o incluso sartén aceitada. Sellar. Preparar una salsa con vino (o salsa de soja), mostaza, sal y pimienta. A medida que la carne se va cocinando, ir bañando las brochettes con la salsa.

Como les dije en la introducción, este fue el cuento que despertó los recuerdos de mis anéctotas nocturnas con el abogado de arriba. Los dejo en compañía de un maravilloso cuento. Espero que lo disfruten y también, cómo no, que sueñen con los angelitos.

Extraído de: Narrativa Breve

UNA NOCHE EN UN HOTEL, de Slawomir Mrozek
Estaba a punto de dormirme cuando detrás de la pared se dejó oír un fuerte golpe.
"Ya está, ahora empezará aquello -pensé-. Será igual que en aquella famosa anécdota. El vecino se quitó un zapato y lo dejó caer al suelo. Ahora no podré dormir hasta que se quite el otro y vete a saber cuánto rato tendré que esperar a que lo haga".
Así que cuál no sería mi alivio cuando enseguida se dejó oír el segundo golpe.
Me estaba durmiendo de nuevo cuando detrás de la pared sonó un tercer estrépito que me quitó el sueño.
Eso sí que no me lo esperaba. ¿Acaso mi vecino tenía tres piernas? Imposible. ¿Había vuelto a ponerse un zapato y se lo había quitado de nuevo? Poco probable. Así que, por lo visto, tenía dos vecinos.
Y comenzó mi tormento,justo como lo había previsto. Lo único que me permitía resistir era la esperanza de que de un momento a otro tenía que quitarse el otro zapato. Sin embargo, la noche transcurría y el segundo, es decir, el cuarto ruido no llegaba.
No pegué ojo en toda la noche y por la mañana bajé a desayunar totalmente agotado. Encontré a mi vecino. Busqué con la mirada al otro, pero no estaba, sólo había uno. Ese otro seguramente se había dormido hecho una cuba y continuaba durmiendo con un zapato puesto.
-¿Tiene ratones en su habitación? -inquirió mi vecino-. Porque yo sí los tengo. Hacían tanto ruido que tuve que tirarles un zapato para que pararan.
A partir de entonces dejé de pensar con lógica. Un estúpido ratón tiene más poder que toda la lógica junta, y la lógica sólo provoca insomnio.

viernes, 12 de agosto de 2011

Milanesas de merluza y cilantro al horno


Esta será una introducción sencilla porque la receta es muy fácil y no necesita demasiada explicación. La verdad es que nadie considera a las milanesas de merluza como una verdadera "receta". Va dedicada a la gente desfachatada que un buen día despierta y dice "quiero aprender a cocinar", al día siguiente corre a la librería a comprar su primer libro de cocina tapa-dura y, tres o cuatro días después, asegura que si su padre o madre lo hubiera dejado, hoy sería piloto, bailarina del Colón o domador de leones de circo.
Entonces, les presento la receta de las milanesas de merluza, nada más y nada menos que el segundo escalón para quien ha alcanzado conquistar la sistemática del sandwich (el paso número uno en la cocina).
Para no quedar como una cara dura integral, hice alguna pequeña variación a la receta original.
Ingredientes:
Se hace con merluza (¡qué descubrimiento!), cilantro, ajo, huevo y rebozador (o pan rallado).
Sencillo: se baten los huevos con un diente de ajo y cilantro bien picados, se pasan los filetes y luego se rebozan, apretando bien con la palma de las manos para que no se despegue. Los freímos o mandamos al horno. Y mientras se cocinan, a barrer la cocina, que seguro buen chiquero habrá quedado.
Si se aprenden bien esta receta, ya pueden pasar al tercer nivel (el de Con el tenedor en la mano), o bien buscar, pensar e imaginar, en qué oficio quisieran desenvolverse mañana. Tal vez, como Ismael, darse al mar y ver la parte líquida del mundo. Y si así es, qué mejor estímulo que la maravillosa introducción de Moby Dick. ¡Hasta la próxima receta!

