jueves, 24 de febrero de 2011

Licuado de bananas


Supongo que todo el mundo sabe cómo se prepara un licuado de bananas. Y que seguro también saben que no es una receta que figure en un libro de cocina. Curiosamente, a alguna gente le sale mejor que a otra. Eso es inexplicable pero cierto.

Como se que alguna gente sigue este blog más por los cuentos que por las recetas, describo en dos oraciones cómo se hace un licuado de bananas e inmediatamente dejo paso al cuento de Daniel Salzano que es quien mejor lo explica.

Mis dos oraciones:
Oración primera: meter en el vaso de la licuadora una banana, dos cucharadas de azúcar, 3 o 4 cubitos de hielo y 1 vaso de leche. 
Oración segunda: pulsar el botón de arranque y dejar licuando un par de minutos.

No más oraciones para esta receta. 
Ahora sí. Los que esperan el cuento y la explicación verdadera, acá la tienen, caballeros:
Desde La Pulpera:
Caballero
Daniel Salzano
De todos los mozos del bar Sorocabana el que mejor preparaba los licuados era el primero de la izquierda, un tipo con el pelo ondulado y uñas de guitarrista que pelaba las bananas como si estuviera trasplantando un corazón.
Únicamente poniendo mucha atención podías advertir que utilizaba la misma cantidad de hielo picado y las mismas cucharadas de azúcar que los otros, pero que tenía una técnica distinta para pulsar el botón de arranque: en lugar de llevarlo del 0 al 1 y del 1 al 2, lo colocaba en un punto cuya graduación directamente no existía, una especie de 1,753426, que mantenía con la mandíbula tensa y el brazo contra la axila, como si escondiera un revólver.
Todo esto yo lo veía con la punta de los pies apoyada en el estribo de la barra y la mirada a la altura del filo del mostrador.
Con el mismo hielo y con la misma leche que los demás sacaban un vaso, él obtenía un vaso y medio. Después los colocaba sobre una servilleta de papel y te los acercaba diciendo servido, caballero.
Eso me mataba. ¡Caballero!
Hay una etapa en la vida de los hombres en la que no saben ni qué decir ni qué hacer. Bueno, en ese momento es muy importante que alguien te diga caballero.
La primera vez que me compraron un traje de pantalones largos me llevaron a la sastrería Belfast y el saco me quedaba bien pero el pantalón, no. Algo pasaba. Ni era yo ni era el pantalón, pero había algo que no funcionaba. Entonces el sastre, un viejo cuyo cigarrillo ardía como un torpedo, me susurró al oído:
–El bulto a la izquierda, caballero.
Eso me mataba. ¡Caballero!
A veces creo que esas cosas deberían enseñarlas en el colegio. Cinco por seis 30, cinco por siete 35, cinco por ocho 40, el bulto se carga a la izquierda, caballero.
Hay personas que comprenden todo aunque su única función sea preparar licuados de banana o marcar el ruedo de un pantalón con la boca llena de alfileres. En cambio, hay gente que haga lo que haga jamás comprende nada.
Muchas veces, al comenzar a escribir una crónica, pienso que puede haber un pibe observando por encima del hombro, con la punta de los pies apoyada en el estribo de la máquina. Siempre y cuando consiga mantenerme en 1,753426, no hay ninguna diferencia entre escribir un buen artículo y preparar un buen licuado. Esa parte de la profesión es la que me mata, caballeros.

viernes, 18 de febrero de 2011

Gazpacho de pepinos


De todo el reino vegetal hay sólo tres cosas que no puedo soportar: la sandía, el melón y el pepino. No sé qué es lo que tienen, pero con tan solo olerlos, me entran náuseas. Sin embargo, luego de haber escuchado que el pepino tiene muchísima vitamina E, que no engorda, quita las ojeras y te pone la piel como quinceañera (estas dos últimas cosas no las digo yo, las decía Michael Jackson), hice el esfuerzo por amigarme.  Empecé por probar diferentes recetas y el mejor  resultado fue este gazpacho. Sabe a pepino, pero a pepino bien (y que se me permita la contradicción). Una verdadera y sana delicia.


