miércoles, 6 de abril de 2011

Berenjenas en escabeche


Más que hablar de las cualidades nutricionales y vitamínicas de las berenjenas, preferiría reivindicarlas por su condición estética. No hay piel, en el mundo de las hortalizas, más insólita que la de las berenjenas:  es negra, lisa, tornasolada y de tenues y delicados reflejos morados. El encanto dura poco. A los seis, siete días de permanecer en la heladera su piel se arruga, se marchita y por fin, padece (aggg, me golpea la crisis de los cuarenta años, voy a cambiar de tema).
Para hacer esta receta debemos prescindir de esta interpretación poética (básicamente para no sentir que  pasamos a la berenjena por las armas) y también armarnos de paciencia, ya que debemos aguardar bastante tiempo antes de probar el resultado.

La receta
Ingredientes:
1/2 kilo de berenjenas, 2 dientes de ajo, pimienta en grano, laurel, aceite de maíz, vinagre, sal y aji molido.
Lavar y secar las berenjenas.  Cortarlas en rodajas de 1 cm. Colocar sobre colador y espolvorear con sal gruesa unas horas (o toda la noche). Las berenjenas empezarán a escurrir agua. Al cabo de ese tiempo, enjuagar las rodajas, retirar la sal y llevar a una olla. Cubrir con agua y vinagre (o solo vinagre) y hervirlas a fuego medio. Cuando estén tiernas, las retiramos y las dejamos escurrir en un colador. Luego las apoyamos sobre un plato cubierto de servilletas para quitarles toda el agua posible. Poner una capa de rodajas en un frasco esterilizado. Por encima agregar ajo picado, aji, granos de pimienta, laurel y cubrir de aceite. Volver a agregar berenjenas y repetir el proceso hasta completar el frasco. Tapar bien y llevar (boca para abajo sin son valientes) a un lugar seco y oscuro por un par de meses. Y ya está. A esperar.
Otro día de suerte para mí porque puedo rematar esta receta con un acertadísimo cuento que encontré en la página de Cuentos y más. ¡Ciao!

Escabeche de berenjenas
De Úrsula Buzio

La casa estaba a oscuras, en medio de la noche casi blanca y de un silencio sepulcral. El hombre bajó del caballo y comenzó a llamarla a los gritos y con insultos, como de costumbre. De un puntapié abrió la puerta, lo recibió el olor inconfundible del escabeche de berenjenas. Era su plato preferido; ella lo preparaba como nadie, aunque él nunca se lo dijo.
Siguió avanzando sin dejar de blasfemar y de un manotazo corrió la cortina que separaba los ambientes. La ventana estaba abierta y pudo verla a la luz de la luna. Su sorpresa duró apenas un instante. “Infeliz”, murmuró con desprecio y, quitándose el cuchillo que llevaba en la cintura, de un solo tajo corrió la soga. El cuerpo inerte de la muchacha se ovilló en el suelo. Salió de la pieza sin mirarla.
Al pasar frente al aparador se detuvo; frascos de diferentes tamaños, en fila sobre un estante, lo estaban esperando. Los acomodó cuidadosamente en una bolsa de cuero y se fue hacia la noche. No sabía que llevaba consigo a su propia muerte, repartida en pequeñas dosis de veneno.

En frasco chico. Editorial Colihue.

sábado, 2 de abril de 2011

Postre casero de chocolate


Habiendo tantas opciones prácticas para hacer postres (como ser, los de cajita), no creo que esta receta le interese a los modernos de ahora. Y habiendo tantos postres en envases tan atractivos (como ser, el los dibujos de Spiderman pisandole la cabeza a Hydro Man), tampoco creo que sea de interés para los niños del presente. Así que esta entrada va dedicada a las abuelas de antes y a los niños que por las noches se van a la cama con muñeco de trapo y libro de cuentos bajo el brazo.
Para 6 pasados de moda:
1 litro de leche, cuatro yemas de huevo, 150 gramos de chocolate rallado, una cucharada de maicena y seis cucharadas de azúcar.
Preparación:
Calentar la leche en una ollita. Revolver constantemente. Agregar el chocolate rallado y seguir removiendo con cuchara de madera. Cuando la leche hierva, separar del fuego, añadir las yemas batidas previamente con el azúcar, la cucharada de maicena previamente disuelta en un par de cucharadas de agua o leche y seguir revolviendo por un rato largo hasta que todo se disuelva muy bien. Volver a llevar la ollita a la hornalla y, sin dejar de revolver, volver a calentar hasta que el postre tome consistencia. Luego verter en tarritos y llevar a la heladera por al menos 3 horas.

Como de costumbre, el plato fuerte de este post no es la receta, sino el cuento. No hay mejor postre para el final de esta velada, ni mejor incentivo para alcanzar el sueño, que este microrrelato que transcribo a continuación. Es uno de lo más hermosos que he leído últimamente. Fue ganador del concurso Microcuento Fantástico miNatura 2009.
¡Que lo disfruten!
John Seal
De Annabel Miguelena (Panamá)
Mi hermano Felipe nunca me dejó jugar a eso. Era un asunto de varones. Tampoco me interesaba, pero moría por descubrir de dónde le salía tanta pasión por sus soldaditos. Sí, de esos verdes que vendían los buhoneros por montones. Y es que ni en sueños me los prestaba, pero sí estaba a la orden del día para plantarse a jugar con ellos sobre mi panza. Juraba que era un campo de batalla real. Yo lo dejaba. ¿Por qué iba a echar a perder la fantasía de mi hermanito? Aunque, a veces me fastidiaba el constante ¡Bang! ¡Bang! Que gritaba, mientras combatía con sus muñecos.
Así estuvo por años, hasta que un día jugando en mi vientre empezó a sollozar.
—¿Que te ocurre, Felipito? —le pregunté con ternura.
—¡Ha muerto John Seal!
—¿Y quién es John Seal?
—El soldado más valiente. ¡Un héroe! El mejor de los amigos y el guía de nuestras exploraciones. Sin él no quiero pelear contra los malvados Grish. Pero, ¿sabes? Ya no lloraré. Seguro que no le agradaría verme así. Yo mismo le daré cristiana sepultura en este campo de batalla, y su honor será recordado para siempre.
Desde ese día, se acabó la lucha en mi panza. No más soldaditos, ni malvados Grish. ¡Sabrá Dios quiénes eran! Y me convencí por años que fue porque mi hermanito había crecido. Seguiría creyéndolo, si no fuera porque a los veinte años me operaron de una hernia y en plena cirugía, el doctor sustrajo una pequeña calavera desde lo más profundo de mi ombligo.