MOBY DICK
De Herman Melville
(traducción de Enrique Pezzoni)

Pueden ustedes llamarme Ismael.  Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada en particular que me interesara en tierra, pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo.  Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación.  Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible.  Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco.  No hay nada de asombroso en esto.  Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

domingo, 17 de julio de 2011

Locro criollo. La invitada de invierno: Susana



Seguimos julio a puro folklore. En esta oportunidad, les acerco una receta típica del noroeste argentino, el locro. Como se imaginarán, no la hice yo (y ahora que se cómo se prepara, mucho menos voy a hacerla!). La cocinera invitada es Susana, de quien también tenemos otras dos recetas, la del puchero y la de la salsa criolla.  Mientras Susana preparaba el locro, yo iba tomando nota de los ingredientes, el procedimiento y también, cómo no, de algunos datos curiosos acontecidos en su cocina. Lo más importante que tengo para decir es que hacer locro es complicado, se necesitan muchas ollas, tiempo y paciencia. Se comienza a preparar desde la noche anterior y luego, por la mañana, uno tiene que abocarse por completo al asunto. La cosa comienza a dificultarse más aún cuando caen los invitados. Hay que litigar con el  desatento que viene a mojar el pan en la olla (aunque no haya salsa), con el ansioso que pretende cortar las empanaditas al medio (con toda la intención de ayudar), y hasta con el listo que se acerca a decir, “a ese locro le falta chorizo colorado”. Respecto de este pequeño pero importante comentario, Susana interrumpe la cocción y, al grito de aro, aro, aro,  hace las siguientes aclaraciones:
Primero y principal, el origen del locro se remonta a la época precolombina. Es decir, es anterior a la llegada de Cristóbal Colón a nuestras tierras. En aquella época no existía el chorizo colorado. Ese embutido ingresa a la cocina recién en el Siglo XVII.
Segundo, el locro es una comida popular, lo cual quiere decir que se prepara con aquellos alimentos e ingredientes que le son accesibles y están al alcance del cocinero.
Tercero, lo que le da al locro su sabor característico es la combinación de maíz y el zapallo. Como sabrán, el sabor del chorizo es de lo más invasivo, así que un verdadero locro no debería llevarlo (ni tampoco panceta, aunque esta receta... lleva).
Cuarto y último, nunca contradecir a un cocinero. No hay territorio más nacional que donde dominan el fuego y las cuchillas.
Luego de estas –espero- útiles aclaraciones, pasamos a la receta del locro criollo.

Ingredientes (para 15 convidados)
1 kilo de maiz pisado blanco
500 gramos de alubias (porotitos blancos bien chiquitos)
2 cebollas blancas cortadas en cubitos
5 ramitas de cebolla de verdeo cortadas en rodajitas
1 morrón rojo (pimiento) cortado chiquito
4 dientes de ajo picados
2 tomates sin piel ni semillas cortados en cubos
1/2 kilo de zapallo criollo (calabaza dulce) cortado en cubos
1/2 kilo de carne de cerdo desgrasada cortada en cubos
1/2 kilo de carne de vaca cortada en cubo
Panceta (opcional) previamente desgrasada (es decir, salteada en sartén hasta que pierda grasa)
Orégano, ají molido, sal, pimienta, comino y pimentón dulce español.
Aceite de oliva

Procedimiento:
En ollas separadas, dejar remojando el maíz y las alubias toda una noche. Por la mañana, poner a hervir el maíz durante 1 hora en olla a presión (o durante 2 horas en una olla común) y, en olla común aparte, cocer las alubias durante 1 hora. Reservar.
Si vamos a usar panceta, desgrasarla en una sartén.
En otra olla bien grande, poner a calentar aceite de oliva, maíz o girasol. Fritar la cebolla blanca, la de verdeo, el ajo, el pimiento morrón, el zapallo, la carne de cerdo y la de vaca (todo cortado chiquito o en cubos), hasta que la carne esté prácticamente cocida y el zapallo empiece a ablandarse. Condimentar con  orégano, ají molido, sal y pimienta. Luego agregar los tomates pelados y cortados en cubos, el pimentón dulce español y el comino. Agregar agua. Cuando hierva, agregar el maíz cocido y colado. Revolver con cucharón de madera hasta integrar. A los pocos minutos agregar las alubias y volver a mezclar. Agregar la panceta desgrasada. Dejar cocinar un rato más. Cuando el zapallo ya se haya deshecho y esté convertido en crema, el locro ya estará listo.
Al momento de servir, agregar por encima unas rodajitas de cebolla de verdeo crudas y salsa picante. Para hacer la salsa picante hay que hidratar chiles secos molidos (o ají molido) en aceite. 
En general, el locro se sirve con empanadas de carne y de humita.
Atenta a este mes de puro folklore, me despido de ustedes con unas coplas del Martín Fierro, autoría de Don José Hernández.