Gazpacho de pepinos
Ingredientes (para 2 personas)
2 pepinos
1 diente de ajo
2 yogures naturales sin azúcar (o griegos)
4 cucharadas de aceite de oliva
3 de vinagre
Una pizca de sal



Cortamos los pepinos en cubos (si no los pelan, les saldrá más espeso y menos fino). Los metemos en la procesadora o licuadora con los yogures, el ajo, sal, vinagre, aceite. Si es necesario, rebajamos con un poco de agua fría. Servimos frío con unas cascaritas de pepino picado o menta.
Recuerden que el yogurt debe ser natural sin azúcar y, en lo posible, entero. Si lo hacen con un yogurt endulzado, toda esta receta se irá por la borda.

Seguiré haciendo gazpacho de pepinos mientras dure el verano, más que nada para ver si se cumple la profesía de que se me van a ir las ojeras o que se me van a ir descontando los años :(
Hablando de todo un poco, quiero terminar esta entrada con un relato que me encanta. Es de Fabian Casas, un autor argentino del barrio de Boedo y, aunque no tenga mucho que ver con la historia de los pepinos o los gazpachos, combina a la perfección. Una buena receta siempre liga bien con un buen cuento.

La nave de los sueños
Fabian Casas

Finalmente, el Jedi compró auto. Fue sin querer. Resulta que le prestó la plata a un amigo. Y el amigo le devolvió un auto.
El Jedi medio que se asustó cuando escuchó la propuesta: "Te pago con un coche."
Después los Jedis de la cofradía de Berazategui le aclararon que los coches actuales ya no usan caballos para funcionar. Hay ciertas versiones de la enciclopedia galáctica donde el sistema solar ni figura. Es decir, hasta donde se sabe, en ninguna. Así que no es raro que el Jedi estuviera medio confundido sobre coches y autos. Y a lo mejor esto explica lo que sucedió luego. Porque, según lo que el Jedi siempre decía, él no quería tener auto.
—¡Loco, pero por veinte lucas te llevás una nave! —le dijo su amigo. Y a su manera, algo de razón tenía.
La generosidad de la oferta lo aplastó y le castró todo prurito contra la adquisición de automóviles. El Jedi se subió al auto repartiendo sonrisas. Su amigo lo acompañó en el primer viaje. El Jedi condujo el Renault por las calles de la ciudad, bajo la mirada complacida de su compañero.
—Te gustó, guacho. ¡Decí la verdad!
El Jedi dijo que sí, que la cosa prometía. El confort era estupendo y las ruedas giraban suavemente mientras propulsaban el vehículo hacia una zona despoblada.
Cuando llegaron a las afueras de El Pato, se internaron por un camino vecinal que discurría entre campos sembrados de girasoles.
—¡Pisalo nomás, vas ver cómo anda! ¡Esto vuela, loco!
El Jedi buscó el botón de ignición, pero no lo encontró. Así que le preguntó a su amigo cómo hacía para despegar.
El amigo lo miró.
—¡Pisalo! Apretá el acelerador, nomás.
Cuando iban a una velocidad algo excesiva para seguir pegados a la tierra, el Jedi volvió a preguntar cuándo despegaría el auto.
El amigo le mostró un gesto de preocupación. Le miró la cabeza, más precisamente el punto donde la frente se convierte en cabellera, y luego nuevamente a los ojos.
—¿Cómo que querés despegar, animal?
—¿Pero no va a volar? ¿Acaso no es una nave? - preguntó el Jedi.
Su amigo le devolvió un gesto indescriptible.
Ahí se percató el Jedi de que esa nave plateada no despegaría nunca. Había invertido sus ahorros en un vehículo condenado a arrastrarse por siempre sobre la superficie sólida del planeta.
Volvieron en silencio, andando despacio por la Ruta 2.
Hoy en día suele verse al Jedi yendo de allá para acá, manejando su auto. Escucha la radio, lleva amigos a las fiestas e incluso transporta bafles y consolas de sonido. A bordo, todo es sonrisa y diversión. Pero quien presta atención, podrá ver que a veces hay un dejo de tristeza en el festejo.
En esos momentos el Jedi se relaja, afloja le velocidad y mientras conduce suavemente por la avenida Mitre, emite para sí un ruido imperceptible con los labios.
Simula el añorado rumor de un motor de iones, rumbo a las estrellas. 