jueves, 24 de marzo de 2011

Pasta con alcauciles


Si hay una cosa que me causa placer es sentarme frente al televisor a deshojar alcauciles con las manos hasta llegar al corazón. Esto de pasar las hojitas por aceite, limón y sal, nada tiene que ver con el rito de calmar la ansiedad comiendo pochoclos. Es una experiencia de otro tipo. En nuestro país, la temporada de alcauciles dura poco. Solo los conseguimos en primavera. El resto del año, nos tenemos que conformar con los alcauciles en conserva. Como los de frasco no tienen el mismo sabor ni tampoco suministran esparcimiento, lo mejor es utilizarlos en otro tipo platos, como ser de acompañamiento para pastas. La foto de la receta no salió lo que se dice agraciada pero, de verdad, es muy apetitosa.

Ingredientes para cuatro personas:
300 gramos de pasta seca (si son las anchas, mejor)
2 cebollas moradas
100 gramos de champignones frescos
1 tarro de corazones de alaucil en conserva
100 gramos de aceitunas negras
Aceite de oliva, nuez moscada, pimineta negra y queso parmesano.
Opcional (sube la categoría): jamón, jamón crudo o panceta y crema de leche.

Ponemos a calentar bastante agua en una olla con sal y un chorrito de aceite. Aparte, freir la cebolla cortada fina en aceite de oliva. Luego agregar los champignones fileteados. Salas, pimentar y agregar nuez moscada rallada. Cuando la cebolla esté transparente, agregamos las aceitunas negras y, si queremos, jamón crudo o panceta cortada finita. Por último agregamos los alcauciles y salteamos unos minutos más.
Cuando el agua hierva, echamos la pasta y luego, cuando esté al dente, colamos y servimos en un plato agregando la salsa por encima. También la podemos mezclar con la salsa en la misma sartén donde la hicimos (si es que entra). Agregamos por encima queso parmesano rallado y, si queremos, también un chorro de crema de leche sin batir. Mmm... acompañados de un buen vino, como "el justicialista" y frente a la tele, desaparece la nostalgia de la primavera pasada.
Como tengo mucha suerte, otra vez consigo cerrar esta receta con el cuento más acertado:

Relojes 
de Julio Cortázar
Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda CON GRAN CUIDADO. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El reloj alcaucil de este cronopio es un alcaucil de la gran especie, sujeto por el tallo a un agujero de la pared. Las innumerables hojas del alcaucil marcan la hora presente y además todas las horas, de modo que el cronopio no hace más que sacarle una hoja y ya sabe una hora. Como las va sacando de izquierda a derecha, siempre la hoja da la hora justa, y cada día el cronopio empieza a sacar una nueva vuelta de hojas.
Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento, entonces se la come con aceite, vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero. 

Relojes, en Historias de Cronopios y de Famas.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Hummus de garbanzos y aceitunas negras


Buscando en internet “cuál es la manera más educada de comer aceitunas” (qué ganas, no?) encontré una nota sobre buenos modales en la mesa. Aunque, a grandes rasgos, uno pasa de estas reglas de protocolo, me resultó bastante simpático enterarme que es de mala educación enfriar una sopa soplando. Después de leer esto, una no puede menos que jactarse de no haber hecho tal cosa en una mesa (al menos, en la de un restaurante). Hacia el final de esta nota, encontré la respuesta a mi pregunta: las aceitunas se comen con la mano si son aperitivo y con cubiertos si forman parte de un plato. He salido de la gran duda, me dije, tras lo cual me puse a buscar información sobre la máquina de descarozar aceitunas. Por supuesto que estos datos no me sirvieron para hacer la receta que sigue a continuación, pero me ayudaron a llegar a ella y  también a un exquisito cuento.
Aquí entonces les presento un hummus poco tradicional, uno que lleva aceitunas negras: 

Ingredientes:
300 grs. de garbanzos cocidos (o 1 lata de garbanzos en conserva), 2/3 taza de aceitunas negras descarozadas, una pizca de chile o ají picante (opcional), 2 dientes de ajo, 1/4 taza aceite de oliva.  
Preparación:
Escurrir los garbanzos y reservar el agua. Llevar a procesadora o licuadora con las aceitunas negras descarozadas, los dientes de ajo machacados, la pizca de guindilla, ají picante o chile (si es que lo quieren picante) y poner a procesar.
De a poco agregar el aceite de oliva y, si hace falta, un poco de agua de los garbanzos (muy poco porque tiene que quedar espeso). Dejar procesar un par de minutos, hasta que tenga consistencia de hummus. Rociar por encima con un poco de aceite de oliva y, si quieren, también unos granos de pimienta negra. Llevar a la heladera un rato. Se acompaña con pan de pita tostado.

Entre reglas de buenos modales y aceitunas, no hay mejor ensamble que el cuento "La aceituna del medio" del escritor uruguayo Arthur García Nuñez, mejor conocido como Wimpi. ¡Hasta la próxima!