Vamos suerte, vamos juntos
Dende que juntos nacimos;
Y ya que juntos vivimos
Sin podernos dividir...
Yo abriré con mi cuchillo
El camino pa seguir.

lunes, 11 de julio de 2011

Humitas


Yo soy de los del montón, no soy flor de invernadero,
igual que el trébol campero, crezco sin hacer barullo,
me apreto contra los yuyos y así lo aguanto al pampero.

Esto recitaba Atahualpa Yupanqui en “El payador perseguido”. Don Ata fue el mejor cantor, guitarrista, compositor y, sobre todo, el más perfecto poeta del folklore argentino.
Yendo a lo que nos compete, que es la gastronomía, las recetas más típicas, las más representativas de nuestro folklore, son las siguientes: las empanadas (más conocidas las de Salta, Tucumán, Santiago del Estero, San Juan y Córdoba -con sus variantes en cada una de ellas-), las tortas fritas (de la Región de Cuyo), la carbonada y el asado (especialmente en la Región Pampeana), el locro (Región Noroeste), el puchero criollo y las humitas (Norte y Centro del país).
La  receta de humitas es la más fácil de todas, y es por eso que me le animo. La semana que viene, saldrá la receta del locro. Pero como la receta del locro es bien difícil, pediremos mano a un convida´oY adentro.


Humitas en chala:
Pa´ 6 chalchaleros
6 choclos (maíz amarillo) o 2 latas de choclo cremoso desgranado
2 tazas de puré de zapallo (calabaza dulce)
1 morrón verde (pimiento verde)
4 ramitas de cebolla de verdeo
1 cebolla blanca grande
Queso cremoso
1 cucharadita de maicena diluida en 1/4 taza de leche
Manteca, aceite de oliva
Sal, pimienta, nuez moscada, azúcar rubia


Quitar las chalas a los choclos y lavarlas bien. Rallar los choclos delicadamente hasta llegar al marlo y reservar. Calentar manteca o aceite de oliva en una olla o sartén grande y freír la cebolla blanca y de verdeo cortada bien chiquita. Salar y pimentar. Luego agregar el morrón, también cortado en cubitos bien chicos. Cuando la cebolla esté apenas dorada, agregar la crema del choclo, revolver bien, dejar cocer unos minutos y luego agregar el puré de zapallos (tiene que ser zapallo dulce). Condimentar con bastante nuez moscada. Dejar cocinar unos 5 minutos más y agregar la maicena diluida en leche. Revolver bien y dejar al fuego hasta que espese.
Rellenar las chalas por el centro y agregar un pedazo de queso cremoso y una pizca de azúcar. Cerrar y atar con otra hoja de chala o con hilo piolín. Cocinar al vapor por unos 10 minutos.
Con el mismo relleno también podemos hacer humita a la cacerola. Rellenamos moldecitos aptos para horno, cubrimos de queso, una pizca de manteca y otra de azúcar rubia y llevamos a gratinar.

Dicen en el campo que donde hay folklore hay empanadas. Y donde hay empanadas, hay vino. Y ande hay vino, hay peña. Y ande hay peña, hay humitas (¿o era humo?).

Me despido de ustedes con un bello, bellisimo poema. Del maestro Atahualpa Yupanqui, del que viene de viejas tierras para decir algo,

Piegras

Tanto vivir entre piegras
se m'hizo que conversaban.
Voces no h'i sentido nunca
pero el alma no me engaña.

Algún algo han de tener
aunque parezcan calladas.
No de balde ha llenao Dios
de secretos la montaña.

No digo que tengan voz
ni que se digan palabras;
ocasiones el silencio dice
las cosas más claras...

¡Algo se dicen las piegras!
A mí no me engaña el alma.
Temblor, sombra o qué sé yo...
Mesmo que si conversaran...

¡Malhaya! Pudiera un día
vivir así: sin palabras...