lunes, 14 de febrero de 2011

Tarta de cerezas


Adelantandonos a la fresca que pronto llegará, paso una receta para las gorditas y los gorditos que adoran sentarse a leer en los cafés en las tardes de otoño. Se trata de una receta muy fácil de hacer y muy rápida en desaparecer.

La masa:
Para hacer la masa tenemos dos opciones. La que engorda "y alimenta"  y la otra, la descarada. La versión más liviana es esta: batir dos huevos con un poco de azúcar y ralladura de limón, agregar 1 taza de harina (que puede ser integral, de algarroba, leudante o mezcla), revolver bien, llevar a una tartera y esperar a que esté preparado el relleno para meter al horno. La segunda versión, la que engorda sin trampas, es esta otra. Pisar con un tenedor 150 gramos de manteca. Agregar 1/2 taza de azúcar y seguir revolviendo y pisando hasta que se forme una pasta homogénea. Agregar ralladura de un limón, un huevo (o una yema) y luego 1 taza de harina (como la anterior, del tipo de harina que más deseen, pero este segundo caso, la que le va mejor es la 4 ceros... ya estamos jugados). Forrar una tartera enmantecada, estirar la masa y dejar reposar en la heladera un rato.

El relleno (para cualquiera de las dos masas): 
2 manzanas (verdes o rojas), jugo de medio limón, 50 gramos de manteca, 250 gramos de cerezas, azúcar, nueces, canela, azucar impalpable.
Pelamos las manzanas y las dejamos macerar con el azúcar y el jugo de medio limón. Luego descarozamos las cerezas y agregamos a la preparación anterior; también las nueces picadas, la canela y la manteca cortada en pedazos chiquitos.
Acomodamos el relleno sobre la masa y llevamos al horno por media hora, o un poco más. Retiramos y dejamos entibiar. Podemos espolvorear con azucar impalpable, canela o crema de leche sin batir. A conciencia... o sin ella.

Una delicia para las gordas y los gordos de cuerpo y alma.
Como el tema de las calorías está muy presente en esta receta y da la  casualidad que hoy, 14 de febrero, se festeja el día del amor y la amistad, les dejo un precioso cuento (mejor dicho, una carta), que fue finalista del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor en el año 2005.