La aceituna del medio
Wimpi
El saber y la cultura son dos cosas distintas.
El saber depende del número de conocimientos que un hombre ha adquirido. Es una cuestión de cantidad.
La cultura depende del modo en que el hombre se conduzca. Es una cuestión de calidad.
Hay sabios que cuando abandonan la biblioteca, el laboratorio o el anfiteatro, no saben qué hacer. Son sabios incultos.
El médico sabio, por ejemplo, se nota en la forma cómo cura a un enfermo; el médico culto se nota por la forma en que lo trata.

Hombre culto es aquel que con la misma capacidad que cumpliera su tarea profesional, cumple, luego, su tarea de persona.
En el consultorio el médico, en el bufete el abogado, en la cátedra el profesor de historia, utilizan un saber. Pero, luego, ante el semejante que no esté enfermo, que no estudie historia, demuestran —o no demuestran— su cultura.
En una observación panorámica, la cultura es muy parecida a la buena educación.
No puede considerarse bien educada a una persona sólo porque levante el dedo chico al tomar la cucharita del helado.
El no hacer ruido con la sopa, el no atarse la servilleta con un moño en la nuca, son condiciones necesarias de la buena educación, pero no son condiciones suficientes.
Debe entenderse por buena educación el resultado de una integración de educación; la sentimental, la espiritual, la mental, la moral.

Cuando el hombre está bien educado para esas cuatro posibilidades de su volcarse en el mundo, es un hombre bien educado. Un hombre culto. Porque no solamente no le da vuelta los botones al otro mientras le habla, sino que, además, se halla capacitado para situarse —con beneficio para sí y sin perjuicio para los demás— ante el mundo y la vida.
Un ingeniero culto es el que, además de saber construir un puente que no se caiga, pincha la aceituna del medio porque sabe, también, que las otras aceitunas, rodeándola, no la dejarán escapar.

En: Wimpi, La calle del gato que pesca, Buenos Aires, 1978, Editorial Freeland.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Arroz con leche de coco y mango


El botánico suizo Henri Pittier señaló que "el mango incita a la ociosidad, a la invasión de la propiedad ajena y a la vagancia; además, por bueno y saludable que sea, cuando se goza de él con moderación, provoca a veces desórdenes en el sistema digestivo y dista mucho de ser un alimento completo". Dejarlo hablar a Pittier de mangos debe ser como darme un micrófono a mí para que opine acerca del mondongo.  Por suerte,  hindúes y budistas, piensan lo contrario. Primeramente, le atribuyen propiedades sagradas, proclamando que el Buda se sentaba bajo un árbol de mangos a meditar. En segundo lugar, exaltan al extremo sus propiedades vitamínicas y nutricionales, indicando que esta Mangífera índica es el "fruto del cielo". Y tercero y último,  hemos consultado al Gran Bijoy Casarets (el  famoso hindú que hace la siesta en Parque Lezama) quien, juntando las manos, dijo: "al gringo Pittier, ni bola, al que de chico la comida con aceite de ricino le preparan, torcido queda". Dicho lo cual, bostezó y durmió por largo rato (es que había dicho mucho).
Sea como sea, es mi fruta preferida y siempre estoy en la búsqueda de nuevas recetas donde pueda emplearlo, como en esta combinación de arroz con leche de coco y mango fresco. Delicada, deliciosa y sublime. Se las paso:

Ingredientes (para 4 personas)
1 1/2 tazas de arroz remojado en agua o leche de coco desde la noche anterior
300 cm3 de de leche de coco
3/4 taza de azúcar (rubia o morena)
1 pizca de sal
2 mangos
La receta:
Hervir el arroz en la vaporiera hasta que esté a punto. En otra olla, poner a calentar la leche de coco, la pizca de sal y el azúcar. Dejar que se caliente pero que no llegue a ebullición. Poner el arroz en un recipiente y luego bañar con la leche de coco. Dejar reposar una hora y luego llevar a la heladera por un par de horas más. Al momento de servir, agregar pedacitos de mango fresco cortados en tiras. Se puede decorar con una ramita de menta.
Para los hindúes regalar mangos es símbolo de amor y amistad. Para Hermann Hesse, lo es escribirlos. Para mí, regalarlos. Los dejo en Gran Compañía. ¡Námaste!
Leyenda china
Hermann Hesse
Esto se cuenta acerca de Meng Hsie.
Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo, decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsie practicó también este ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos:
-Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y más hermoso.
Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese respaldado así sus experimentos.
Se sabía que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se difundían por todas partes.
Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los innovadores y sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos, se supo que había hablado otra vez. Contaban que había dicho:
-Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse cabeza abajo no favorece la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le representa doblemente más hermoso que antes.
Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados o burlados, y también a los mandarines.
-Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -comentaban los mandarines-. Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano cuando le flaquea el entendimiento?
Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaran una explicación, dijo:
-La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones acerca de la realidad expresadas mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas.
Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Salmón blanco al wasabi


El wasabi es un condimento japonés que se extrae de la raíz de la Wasabia japonica, también llamada Cochlearia wasabi o  Eutrema japonica (fuente: wikipedia... y bué!). Es picante, fuerte y, al acercárnoslo a la boca, provoca un  intenso ardor en las fosas nasales. Se emplea, junto a la salsa de soja, para acompañar el sushi, pero también puede usarse para condimentar o acompañar pescados, como en esta receta súper fácil  e interesante que paso a continuación:

Ingredientes (por persona):
1 filete de salmón blanco (o una rodaja de salmón rosado, según venga nuestra economía).
Jugo de 1 limón
1/2 vaso de vino blanco (opcional)
Wasabi (con una pizca por filete, alcanza)
Pimienta negra, sal y aceite de oliva.
Procedimiento:
Macerar el pescado en jugo de limón y una pizca de wasabi. Salar y pimentar. Enrrollar y sujetar con escarbadientes. Poner a calentar aceite de oliva en una sartén. Luego acomodar el rollo de pescado sobre una de las bases, sellar unos minutos (podemos taparlo con papel aluminio si queremos concentrar el calor), mientras vamos  agregando el jugo de la maceración (si quieren, también vino blanco). Cuando vean que el rollito está cocido hasta la mitad y, con la ayuda de los palilllos, lo damos vuelta. Sellamos un par de minutos más. También se puede hacer en el horno. Lo podemos decorar con una pizca de wasabi más.