martes, 5 de julio de 2011

Tallarines a la putanesca


Hace muchos, muchos años, cuando comenzaban las vacaciones escolares -que para mi vieja no eran vacaciones, sino todo lo contrario- y al grito de llevate a estos indios, por favor, acudía en ayuda mi abuela Cata. A mi abuela la adorábamos, pero si la propuesta era vamos a salir a pasear, sabíamos que, de cabeza, iba a ser un embole. Para bajar el índice de riesgo, se resolvía que mi hermano varón iría a lo del tío Cacho para ayudar con la estanciera y que las mujeres, las tres hermanas, iríamos con la abuela a visitar a la bisabuela de Pergamino.
La casa de la bisabuela de Pergamino estaba lejos. Había que tomarse un tren y luego patear unas veinte cuadras. Era grande, hermosa, tenía infinidad de árboles, todos llenos de pájaros de lo más extraños. Pero como íbamos a demostrar que estábamos hechas unas señoritas, a mi abuela no le quedaba otra que encerrarnos en la cocina. Para que no nos aburriéramos tanto, la bisabuela nos dejaba en compañía de Marta, la muñeca que camina y habla, rebautizada por nosotras como "la muertita". Mientras tanto, la abuela se encerraba en el living con la bisabuela, la tía Marina y dos o tres parientas más que ahora no recuerdo.  Nosotras, en la cocina, hurgábamos en los cajones hasta dar con un cuchillo de punta redonda que sirviera de destornillador, a fin de darle algo de vida a la Marta. Porque Marta no caminaba, no hablaba, y les juro que no era un problema de pilas.
A través de la puerta se escuchaba a las viejas meta reír y a nosotras nos entraba una curiosidad fatal. Íbamos hasta la puerta del living con absoluta prudencia y nos acomodábamos para espiar a través de la cerradura. No éramos los que se dice silenciosas, así que pronto nos descubrían. Sobresaltadas, pálidas, una con Marta bajo el brazo, la otra empuñando un cuchillo de punta redonda, un peligro. Mi abuela nos dejaba entonces entrar, a la voz de no se pueden estar quietas, che. Entonces nos acomodábamos en los sillones para participar de la reunión. Pero a partir de ese momento, la abuela, bisabuela, tía Marina y las otras mujeres, empezaban a hablar en código, improvisaban e inventaban palabras para que no les entendiéramos. Una fábrica de inventar metáforas. Cada tanto rompían a reír y mi abuela soltaba un me meo, me meo. Qué bronca nos daba no entender nada.
Al final de la tarde, ya nochecita, nos preparábamos para el regreso. Algunas veces, tía Marina entregaba a mi abuela un paquetito muy bien envuelto y le decía, para los tallarines a la putanesca, Cata. Y otra vez se largaban a reír. Y mi abuela, otra vez más, me meo, me meo. Imposible lograr que la abuela nos tradujera algo, siquiera en el tren de regreso. Cuanto más densas nos poníamos, más evasiva se volvía ella. La abuela, en el tren, miraba a través de la ventana y se ponía a tararear un tango.
Cociné tallarines a la putanesca con la esperanza de avivarme de algún secreto, pero me fue imposible encontrarle la gracia. Si algún cocinero con experiencia me pudiera explicar, se lo agradecería.


Ingredientes (para 4 o 5 parientas risueñas)
500 gramos de pasta seca
6 cucharadas de aceite de oliva
2 dientes de ajo
10 filetes de anchoas
2 latas de tomates peritas (o 12 tomates pelados, pasados por agua hirviendo)
200 gramos de aceitunas negras
Si queremos, también alcaparras
Aji picante

Come procedere:
Rehogar los dientes de ajo machacados y el ají picante cortado chiquito en aceite de oliva. Agregar los filetes de anchoas con un poco del mismo aceite que traen. Agregar el tomate picado. Dejar reducir unos minutos y agregar las aceitunas cortadas y las alcaparras. Cocinar un par de minutos más.
Aparte, prepar la pasta. Cuando esté al dente, colar, pasar por un chorro de agua fría y luego incorporar a la sartén con la salsa. Calentar un minuto y servir.

Mi abuela Cata y las mujeres que se reían ya no están. Sin embargo tengo de ellas un millón de recuerdos. Disculpen si los atosigo con ellos. No sé si será por la edad, tal vez me esté enfermando de melancolía, pero me hace muy bien recordarlos todos. Me despido con el tango que solía cantar mi abuela a la hora de evadir nuestras respuestas. Arrancado de La Pulpera,

Café de los Angelitos (1944) Catulo Castilo y José Razzano

¿Tras de qué sueños volaron?
¿En qué estrellas andarán?
Las voces que ayer llegaron
y pasaron, y callaron,
¿dónde están?
¿Por qué calle volverán?