Mi gorda, de Eloy Serrano Barroso
Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la 'o' y la 'a'. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.
Pero tampoco era eso; como madres prematuras las gordas, tan blanditas, tan de apretujar, de amasar. Me gustaba la carne blanda en el codo de mi madre, pero era mi madre. Las madres sí, las madres mejor gordas.
El Antoñito nos presentó. ¿Pili? Pili no es nombre de gorda, pensé, las íes son flacas. Y el Antoñito, con ojos de sapo, partiéndose de risa para sus adentros, porque sabía que a mí las gordas no me gustaban, qué cabrón. Para ti la gorda para mí la modelo, me decía con los ojos. Y yo esforzándome para que no se me notara en la cara y no ofenderte, porque una cosa es que no me gusten las gordas y otra ser un cabrón como el Antoñito, siempre riéndose de todo el mundo, como si él fuera un Adonis y no el adefesio que es, con sus ojos saltones y la saliva como huevos de insecto en la comisura de los labios.
No, no me gustan las gordas, y tú eres gorda. Aquel primer día salías de la piscina con el pelo húmedo, todavía las gotas cayéndote por la cara redonda, de ensaimada crujiente. No se ha quitado el flotador, recuerdo que pensé al verte, que pensó el niño idiota que hay en mí. Y para colmo, a tu lado una especie de Barbie Morritos, con el cuerpo de plástico y los labios a juego con los pechos, inflados de lujuria los unos, henchidos de soberbia los otros. La bella y la bestia, recuerdo que pensé, que pensó mi niño cruel e infame.
Y nos sentamos los cuatro en la terraza de un bar, y la tarde fue cayendo, y la bella cada vez más aerodinámica, pero menos bella. En cada gesto, en cada palabra se le desprendía la belleza como polvo de estrellas, que iba pasando a ti, iluminando tu cara. Y te reconocí también bella, pero de una belleza inflada, sin facciones. Y entonces me dieron ganas de golpear allí mismo al hijoputa del Antoñito, siempre mirando a las mujeres como a ganado, como a cosas de usar y tirar. Pero era a mí a quien quería golpear, a mí, que a lo peor no era muy distinto de él.
Sí, que no se me notara era lo que yo quería. Sólo mirarte a los ojos, a tus manos de mazapán, para no distraerme en tu cuerpo. Y ocurrió que al terminar la tarde ya me había perdido en la profundidad de tus ojos negros, en la melodía de tu risa flaca, aunque no dejaba de decirme no puede ser, no puede ser, que es gorda, que es gorda, para no enamorarme. Y lo confieso, miraba las rodillas perfectas de la Barbie, sus pechos de almidón, para ver si el instinto me rescataba del amor que ya me iba golpeando.
Pero al llegar la noche, se fueron juntos la Barbie y el Antoñito. Él con gesto burlón, guiñándome un ojo, otra vez como si me dijera 'para ti la gorda, para mí la modelo'. Y allí nos quedamos los dos, rodeados de gente, pero cada vez más solos, más tú y yo, hasta que se acercó el camarero y nos dijo 'vamos a cerrar', porque ya era de madrugada. Y al mirar a nuestro alrededor, descubrimos de golpe las mesas vacías, como si un viento mágico se los hubiera llevado a todos y las horas fueran minutos. Y tú dijiste 'Ay'. Y yo respondí 'Uff', y te acaricié la mano.
A la mañana siguiente te llamé muy temprano, antes de que fueras al trabajo. "Esta noche has entrado en mi sueño", te dije. Y tú, con esa guasa tan tuya, me preguntaste "¿y he cabido?" Y no sólo no habías cabido, sino que empezabas a llenarlo todo, y el mundo entero parecía que estaba aún por estrenar, para que tú le dieras el significado que antes no tenía. Y esa mañana, mi cocina tuvo un lustre imposible y las magdalenas, ya caducadas, se esponjaron nostálgicas en el café humeante, y en la puerta del ascensor sonreí al estúpido con chándal que tengo por vecino.
Habíamos quedado para la tarde en tu casa. Como te gusta mucho Humphrey Bogart, en el achicharrante mes de agosto me presenté con gabardina, sombrero y un cigarro en la boca. "¿Ha refrescado?", preguntaste al abrirme la puerta, y no había ironía en tus palabras. Luego, a la media hora descubrías el disfraz y empezabas a reír. Y al Humphrey Bogart de pacotilla le tembló el cigarro en la boca. Eras así, joder, con esos despistes que me desarmaban.
Las paredes las tenías pintadas de verde, de un verde elegante. "Es el color de la esperanza", me dijiste, un pelín cursi. Y luego me fuiste enseñando la casa, y te fui conociendo a través de los objetos, porque cada uno de ellos contaba algo de ti. Esa manía tuya por los símbolos, por los significados. "Nada en este mundo es casual, todo tiene un porqué", me aseguraste cuando quise calzar la mesa coja que tenías en el salón. "Ni se te ocurra; es mi mesa cojita, le quitarías su personalidad". Y no me dio tiempo a replicar, porque ya me estabas desnudando, quizá para descubrir lo que yo significaba. Pero yo tenía miedo de desnudarte a ti, de que tu cuerpo gordo anulara mi deseo, y me dieron ganas de inventar una excusa y salir corriendo. Pero todo era tan natural contigo, que ya estaba besando tus pies gordos, tus rodillas gordas, tu vientre gordo, ¡tus pestañas gordas!, sí, tus pestañas gordas, te dije, y nos reímos. Ah, mi gorda.
Luego vinieron otras tardes, siempre escondidos en tu casa o en la mía, porque a mí me avergonzaba que nos vieran juntos. Tú lo adivinabas, pero no decías nada, quizá confiabas en que tu amor gordo, enorme, acabara por vencerme. "¿Me quieres un poquito?", preguntabas. "Sí, mujer, cómo no te voy a querer", te respondía, como si me costaran las palabras. Sólo en el dormitorio, sin el mundo, sin los ojos ajenos, se detenía el tiempo y yo me perdía en tu cuerpo, olvidándome de mí, del cobarde que soy.
En una de mis visitas a tu casa, dejé un cepillo de dientes en el cuarto de baño, y tú, con esa manía por las señales, pensaste que era como poner una bandera en una tierra conquistada, y me abrazaste loca de contenta, pero yo, con los brazos caídos y como un gilipollas, me puse a hacer gárgaras frente al espejo, doblemente gilipollas. Porque no quería ser tu novio de cuerpo entero, sólo caminar de perfil a tu lado en las inevitables salidas, como si no fuera contigo, como si en cualquier momento fuéramos a perder el paso y a desencontrarnos. Hubiera dado la vida por ti, pero no quería pasear contigo de la mano. La gorda y el flaco. Así de imbécil era yo.
Y llegó el día fatal, de cristales rotos sobre el calendario. Llovía. Ahora llueve siempre que te recuerdo, siempre lloviendo en el recuerdo, que es lo único que me queda, todo yo cubierto de nubes grises, la lluvia golpeando las entrañas y tu mirándome como un sol cuajado de sonrisas, en el recuerdo, con tu gorda generosidad, tu gorda simpatía, tu amor gordo. Yo escondido en los soportales de la plaza, el olor a orín de los pilares. Un meón, el cobarde novio de la gorda. Vienes levantando la cabeza, buscándome, y no ves el coche que se salta el semáforo. Se te viene encima y no lo ves. "Te veo a ti aunque no estés", me decías siempre con tu voz cálida como de pan reciente. No lo ves y el coche te lanza por los aires. Chirrían los frenos, gritos, carreras. Salgo de mi escondrijo. Aspavientos de la gente. Todos con ojos de sapo como el Antoñito. El espectáculo de la muerte. Abran paso, abran paso, suplico, con las piernas temblando, que es mi novia que es mi novia, grito, ¡a buena horas!, que es mi novia. Pero las palabras llegan tarde, descoloridas, lívidas. Estás en el suelo y ya no respiras; se te congeló la sonrisa. Y allí, a tu lado, entre la gente apelmazada, todas las niñas gordas de mi infancia me señalan con el dedo, acusándome. Y ya tarde, demasiado tarde, beso la flor roja que brota de tus labios, los labios de mi gorda, de mi amor, pensé, piensa el hombre triste en que me he convertido.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¡¡Agradecimientos infinitos a La cocina de Babel!!