Para terminar (y perdón si les quito el apetito con esto, pero no veía la hora de encontrar la oportunidad para pasar este fragmento) transcribo, con un poco de torpeza, el fragmento "El túnel" de la película "Sueños" del director y guionista japonés Akira Kurosawa. Espero -a quienes hayan podido ver la película- que estas líneas traigan a la memoria las imágenes de este film inolvidable. 

EL TÚNEL
Es de tarde y el Comandante avanza por el camino de una montaña. Se encuentra en la boca de un túnel que lo llevará del otro lado. Se adentra. En la oscuridad del pasaje se oye el gruñido de un perro. Luego vemos al perro acercarse amenazante hacia el Comandante. Ruge con furia y provocación. El Comandante queda petrificado del miedo. Luego, el perro desaparece. El Comandante sigue su camino en la oscuridad. Llegando hacia el final del túnel, ya de noche en aquel otro extremo, escucha los pasos de alguien que se acerca. Es un hombre de rostro azulado, el Soldado Noguchi:
Comandante: ¡Soldado Noguchi!
Soldado Noguchi (haciendo el saludo militar): ¡Sí, Comandante!
C (pasmado):Usted...
SN: Comandante, ¿es verdad?, ¿fui asesinado en acción? Yo...  no puedo creer que estoy muerto. Fui a casa, comí la torta especial que preparó mi madre. Lo recuerdo bien.
C: Ya me había dicho eso antes. Le dispararon. Se desmayó. Luego se despertó. Yo lo estaba atendiendo y me contó esa historia. Fue un sueño. Lo soñó mientras estaba inconsciente. Fue tan fuerte que todavía lo recuerdo. Pero unos cinco minutos después, murió. Murió de verdad.
SN: Entiendo. Pero mis padres... no creen que estoy muerto.
Se hace un largo silencio, el Soldado se acerca, da unos pasos hacia adelante. Divisamos, fuera del túnel, un punto de luz.
SN (señalando la luz): Esa es mi casa. Mi madre y mi padre están ahí, esperándome. 
C: (acercándose unos pasos hacia el Soldado) Pero es un hecho. Está muerto. Lo lamento, pero está muerto. Está muerto de verdad. Murió en mis brazos.
Noguchi continua camino, alejándose del Comandante.
C: ¡Noguchi!
Noguchi se detiene, hace un saludo militar hacia el Comandante y luego sigue camino. Escuchamos los pasos de Noguchi, alejándose por el puente. El sonido luego se funde con lo pasos reverberantes del Tercer Pelotón; el Comandante retrocede asustado; la cámara descubre las caras azuladas del pelotón acercándose.
SN: ¡Alto! ¡Saluden al comandante! (el Tercer Pelotón saluda al comandante) ¡Presenten... armas! ¡Descansen! Tercer Pelotón regresa a la base,  Señor. Sin víctimas.
C: (al Pelotón) Escuchen. Entiendo cómo deben sentirse. Sin embargo el Tercer Pelotón fue aniquilado. Todos murieron en acción. Lo siento. Yo no morí. Sobreviví. Apenas puedo mirarlos a los ojos. Yo los envié a la muerte. Fue culpa mía. Podría atribuir toda la responsabilidad a la estupidez de la guerra. Pero no fue eso. No puedo negar mi negligencia, mi mala conducta. Sin embargo, me tomaron prisionero. Sufrí tanto en el campamento que sentí que morir era más fácil. Y ahora, cuando los miro... siento el mismo dolor.
Sé que su sufrimiento y tortura fueron mucho peores. Pero... sinceramente… yo hubiese querido morir con ustedes. En serio. Créanme. Siento su amargura. Los llaman "héroes" pero murieron como perros. Sin embargo, que vuelvan al mundo de esta forma no prueba nada. ¡Por favor! Regresen. Regresen y descansen en paz.
(haciendo el saludo militar hacia el Tercer Pelotón)
C: ¡Tercer Pelotón! ¡Media vuelta! 
(el Pelotón da media vuelta)
C: ¡De frente! ¡Marchen!
El Pelotón marcha y se pierde en la oscuridad. Oimos los clarines de la guerra. El Comandante queda solo. Se vuelve a acercar el perro, amenzante. Y avanza hacia el Comandante.

jueves, 24 de febrero de 2011

Licuado de bananas


Supongo que todo el mundo sabe cómo se prepara un licuado de bananas. Y que seguro también saben que no es una receta que figure en un libro de cocina. Curiosamente, a alguna gente le sale mejor que a otra. Eso es inexplicable pero cierto.

Como se que alguna gente sigue este blog más por los cuentos que por las recetas, describo en dos oraciones cómo se hace un licuado de bananas e inmediatamente dejo paso al cuento de Daniel Salzano que es quien mejor lo explica.

Mis dos oraciones:
Oración primera: meter en el vaso de la licuadora una banana, dos cucharadas de azúcar, 3 o 4 cubitos de hielo y 1 vaso de leche. 
Oración segunda: pulsar el botón de arranque y dejar licuando un par de minutos.