lunes, 13 de junio de 2011

Arroz yamani con salsa agridulce


Ayer, en mi edificio, se rompió el ascensor y tuve que subir por las escaleras. En vez de ir contando los escalones, como hace la gente normal, fui tratando de adivinar quién vivia en cada departamento según los olores que sentían en el pasillo. Como esto ocurrió cerca de las 9 de la noche, fue bastante fácil imaginarlo. Olor a milanesas fritas: la familia de bancarios; olor a puchero: la pareja de jubilados; churrasco pasado: el estudiante de agronomía; huevos rancheros y música estridente: el que se acaba de divorciar. Pero mi entretenimiento pronto llegó a su fin porque, apagada la luz automática del pasillo, me encontré a oscuras, completamente ciega. Mientras tanteaba peldaños con el pie, vi un reflejo amarillento que se escapaba por debajo de una puerta. Luego escuché un tamborilleo extraño, seguido de ruidos de cadenas y golpes contra la pared. Por último, un agudo y escalofriante maullido de gato (¡¿Magui?!). Estampada contra la pared, muerta de miedo, di manotazos hasta conseguir encender la luz. Vi en la pared la numeración de mi piso. Vi en la puerta alborotada la letra de mi departamento. Sí, sí, todo aquello provenía de mi casa. Transpiré, temblé, me desmayé y me recuperé antes de llegar al suelo, porque de pronto caí en la cuenta que todo este misterio doméstico tenia una buena explicación. "Me cacho en dié, otra vez me olvidé encendido el Kohinoor". El ciclón se había llevado por delante dos macetas, tres envases de cerveza, una lata de pintura al aceite y la canasta donde guardo las bolsitas del Coto. Eso sí, el trapo rejilla que habia dejado centrifugando desde la mañana temprano, estaba seco. ¡Qué cabeza la mía! Para bajar un cambio y recuperar el pulso, me puse a cocinar. Si en ese momento algún vecino iba subiendo escaleras, boludeando en vez de ir contando escalones, seguro adivinó que por la noche, en mi viejo wok, se cocinaba la receta que sigue:


Salsa agridulce:
1/2 taza de azúcar
1/4 taza de vinagre blanco
1/2 taza de agua
1/4 taza de salsa de soja
1 cucharada de ketchup
2 cucharadas de maicena

En una ollita poner  a calentar todos los ingredientes menos la maicena. Dejar que caliente y evapore un rato para que espese un poco. Al cabo de 15 minutos aproximadamente, agregar la maicena disuelta en un par de cucharadas de agua y agregar a la preparación. Revolver continuamente hasta que espese (sin parar de mezclar para que no se agrume). Luego retirar y dejar enfriar.


Arroz yamaní: 
2 tazas de arroz yamani
Aceite de oliva
1 morrón rojo
4 cebollitas de verdeo
250 gramos de champignones
1 zanahoria
Tofu (o pollo, como prefieran)
Salsa de soja
Sal, pimienta

Poner a cocinar el arroz en 4 tazas de agua por 25 minutos. Cuando esté listo, colar y reservar. Aparte, cortar todas las verduras en tiras finitas. Poner a calentar un wok o sartén profunda unas cucharadas de aceite de oliva. Agregar la cebolla, morrón, zanahoria y dejar cocinar un rato. Salar y pimentar para que suelten el jugo. Luego agregar los champignones. Agregar un chorro de salsa de soja. Cuando esté todo cocido, agregar el arroz y mezclar en la misma sartén. También podemos ponerle en ese momento unas cucharadas de salsa agridulce para que el arroz empiece a tomar sabor. Por último agregamos tofu o pollo salteado (o las dos cosas, vamos). Servimos agregando por encima la salsa agridulce y rociamos con unas semillitas de sésamo.

Y si hay algo más misterioso que la luz que se escapa por debajo de la puerta de un pasillo a oscuras, esas son las ventanas iluminadas de Roberto Arlt. Afanado de Narrativa Breve:

Las ventanas iluminadas
La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja  entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo.  Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Del libro En la noche. Historias después de hora.
Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

martes, 10 de mayo de 2011

Risotto de azafrán y mejillones


Para hacer bien este risotto debemos tener a mano dos amigos internacionales. Yo usé arroz carnaroli traído de Italia (especiales gracias a Carlos Shumbo), azafrán español (mis recuerdos a La Tita Ravana) y mejillones de verdad, abiertos con mis propias manos (siguiendo los consejos de mi inseparable amigo Carlos Daniel Abrelatas). A propósito, muchos de mis amigos tienen en sus álbumes la típica foto de estas donde la familia posa en la playa con un balde de mejillones pescados por ellos. Hace muchos, muchos años, mi familia quiso hacer un retrato similar. Fuimos al muelle a pescar con mediomundo y cuando ya teníamos tres o cuatro cornalitos en la red, mi abuela le pasó la cámara a un guardavidas para que nos hiciera la foto. Sucede que la cámara (de las de antes) tenía un error de paralaje y salimos todos con la cabeza cortada. La metáfora fue tomada con mucha seriedad y desde entonces, si es marisco o pescado, envasado o congelado. Pero mejor vamos a la receta:

Ingredientes (para 2 personas de buen comer y beber):
1 cebolla blanca
3 cucharadas soperas de manteca
1/4 taza de aceite de oliva
2 tazas de arroz carnaroli
1/2 vaso de vino blanco
4 tazas de caldo de pollo
Azafrán
1 lata de mejillones al agua
100 gramos de queso parmesano rallado.