Quiero agradecer a mi amiga, cocinera, colega y bloggera (a quien no conozco personalmente pero igual adoro -es una genia, la verdad) por haberme levantado la moral y la estima con el STYLISH BLOGGER AWARD. JUANA, muchas pero muchas GRACIAS.
La prueba de veracidad de este premio -y las recetas de Juana- pueden verlas en LA COCINA DE BABEL que, por cierto, es el blog más recomendado por Con el tenedor en la mano.

¡GRACIAS JUANAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

domingo, 6 de febrero de 2011

Cebiche peruano


La cocina peruana es muy sabrosa, olorosa y colorida. La receta más representativa de Perú es el cebiche (así se escribe según la Real Academia Española, aunque también se puede escribir seviche, ceviche o sebiche). Según diversas investigaciones, el nombre puede derivar de "sea beach", de la conjunción de  "encebollado" y "limón",  de la palabra árabe "sibech" (comida ácida) o, por  sus  hipotéticos efectos afrodisíacos (y "de levanta muertos"), de la derivación de "cebo para atrapar hombres" e incluso de "pólvora con el que se ceba  su arma de fuego". Sin dudas, un plato fuerte para los lingüistas.
Tradicionalmente se hace con bonito, aunque se puede utilizar cualquier pescado blanco (a excepción de la merluza, que se desarma). 