No más oraciones para esta receta. 
Ahora sí. Los que esperan el cuento y la explicación verdadera, acá la tienen, caballeros:
Desde La Pulpera:
Caballero
Daniel Salzano
De todos los mozos del bar Sorocabana el que mejor preparaba los licuados era el primero de la izquierda, un tipo con el pelo ondulado y uñas de guitarrista que pelaba las bananas como si estuviera trasplantando un corazón.
Únicamente poniendo mucha atención podías advertir que utilizaba la misma cantidad de hielo picado y las mismas cucharadas de azúcar que los otros, pero que tenía una técnica distinta para pulsar el botón de arranque: en lugar de llevarlo del 0 al 1 y del 1 al 2, lo colocaba en un punto cuya graduación directamente no existía, una especie de 1,753426, que mantenía con la mandíbula tensa y el brazo contra la axila, como si escondiera un revólver.
Todo esto yo lo veía con la punta de los pies apoyada en el estribo de la barra y la mirada a la altura del filo del mostrador.
Con el mismo hielo y con la misma leche que los demás sacaban un vaso, él obtenía un vaso y medio. Después los colocaba sobre una servilleta de papel y te los acercaba diciendo servido, caballero.
Eso me mataba. ¡Caballero!
Hay una etapa en la vida de los hombres en la que no saben ni qué decir ni qué hacer. Bueno, en ese momento es muy importante que alguien te diga caballero.
La primera vez que me compraron un traje de pantalones largos me llevaron a la sastrería Belfast y el saco me quedaba bien pero el pantalón, no. Algo pasaba. Ni era yo ni era el pantalón, pero había algo que no funcionaba. Entonces el sastre, un viejo cuyo cigarrillo ardía como un torpedo, me susurró al oído:
–El bulto a la izquierda, caballero.
Eso me mataba. ¡Caballero!
A veces creo que esas cosas deberían enseñarlas en el colegio. Cinco por seis 30, cinco por siete 35, cinco por ocho 40, el bulto se carga a la izquierda, caballero.
Hay personas que comprenden todo aunque su única función sea preparar licuados de banana o marcar el ruedo de un pantalón con la boca llena de alfileres. En cambio, hay gente que haga lo que haga jamás comprende nada.
Muchas veces, al comenzar a escribir una crónica, pienso que puede haber un pibe observando por encima del hombro, con la punta de los pies apoyada en el estribo de la máquina. Siempre y cuando consiga mantenerme en 1,753426, no hay ninguna diferencia entre escribir un buen artículo y preparar un buen licuado. Esa parte de la profesión es la que me mata, caballeros.

viernes, 18 de febrero de 2011

Gazpacho de pepinos


De todo el reino vegetal hay sólo tres cosas que no puedo soportar: la sandía, el melón y el pepino. No sé qué es lo que tienen, pero con tan solo olerlos, me entran náuseas. Sin embargo, luego de haber escuchado que el pepino tiene muchísima vitamina E, que no engorda, quita las ojeras y te pone la piel como quinceañera (estas dos últimas cosas no las digo yo, las decía Michael Jackson), hice el esfuerzo por amigarme.  Empecé por probar diferentes recetas y el mejor  resultado fue este gazpacho. Sabe a pepino, pero a pepino bien (y que se me permita la contradicción). Una verdadera y sana delicia.


Gazpacho de pepinos
Ingredientes (para 2 personas)
2 pepinos
1 diente de ajo
2 yogures naturales sin azúcar (o griegos)
4 cucharadas de aceite de oliva
3 de vinagre
Una pizca de sal



Cortamos los pepinos en cubos (si no los pelan, les saldrá más espeso y menos fino). Los metemos en la procesadora o licuadora con los yogures, el ajo, sal, vinagre, aceite. Si es necesario, rebajamos con un poco de agua fría. Servimos frío con unas cascaritas de pepino picado o menta.
Recuerden que el yogurt debe ser natural sin azúcar y, en lo posible, entero. Si lo hacen con un yogurt endulzado, toda esta receta se irá por la borda.

Seguiré haciendo gazpacho de pepinos mientras dure el verano, más que nada para ver si se cumple la profesía de que se me van a ir las ojeras o que se me van a ir descontando los años :(
Hablando de todo un poco, quiero terminar esta entrada con un relato que me encanta. Es de Fabian Casas, un autor argentino del barrio de Boedo y, aunque no tenga mucho que ver con la historia de los pepinos o los gazpachos, combina a la perfección. Una buena receta siempre liga bien con un buen cuento.

La nave de los sueños
Fabian Casas

Finalmente, el Jedi compró auto. Fue sin querer. Resulta que le prestó la plata a un amigo. Y el amigo le devolvió un auto.
El Jedi medio que se asustó cuando escuchó la propuesta: "Te pago con un coche."
Después los Jedis de la cofradía de Berazategui le aclararon que los coches actuales ya no usan caballos para funcionar. Hay ciertas versiones de la enciclopedia galáctica donde el sistema solar ni figura. Es decir, hasta donde se sabe, en ninguna. Así que no es raro que el Jedi estuviera medio confundido sobre coches y autos. Y a lo mejor esto explica lo que sucedió luego. Porque, según lo que el Jedi siempre decía, él no quería tener auto.
—¡Loco, pero por veinte lucas te llevás una nave! —le dijo su amigo. Y a su manera, algo de razón tenía.
La generosidad de la oferta lo aplastó y le castró todo prurito contra la adquisición de automóviles. El Jedi se subió al auto repartiendo sonrisas. Su amigo lo acompañó en el primer viaje. El Jedi condujo el Renault por las calles de la ciudad, bajo la mirada complacida de su compañero.
—Te gustó, guacho. ¡Decí la verdad!
El Jedi dijo que sí, que la cosa prometía. El confort era estupendo y las ruedas giraban suavemente mientras propulsaban el vehículo hacia una zona despoblada.
Cuando llegaron a las afueras de El Pato, se internaron por un camino vecinal que discurría entre campos sembrados de girasoles.
—¡Pisalo nomás, vas ver cómo anda! ¡Esto vuela, loco!
El Jedi buscó el botón de ignición, pero no lo encontró. Así que le preguntó a su amigo cómo hacía para despegar.
El amigo lo miró.
—¡Pisalo! Apretá el acelerador, nomás.
Cuando iban a una velocidad algo excesiva para seguir pegados a la tierra, el Jedi volvió a preguntar cuándo despegaría el auto.
El amigo le mostró un gesto de preocupación. Le miró la cabeza, más precisamente el punto donde la frente se convierte en cabellera, y luego nuevamente a los ojos.
—¿Cómo que querés despegar, animal?
—¿Pero no va a volar? ¿Acaso no es una nave? - preguntó el Jedi.
Su amigo le devolvió un gesto indescriptible.
Ahí se percató el Jedi de que esa nave plateada no despegaría nunca. Había invertido sus ahorros en un vehículo condenado a arrastrarse por siempre sobre la superficie sólida del planeta.
Volvieron en silencio, andando despacio por la Ruta 2.
Hoy en día suele verse al Jedi yendo de allá para acá, manejando su auto. Escucha la radio, lleva amigos a las fiestas e incluso transporta bafles y consolas de sonido. A bordo, todo es sonrisa y diversión. Pero quien presta atención, podrá ver que a veces hay un dejo de tristeza en el festejo.
En esos momentos el Jedi se relaja, afloja le velocidad y mientras conduce suavemente por la avenida Mitre, emite para sí un ruido imperceptible con los labios.
Simula el añorado rumor de un motor de iones, rumbo a las estrellas. 