Manos a la obra:
En una olla poner a calentar 2 cucharadas de manteca y el aceite de oliva. Luego incorporar la cebolla bien chiquita. Apenas esté trasparente, agregar el arroz. Revolver constantemente. Agregar el vino blanco y seguir revolviendo (que sino se pega!). Luego el azafrán. De a poco, ir añadiendo el caldo (de a chorritos y durante 20 minutos). Cuando el caldo esté a punto de consumirse y el arroz esté listo, apagar el fuego, agregar los mejillones, el queso parmesano y una cucharada de manteca. Tapar la olla y dejar descansar por 5 a 10 minutos.

Un plato muy sencillo y delicioso. Y como decía mi abuela, si te sale bien ya te podés casar (¿o lo decía mi bisabuela?). A propósito de ello, me despido con un deleitable postre colombiano.  Usurpado de la página  Internacional Microcuentista, con ustedes:

Ratona, matrimonio y enamorado
Humberto Jarrín
—Sabe una cosa —le confesó la Ratona a su interlocutor de turno mirándole seductoramente a los ojos—, sé que apenas acabo de conocerlo pero no me resisto a declararle que estoy enamorada de usted.
—¿Es lo que se llama un amor a primera vista? —Preguntó el galán con juguetona vanidad.
—No sé si así se llame, en realidad nunca he estado interesada en los nombres de esto o aquello, respondo por lo que siento.
—¿Sí?
—Sí. Y podríamos casarnos, y tener una cuevita que tú te cuidarás de mantener, y tendríamos muchos pero muchos hijos aprovechando mi ardorosa y prolífica naturaleza, y...
—Este... Bueno..., no niego que lo encuentro muy halagador y sugerente, que hasta me gustaría, pero sucede que somos diferentes.
—¿Cómo diferentes? ¿Acaso tiene usted una cierta debilidad, no es usted, en el amplio y completo sentido de la palabra, un Ratón?
—No.
—¡¿No?!
—No. Soy un Murciélago.
—Vaya, disculpe usted, señor. Y adiós.
—No hay cuidado. Que le vaya bien. Y en verdad siento no haber clasificado.
En tanto la Ratona visiblemente desilusionada se aleja, el asediado casadero se queda cantando muy contento pues una vez más, con ese viejo estratagema de hacerse pasar por un Murciélago ha logrado conjurar con éxito el recurrido y acechante fantasma del matrimonio.

miércoles, 13 de abril de 2011

Salmon rosado a la mostaza y miel


De vez en cuando Con el tenedor en la mano desaparece del Veraz y registra saldo positivo en la cuenta bancaria. Por ser una receta un poco salada, va dedicada al pequeño y mediano burgués. Con ustedes, el clásico salmón rosado a la mostaza y miel, el mismo que se sirve en los restaurantes de los hoteles 5 estrellas (bueno, está bien... de cuatro). Una delicia. Y después de esto, los que no vivimos en San Isidro, a festejar con arroz blanco toda la semana!

Ingredientes (por acomodado):
1 rodaja de salón rosado
1 cucharada de mostaza de djion
1 cucharada de miel
1/2 vaso de vino blanco
1/8 taza de aceite de oliva (si es español, cuanto mejor)
1/2 limón exprimido
Sal y pimienta
Para acompañar: rodajas de ananá en almibar.

El procedimiento es muy simple: forramos una bandeja con papel aluminio. Acomodamos el salmón, salamos y pimentamos y, por encima, echamos el jugo de limón, la mostaza, la miel, el aceite de oliva (todos mezclados previamente) y  la mitad del vino blanco. Tapamos con papel alumnio y llevamos al horno. A los 10 minutos, agregamos el vino blanco restante y dejamos unos minutos más. El acompañamiento que mejor le va es el ananá en almibar. Pero si su costado progre se los impide -y antes de usar el falso argumento "el ananá me causa acidez"- pueden reemplazarlo por unas papas hervidas con pimentón. Fácil, eh?