Ingredientes (para una entrada de 4 personas):
2 filetes de pescado blanco (bonito, corvina, salmón blanco, lenguado u otro)
2 limas (o limón verde)
1 diente de ajo
1 cebolla morada
Cilantro
Jengibre rallado o cortado en rodajas finas
Maíz amarillo
Una pizca de ají picante (aunque el "calavera" lo reemplaza por salsa tabasco)
Pimienta y sal
Procedimiento:
Lavar el pescado y cortarlo en cubos. Agregar el jugo de las limas (o limones), sal, pimienta y el diente de ajo picado. Llevar a la heladera una hora. Al cabo de ese tiempo, agregar la cebolla morada cortada en tiras, el cilantro picado, jengibre rallado o cortado en rodajitas finas y el ají picante. Meter en la heladera una hora más. A la hora de servir, agregar granos de maíz amarillo (ya cocidos) y, si quieren, unas papas cocidas cortadas en cubos.

Así como he dicho que la cocina de Perú es muy sabrosa, olorosa y colorida, también lo es su literatura. Me despido con un cuento de un autor peruano, especialista en microrrelatos de terror. ¡Y buen provecho para todos!

El mounstro de la laguna verde (extraído de "Ajuar funerario").
De FERNANDO IWASAKI
Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los reventé también, pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en las yemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad. Después me perdí en la laguna.

 

martes, 1 de febrero de 2011

Salsa de cilantro


La semana pasada compré cilantro para hacer una receta un poco complicada pero justo ese día también se me ocurrió empezar a pintar la casa.  Descarté la idea de preparar una gran receta porque pintar  parece fácil pero no lo es. Hay que lijar antes, sabían? :) Por otro lado, si uno deja un manojo de cilantro en un vaso con agua, saludando en la heladera, a los dos o tres días la cocina empieza a oler muy mal. Es que esta hierba se marchita muy rápidamente. 

Buscando en internet, encontré la receta de una salsa de cilantro muy rápida, usada principalmente como aderezo de carnes asadas, maricos y pescados. Queda perfecta también en ensaldadas de hojas verdes y paltas. Se hace preferentemente en mortero pero también puede prepararse en procesadora o minipimmer.

 
Ingredientes:
2 cucharadas de mayonesa
1 manojo de cilantro bien lavado y escurrido (y sin cabos, solo las hojas)
1 cucharadita de azúcar
1 cucharada de vinagre blanco
aceite de oliva (a piacere)
sal y pimienta

Procedimiento:
Machacar o procesar todos los ingredientes menos el aceite. Cuando se forme una pasta, agregar el oliva y guardar en un frasco de vidrio. Para que la salsa dure al menos dos o tres días, es conveniente esterilizar el frasco (y además, haber limpiado bien las hojas de cilantro), sino se pondrá primero amarga y después fea.

Para terminar, he decidido pasar -en vez de un cuento- las máximas de mi hermano Santiago Getino. Todo empezó porque le pedí un par de consejos sobre el tema de la pintura. Seguí algunas instrucciones pero, al ver que no era tan fácil como él explicaba, le mandé un mail diciendo: "todo bien Santi, pero la pintura salpica". Y esto es lo que respondió:

Temu,
Me imagino tu sorpresa cuando sentiste la salpicadura de la pintura. Ya que no sabías eso, me obligás a informarte de otras cosas:
-Si pisas baldosas flojas un día de lluvia, te salpican, igual que la pintura.
-Si es el mismo día, usá paragüas, porque el agua moja.
-Si parás un colectivo con el brazo extendido, recordá bajarlo cuando se acerca, si no te lo saca.
-El botón "OFF" del control remoto no hace que el aparato arroje insecticida.
-El cuchillo se agarra por el mango... si no te cortás.
-La cuchara no corta, solo el cuchillo. Y recordá lo anterior. 