lunes, 14 de febrero de 2011

Tarta de cerezas


Adelantandonos a la fresca que pronto llegará, paso una receta para las gorditas y los gorditos que adoran sentarse a leer en los cafés en las tardes de otoño. Se trata de una receta muy fácil de hacer y muy rápida en desaparecer.

La masa:
Para hacer la masa tenemos dos opciones. La que engorda "y alimenta"  y la otra, la descarada. La versión más liviana es esta: batir dos huevos con un poco de azúcar y ralladura de limón, agregar 1 taza de harina (que puede ser integral, de algarroba, leudante o mezcla), revolver bien, llevar a una tartera y esperar a que esté preparado el relleno para meter al horno. La segunda versión, la que engorda sin trampas, es esta otra. Pisar con un tenedor 150 gramos de manteca. Agregar 1/2 taza de azúcar y seguir revolviendo y pisando hasta que se forme una pasta homogénea. Agregar ralladura de un limón, un huevo (o una yema) y luego 1 taza de harina (como la anterior, del tipo de harina que más deseen, pero este segundo caso, la que le va mejor es la 4 ceros... ya estamos jugados). Forrar una tartera enmantecada, estirar la masa y dejar reposar en la heladera un rato.

El relleno (para cualquiera de las dos masas): 
2 manzanas (verdes o rojas), jugo de medio limón, 50 gramos de manteca, 250 gramos de cerezas, azúcar, nueces, canela, azucar impalpable.
Pelamos las manzanas y las dejamos macerar con el azúcar y el jugo de medio limón. Luego descarozamos las cerezas y agregamos a la preparación anterior; también las nueces picadas, la canela y la manteca cortada en pedazos chiquitos.
Acomodamos el relleno sobre la masa y llevamos al horno por media hora, o un poco más. Retiramos y dejamos entibiar. Podemos espolvorear con azucar impalpable, canela o crema de leche sin batir. A conciencia... o sin ella.

Una delicia para las gordas y los gordos de cuerpo y alma.
Como el tema de las calorías está muy presente en esta receta y da la  casualidad que hoy, 14 de febrero, se festeja el día del amor y la amistad, les dejo un precioso cuento (mejor dicho, una carta), que fue finalista del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor en el año 2005.