Y ahora sí, reacomodandome a mi estatus social me despido, repasador en mano, con un bello cuento subversivo. Extraído de la página NarrativaBreve, con ustedes:
Revolución
De Sławomir Mrożek (1930-), escritor, dramaturgo y dibujante de cómics polaco:
En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo, la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista. Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por “ese cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario...

jueves, 24 de marzo de 2011

Pasta con alcauciles


Si hay una cosa que me causa placer es sentarme frente al televisor a deshojar alcauciles con las manos hasta llegar al corazón. Esto de pasar las hojitas por aceite, limón y sal, nada tiene que ver con el rito de calmar la ansiedad comiendo pochoclos. Es una experiencia de otro tipo. En nuestro país, la temporada de alcauciles dura poco. Solo los conseguimos en primavera. El resto del año, nos tenemos que conformar con los alcauciles en conserva. Como los de frasco no tienen el mismo sabor ni tampoco suministran esparcimiento, lo mejor es utilizarlos en otro tipo platos, como ser de acompañamiento para pastas. La foto de la receta no salió lo que se dice agraciada pero, de verdad, es muy apetitosa.

Ingredientes para cuatro personas:
300 gramos de pasta seca (si son las anchas, mejor)
2 cebollas moradas
100 gramos de champignones frescos
1 tarro de corazones de alaucil en conserva
100 gramos de aceitunas negras
Aceite de oliva, nuez moscada, pimineta negra y queso parmesano.
Opcional (sube la categoría): jamón, jamón crudo o panceta y crema de leche.

Ponemos a calentar bastante agua en una olla con sal y un chorrito de aceite. Aparte, freir la cebolla cortada fina en aceite de oliva. Luego agregar los champignones fileteados. Salas, pimentar y agregar nuez moscada rallada. Cuando la cebolla esté transparente, agregamos las aceitunas negras y, si queremos, jamón crudo o panceta cortada finita. Por último agregamos los alcauciles y salteamos unos minutos más.
Cuando el agua hierva, echamos la pasta y luego, cuando esté al dente, colamos y servimos en un plato agregando la salsa por encima. También la podemos mezclar con la salsa en la misma sartén donde la hicimos (si es que entra). Agregamos por encima queso parmesano rallado y, si queremos, también un chorro de crema de leche sin batir. Mmm... acompañados de un buen vino, como "el justicialista" y frente a la tele, desaparece la nostalgia de la primavera pasada.
Como tengo mucha suerte, otra vez consigo cerrar esta receta con el cuento más acertado:

Relojes 
de Julio Cortázar
Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda CON GRAN CUIDADO. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El reloj alcaucil de este cronopio es un alcaucil de la gran especie, sujeto por el tallo a un agujero de la pared. Las innumerables hojas del alcaucil marcan la hora presente y además todas las horas, de modo que el cronopio no hace más que sacarle una hoja y ya sabe una hora. Como las va sacando de izquierda a derecha, siempre la hoja da la hora justa, y cada día el cronopio empieza a sacar una nueva vuelta de hojas.
Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento, entonces se la come con aceite, vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero. 

Relojes, en Historias de Cronopios y de Famas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Salmón blanco al wasabi


El wasabi es un condimento japonés que se extrae de la raíz de la Wasabia japonica, también llamada Cochlearia wasabi o  Eutrema japonica (fuente: wikipedia... y bué!). Es picante, fuerte y, al acercárnoslo a la boca, provoca un  intenso ardor en las fosas nasales. Se emplea, junto a la salsa de soja, para acompañar el sushi, pero también puede usarse para condimentar o acompañar pescados, como en esta receta súper fácil  e interesante que paso a continuación:

Ingredientes (por persona):
1 filete de salmón blanco (o una rodaja de salmón rosado, según venga nuestra economía).
Jugo de 1 limón
1/2 vaso de vino blanco (opcional)
Wasabi (con una pizca por filete, alcanza)
Pimienta negra, sal y aceite de oliva.
Procedimiento:
Macerar el pescado en jugo de limón y una pizca de wasabi. Salar y pimentar. Enrrollar y sujetar con escarbadientes. Poner a calentar aceite de oliva en una sartén. Luego acomodar el rollo de pescado sobre una de las bases, sellar unos minutos (podemos taparlo con papel aluminio si queremos concentrar el calor), mientras vamos  agregando el jugo de la maceración (si quieren, también vino blanco). Cuando vean que el rollito está cocido hasta la mitad y, con la ayuda de los palilllos, lo damos vuelta. Sellamos un par de minutos más. También se puede hacer en el horno. Lo podemos decorar con una pizca de wasabi más.