Espero que estas cosas te ayuden, si querés saber algo más, avisame con tiempo.
Besos, Santi.
PD: "Te arrancaron verde de la planta". Es una frase de Felisberto Hernandez. Se que te gusta.
Mi hermano sí que es sabio a la hora de dar consejos. Por eso lo quiero tanto.

lunes, 24 de enero de 2011

Pollo Thai


El wok es un utensilio de cocina originario de China empleado mayormente en la gastronomía asiática. Es una sartén redonda, liviana, de paredes curvas y profundas. Gracias a su forma, el calor se distribuye uniforme, lo que permite cocinar muchos alimentos en poco tiempo y de manera muy sana.
Hay muchos tipos de wok pero los más utilizados son los de teflón y chapa. A estos últimos hay que curarlos antes de usar por primera vez. El proceso es un poco fastidioso, pero la verdad es que -en cuanto a sabores se refiere- da mejores resultados. Si alguno de ustedes quiere hacerlo en su propia casa, sepa  que no es lo mejor. Lo recomendable es hacerlo en una parrilla, cocina externa o en casa de un amigo de estos que no pierden la paciencia por nada del mundo.

El método de curación es el siguiente: limpiar el wok con una servilleta, untarlo con aceite y llevarlo al fuego. El wok empezará a humear (es decir, a quemarse por dentro), la superficie se irá poniendo oscura y el humo negro empezará a teñir todas las paredes de la cocina. Les arderán los ojos y de a poco escucharán que empieza a sonar el timbre y el portero eléctrico. Ustedes, sin soltar del asa, sigan manipulando el wok para que la superficie se queme pareja, o hasta que los bomberos tiren la puerta abajo. Cuando ya se vea todo negro (lo de adentro) es que ya está listo. Si queda también todo negro por fuera, estamos hablando de una secuela del tipo ocular. Este proceso dura aproximadamente dos horas. Cuando esté frío, volvemos a untar con aceite y lo colgamos en la pared. Desde entonces podemos atender cualquier eventual discusión,  pero con el wok ya curado. Cada vez que lo usemos, lo tenemos que lavar sin detergente ni esponja y dejarlo secar sobre la hornalla prendida hasta que no queden gotas de agua. Si no se oxida. Luego volvemos a untar con aceite y lo guardamos. Si el wok está mal curado, al tiempo se empezará a descascarar y tendremos que volver a repetir el proceso. O bien dejar el wok colgado en la pared y conseguirnos uno de estos de teflón pensando que a fin de cuentas da igual.

Una receta perfecta para hacer en wok es la del pollo thai.
Ingredientes (para dos persona):
2 pechugas de pollo deshuesadas y cortadas en cubos
1 cebolla blanca
1 diente de ajo
10 chauchas
2 clavos de olor
1 ramita de canela (opcional)
300 cm3 de leche de coco (o 100 cm3 de leche de coco y 200 cm3 de caldo de pollo, pescado o verdura)
curry
jengibre
limón (y ralladura, si quieren)
aceite de oliva
sal, semillas de pimienta, coriantro y comino. 
Cómo se prepara:
Cortar en cubos el pollo. Llevar a maceración con el jugo de limón, una pizca de curry, los clavos de olor, las semillas machacadas en mortero (que pueden estar previamente tostadas en el wok), el jengibre rallado y, si tienen ganas, también ralladura de cáscara de limón.
Calentar el wok con aceite de oliva. Sellar el pollo reservando el jugo. Cuando esté dorado, reservamos. En el mismo wok, sin lavar, agregamos un poco más de aceite de oliva y salteamos el ajo y la cebolla cortada en rodajas finas. Cuando empiecen a estar transparentes, agregar las chauchas, luego el pollo sellado y, de a poco, el jugo de la maceración. A medida que evapore, añadimos la leche de coco (o el caldo y la leche de coco), más curry y, si les gusta, también una rama de canela. Si lo queremos picante, también unos pedacitos de locoto o chiles.
Para que salga más jugoso, agregar mayor proporción de caldo o leche de coco. El arroz blanco es perfecto para acompañar este plato.
Recetas como esta hacen que una piense que valió la pena tomarse la tarea de curar el wok, aunque el asunto haya sido motivo de disputa de consorcio, de  pareja o familiar, como la sartén del escritor argentino Macedonio Fernandez. 
COLABORACIÓN DE LAS COSAS.
Macedonio Fernandez
Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes. Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia. 
Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe menospreciarse su mérito.