Mi gorda, de Eloy Serrano Barroso
Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la 'o' y la 'a'. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.
Pero tampoco era eso; como madres prematuras las gordas, tan blanditas, tan de apretujar, de amasar. Me gustaba la carne blanda en el codo de mi madre, pero era mi madre. Las madres sí, las madres mejor gordas.
El Antoñito nos presentó. ¿Pili? Pili no es nombre de gorda, pensé, las íes son flacas. Y el Antoñito, con ojos de sapo, partiéndose de risa para sus adentros, porque sabía que a mí las gordas no me gustaban, qué cabrón. Para ti la gorda para mí la modelo, me decía con los ojos. Y yo esforzándome para que no se me notara en la cara y no ofenderte, porque una cosa es que no me gusten las gordas y otra ser un cabrón como el Antoñito, siempre riéndose de todo el mundo, como si él fuera un Adonis y no el adefesio que es, con sus ojos saltones y la saliva como huevos de insecto en la comisura de los labios.
No, no me gustan las gordas, y tú eres gorda. Aquel primer día salías de la piscina con el pelo húmedo, todavía las gotas cayéndote por la cara redonda, de ensaimada crujiente. No se ha quitado el flotador, recuerdo que pensé al verte, que pensó el niño idiota que hay en mí. Y para colmo, a tu lado una especie de Barbie Morritos, con el cuerpo de plástico y los labios a juego con los pechos, inflados de lujuria los unos, henchidos de soberbia los otros. La bella y la bestia, recuerdo que pensé, que pensó mi niño cruel e infame.
Y nos sentamos los cuatro en la terraza de un bar, y la tarde fue cayendo, y la bella cada vez más aerodinámica, pero menos bella. En cada gesto, en cada palabra se le desprendía la belleza como polvo de estrellas, que iba pasando a ti, iluminando tu cara. Y te reconocí también bella, pero de una belleza inflada, sin facciones. Y entonces me dieron ganas de golpear allí mismo al hijoputa del Antoñito, siempre mirando a las mujeres como a ganado, como a cosas de usar y tirar. Pero era a mí a quien quería golpear, a mí, que a lo peor no era muy distinto de él.
Sí, que no se me notara era lo que yo quería. Sólo mirarte a los ojos, a tus manos de mazapán, para no distraerme en tu cuerpo. Y ocurrió que al terminar la tarde ya me había perdido en la profundidad de tus ojos negros, en la melodía de tu risa flaca, aunque no dejaba de decirme no puede ser, no puede ser, que es gorda, que es gorda, para no enamorarme. Y lo confieso, miraba las rodillas perfectas de la Barbie, sus pechos de almidón, para ver si el instinto me rescataba del amor que ya me iba golpeando.
Pero al llegar la noche, se fueron juntos la Barbie y el Antoñito. Él con gesto burlón, guiñándome un ojo, otra vez como si me dijera 'para ti la gorda, para mí la modelo'. Y allí nos quedamos los dos, rodeados de gente, pero cada vez más solos, más tú y yo, hasta que se acercó el camarero y nos dijo 'vamos a cerrar', porque ya era de madrugada. Y al mirar a nuestro alrededor, descubrimos de golpe las mesas vacías, como si un viento mágico se los hubiera llevado a todos y las horas fueran minutos. Y tú dijiste 'Ay'. Y yo respondí 'Uff', y te acaricié la mano.
A la mañana siguiente te llamé muy temprano, antes de que fueras al trabajo. "Esta noche has entrado en mi sueño", te dije. Y tú, con esa guasa tan tuya, me preguntaste "¿y he cabido?" Y no sólo no habías cabido, sino que empezabas a llenarlo todo, y el mundo entero parecía que estaba aún por estrenar, para que tú le dieras el significado que antes no tenía. Y esa mañana, mi cocina tuvo un lustre imposible y las magdalenas, ya caducadas, se esponjaron nostálgicas en el café humeante, y en la puerta del ascensor sonreí al estúpido con chándal que tengo por vecino.
Habíamos quedado para la tarde en tu casa. Como te gusta mucho Humphrey Bogart, en el achicharrante mes de agosto me presenté con gabardina, sombrero y un cigarro en la boca. "¿Ha refrescado?", preguntaste al abrirme la puerta, y no había ironía en tus palabras. Luego, a la media hora descubrías el disfraz y empezabas a reír. Y al Humphrey Bogart de pacotilla le tembló el cigarro en la boca. Eras así, joder, con esos despistes que me desarmaban.
Las paredes las tenías pintadas de verde, de un verde elegante. "Es el color de la esperanza", me dijiste, un pelín cursi. Y luego me fuiste enseñando la casa, y te fui conociendo a través de los objetos, porque cada uno de ellos contaba algo de ti. Esa manía tuya por los símbolos, por los significados. "Nada en este mundo es casual, todo tiene un porqué", me aseguraste cuando quise calzar la mesa coja que tenías en el salón. "Ni se te ocurra; es mi mesa cojita, le quitarías su personalidad". Y no me dio tiempo a replicar, porque ya me estabas desnudando, quizá para descubrir lo que yo significaba. Pero yo tenía miedo de desnudarte a ti, de que tu cuerpo gordo anulara mi deseo, y me dieron ganas de inventar una excusa y salir corriendo. Pero todo era tan natural contigo, que ya estaba besando tus pies gordos, tus rodillas gordas, tu vientre gordo, ¡tus pestañas gordas!, sí, tus pestañas gordas, te dije, y nos reímos. Ah, mi gorda.
Luego vinieron otras tardes, siempre escondidos en tu casa o en la mía, porque a mí me avergonzaba que nos vieran juntos. Tú lo adivinabas, pero no decías nada, quizá confiabas en que tu amor gordo, enorme, acabara por vencerme. "¿Me quieres un poquito?", preguntabas. "Sí, mujer, cómo no te voy a querer", te respondía, como si me costaran las palabras. Sólo en el dormitorio, sin el mundo, sin los ojos ajenos, se detenía el tiempo y yo me perdía en tu cuerpo, olvidándome de mí, del cobarde que soy.
En una de mis visitas a tu casa, dejé un cepillo de dientes en el cuarto de baño, y tú, con esa manía por las señales, pensaste que era como poner una bandera en una tierra conquistada, y me abrazaste loca de contenta, pero yo, con los brazos caídos y como un gilipollas, me puse a hacer gárgaras frente al espejo, doblemente gilipollas. Porque no quería ser tu novio de cuerpo entero, sólo caminar de perfil a tu lado en las inevitables salidas, como si no fuera contigo, como si en cualquier momento fuéramos a perder el paso y a desencontrarnos. Hubiera dado la vida por ti, pero no quería pasear contigo de la mano. La gorda y el flaco. Así de imbécil era yo.
Y llegó el día fatal, de cristales rotos sobre el calendario. Llovía. Ahora llueve siempre que te recuerdo, siempre lloviendo en el recuerdo, que es lo único que me queda, todo yo cubierto de nubes grises, la lluvia golpeando las entrañas y tu mirándome como un sol cuajado de sonrisas, en el recuerdo, con tu gorda generosidad, tu gorda simpatía, tu amor gordo. Yo escondido en los soportales de la plaza, el olor a orín de los pilares. Un meón, el cobarde novio de la gorda. Vienes levantando la cabeza, buscándome, y no ves el coche que se salta el semáforo. Se te viene encima y no lo ves. "Te veo a ti aunque no estés", me decías siempre con tu voz cálida como de pan reciente. No lo ves y el coche te lanza por los aires. Chirrían los frenos, gritos, carreras. Salgo de mi escondrijo. Aspavientos de la gente. Todos con ojos de sapo como el Antoñito. El espectáculo de la muerte. Abran paso, abran paso, suplico, con las piernas temblando, que es mi novia que es mi novia, grito, ¡a buena horas!, que es mi novia. Pero las palabras llegan tarde, descoloridas, lívidas. Estás en el suelo y ya no respiras; se te congeló la sonrisa. Y allí, a tu lado, entre la gente apelmazada, todas las niñas gordas de mi infancia me señalan con el dedo, acusándome. Y ya tarde, demasiado tarde, beso la flor roja que brota de tus labios, los labios de mi gorda, de mi amor, pensé, piensa el hombre triste en que me he convertido.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¡¡Agradecimientos infinitos a La cocina de Babel!!