Para terminar (y perdón si les quito el apetito con esto, pero no veía la hora de encontrar la oportunidad para pasar este fragmento) transcribo, con un poco de torpeza, el fragmento "El túnel" de la película "Sueños" del director y guionista japonés Akira Kurosawa. Espero -a quienes hayan podido ver la película- que estas líneas traigan a la memoria las imágenes de este film inolvidable. 

EL TÚNEL
Es de tarde y el Comandante avanza por el camino de una montaña. Se encuentra en la boca de un túnel que lo llevará del otro lado. Se adentra. En la oscuridad del pasaje se oye el gruñido de un perro. Luego vemos al perro acercarse amenazante hacia el Comandante. Ruge con furia y provocación. El Comandante queda petrificado del miedo. Luego, el perro desaparece. El Comandante sigue su camino en la oscuridad. Llegando hacia el final del túnel, ya de noche en aquel otro extremo, escucha los pasos de alguien que se acerca. Es un hombre de rostro azulado, el Soldado Noguchi:
Comandante: ¡Soldado Noguchi!
Soldado Noguchi (haciendo el saludo militar): ¡Sí, Comandante!
C (pasmado):Usted...
SN: Comandante, ¿es verdad?, ¿fui asesinado en acción? Yo...  no puedo creer que estoy muerto. Fui a casa, comí la torta especial que preparó mi madre. Lo recuerdo bien.
C: Ya me había dicho eso antes. Le dispararon. Se desmayó. Luego se despertó. Yo lo estaba atendiendo y me contó esa historia. Fue un sueño. Lo soñó mientras estaba inconsciente. Fue tan fuerte que todavía lo recuerdo. Pero unos cinco minutos después, murió. Murió de verdad.
SN: Entiendo. Pero mis padres... no creen que estoy muerto.
Se hace un largo silencio, el Soldado se acerca, da unos pasos hacia adelante. Divisamos, fuera del túnel, un punto de luz.
SN (señalando la luz): Esa es mi casa. Mi madre y mi padre están ahí, esperándome. 
C: (acercándose unos pasos hacia el Soldado) Pero es un hecho. Está muerto. Lo lamento, pero está muerto. Está muerto de verdad. Murió en mis brazos.
Noguchi continua camino, alejándose del Comandante.
C: ¡Noguchi!
Noguchi se detiene, hace un saludo militar hacia el Comandante y luego sigue camino. Escuchamos los pasos de Noguchi, alejándose por el puente. El sonido luego se funde con lo pasos reverberantes del Tercer Pelotón; el Comandante retrocede asustado; la cámara descubre las caras azuladas del pelotón acercándose.
SN: ¡Alto! ¡Saluden al comandante! (el Tercer Pelotón saluda al comandante) ¡Presenten... armas! ¡Descansen! Tercer Pelotón regresa a la base,  Señor. Sin víctimas.
C: (al Pelotón) Escuchen. Entiendo cómo deben sentirse. Sin embargo el Tercer Pelotón fue aniquilado. Todos murieron en acción. Lo siento. Yo no morí. Sobreviví. Apenas puedo mirarlos a los ojos. Yo los envié a la muerte. Fue culpa mía. Podría atribuir toda la responsabilidad a la estupidez de la guerra. Pero no fue eso. No puedo negar mi negligencia, mi mala conducta. Sin embargo, me tomaron prisionero. Sufrí tanto en el campamento que sentí que morir era más fácil. Y ahora, cuando los miro... siento el mismo dolor.
Sé que su sufrimiento y tortura fueron mucho peores. Pero... sinceramente… yo hubiese querido morir con ustedes. En serio. Créanme. Siento su amargura. Los llaman "héroes" pero murieron como perros. Sin embargo, que vuelvan al mundo de esta forma no prueba nada. ¡Por favor! Regresen. Regresen y descansen en paz.
(haciendo el saludo militar hacia el Tercer Pelotón)
C: ¡Tercer Pelotón! ¡Media vuelta! 
(el Pelotón da media vuelta)
C: ¡De frente! ¡Marchen!
El Pelotón marcha y se pierde en la oscuridad. Oimos los clarines de la guerra. El Comandante queda solo. Se vuelve a acercar el perro, amenzante. Y avanza hacia el Comandante.

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