Quiero agradecer a mi amiga, cocinera, colega y bloggera (a quien no conozco personalmente pero igual adoro -es una genia, la verdad) por haberme levantado la moral y la estima con el STYLISH BLOGGER AWARD. JUANA, muchas pero muchas GRACIAS.
La prueba de veracidad de este premio -y las recetas de Juana- pueden verlas en LA COCINA DE BABEL que, por cierto, es el blog más recomendado por Con el tenedor en la mano.

¡GRACIAS JUANAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

domingo, 6 de febrero de 2011

Cebiche peruano


La cocina peruana es muy sabrosa, olorosa y colorida. La receta más representativa de Perú es el cebiche (así se escribe según la Real Academia Española, aunque también se puede escribir seviche, ceviche o sebiche). Según diversas investigaciones, el nombre puede derivar de "sea beach", de la conjunción de  "encebollado" y "limón",  de la palabra árabe "sibech" (comida ácida) o, por  sus  hipotéticos efectos afrodisíacos (y "de levanta muertos"), de la derivación de "cebo para atrapar hombres" e incluso de "pólvora con el que se ceba  su arma de fuego". Sin dudas, un plato fuerte para los lingüistas.
Tradicionalmente se hace con bonito, aunque se puede utilizar cualquier pescado blanco (a excepción de la merluza, que se desarma). 

Ingredientes (para una entrada de 4 personas):
2 filetes de pescado blanco (bonito, corvina, salmón blanco, lenguado u otro)
2 limas (o limón verde)
1 diente de ajo
1 cebolla morada
Cilantro
Jengibre rallado o cortado en rodajas finas
Maíz amarillo
Una pizca de ají picante (aunque el "calavera" lo reemplaza por salsa tabasco)
Pimienta y sal
Procedimiento:
Lavar el pescado y cortarlo en cubos. Agregar el jugo de las limas (o limones), sal, pimienta y el diente de ajo picado. Llevar a la heladera una hora. Al cabo de ese tiempo, agregar la cebolla morada cortada en tiras, el cilantro picado, jengibre rallado o cortado en rodajitas finas y el ají picante. Meter en la heladera una hora más. A la hora de servir, agregar granos de maíz amarillo (ya cocidos) y, si quieren, unas papas cocidas cortadas en cubos.

Así como he dicho que la cocina de Perú es muy sabrosa, olorosa y colorida, también lo es su literatura. Me despido con un cuento de un autor peruano, especialista en microrrelatos de terror. ¡Y buen provecho para todos!

El mounstro de la laguna verde (extraído de "Ajuar funerario").
De FERNANDO IWASAKI
Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los reventé también, pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en las yemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad. Después me perdí en la laguna.

 

martes, 1 de febrero de 2011

Salsa de cilantro


La semana pasada compré cilantro para hacer una receta un poco complicada pero justo ese día también se me ocurrió empezar a pintar la casa.  Descarté la idea de preparar una gran receta porque pintar  parece fácil pero no lo es. Hay que lijar antes, sabían? :) Por otro lado, si uno deja un manojo de cilantro en un vaso con agua, saludando en la heladera, a los dos o tres días la cocina empieza a oler muy mal. Es que esta hierba se marchita muy rápidamente. 

Buscando en internet, encontré la receta de una salsa de cilantro muy rápida, usada principalmente como aderezo de carnes asadas, maricos y pescados. Queda perfecta también en ensaldadas de hojas verdes y paltas. Se hace preferentemente en mortero pero también puede prepararse en procesadora o minipimmer.

 
Ingredientes:
2 cucharadas de mayonesa
1 manojo de cilantro bien lavado y escurrido (y sin cabos, solo las hojas)
1 cucharadita de azúcar
1 cucharada de vinagre blanco
aceite de oliva (a piacere)
sal y pimienta

Procedimiento:
Machacar o procesar todos los ingredientes menos el aceite. Cuando se forme una pasta, agregar el oliva y guardar en un frasco de vidrio. Para que la salsa dure al menos dos o tres días, es conveniente esterilizar el frasco (y además, haber limpiado bien las hojas de cilantro), sino se pondrá primero amarga y después fea.

Para terminar, he decidido pasar -en vez de un cuento- las máximas de mi hermano Santiago Getino. Todo empezó porque le pedí un par de consejos sobre el tema de la pintura. Seguí algunas instrucciones pero, al ver que no era tan fácil como él explicaba, le mandé un mail diciendo: "todo bien Santi, pero la pintura salpica". Y esto es lo que respondió:

Temu,
Me imagino tu sorpresa cuando sentiste la salpicadura de la pintura. Ya que no sabías eso, me obligás a informarte de otras cosas:
-Si pisas baldosas flojas un día de lluvia, te salpican, igual que la pintura.
-Si es el mismo día, usá paragüas, porque el agua moja.
-Si parás un colectivo con el brazo extendido, recordá bajarlo cuando se acerca, si no te lo saca.
-El botón "OFF" del control remoto no hace que el aparato arroje insecticida.
-El cuchillo se agarra por el mango... si no te cortás.
-La cuchara no corta, solo el cuchillo. Y recordá lo anterior. 

Espero que estas cosas te ayuden, si querés saber algo más, avisame con tiempo.
Besos, Santi.
PD: "Te arrancaron verde de la planta". Es una frase de Felisberto Hernandez. Se que te gusta.
Mi hermano sí que es sabio a la hora de dar consejos. Por eso lo quiero tanto.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...