viernes, 21 de enero de 2011

La invitada de enero: Lara Ginhson


La invitada de este mes no es cocinera. Es fotógrafa. También es directora, asistente de dirección de cine y publicidad y colega. Lara estudió fotografía y bellas artes en Londres y Milán (ya la veo revoleando la chalina) y con tremenda portación de currículum, la cocinera que suscribe pensó en  preparar "algo grande": una receta impactante, que pudiera lucir en las fotos. Sucede que mi imaginación despegó dos metros por encima de mi nivel culinario y el resultado gastronómico fue un fracaso. Así que he decidido, mientras pasamos las increíbles fotos que ha hecho Lara, escribir la anti-receta o, mejor dicho, la explicación falsa de los "langostinos salteados con arroz salvaje".


Primero: Hay que limpiar bien los langostinos y luego saltearlos con aceite de oliva, ajo picado, sal y pimentón. Muy fácil y rápido de hacer.
Lo que es difícil es pelarlos (si es que se dice así; yo por no usar otra vez la palabra "limpiar" porque es lo que hice -y tan bien-, que me quedaron del tamaño de una arveja-). Como había que fotografiarlos, los compré enteros olvidando que me faltaba practicar bastante. Si uno no tiene mucha experiencia limpiando crustáceos, recomiendo ver antes un par de videos en el youtube y ensayar con paciencia la tarea.


Segundo: El arroz salvaje se deja remojando toda la noche. Por la mañana hay que lavarlo una y otra vez y dejarlo escurrir. Una forma de hacerlo sería esta: calentar aceite de oliva en una ollita, saltear una cebolla bien picada, luego agregar un zuchini cortado chiquito y por último unos champignones laminados. Salar y pimentar. Cuando la cebolla esté transparente, agregamos el arroz salvaje y agua o caldo para que absorba.  Es dificil encontrarle el punto. En mi caso la inversión realizada no estuvo a la altura del resultado, me quedó muy mal. Olía y sabía a Chicho (por ponerle un nombre al perro del consorcio) y estaba muy difícil de tragar. Tal vez porque no lo dejé toda la noche en remojo. O, mejor, porque existe algún secreto que guardan con celo los cheffs bien preparados. Sin embargo es  un "grano precioso" y también muy interesante la historia de su cultivo: esta gramínia acuática (o grano de agua) crece en los suelos pantanosos de la India, América del Norte y Sur de Canadá. Su proceso de recolección es de lo más complicado, hay que meterse en un pantano y quitar uno a uno los granos. Por eso vale lo que cuesta conseguirlo (noventa pesos el kilo).


Tercero: como les dije, esta receta, por pretenciosa, fue un fiasco. Pero, parafraseando a Charles Dickens, "cada fracaso enseña al cocinero algo que necesitaba aprender". Vamos por buen camino pero todavía falta.
Espero hayan disfrutado de la exposición de las fotos y sirva de algo esta explicación falsa de la receta. Aunque, como muchos de ustedes saben, si hay alguien que explica maravillosa y falsamente  una receta, ese es el genial Felisberto Hernández. Los dejo en muy grata compañía:

Explicación falsa de mis cuentos:
"Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.
No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda."

sábado, 15 de enero de 2011

Zanahorias glaseadas a la naranja


Se dice que las zanahorias ya existían en el año 3000 ADC y que son originarias de Afganistán. En aquellos tiempos eran púrpura por fuera y amarillas por dentro. Luego se distribuyeron por Asia, Africa y Arabia, dando lugar al nacimiento de variedades de distintos colores: blancas, amarillas, verdes y hasta negras.
La primer zanahoria naranja se cultivó en Holanda en el Siglo XVI (¡la pura verdad!) y fue el resultado de un cruce deliberado para que la hortaliza conicidiera en color con la casa real holandesa de Orange.  Y, siempre fueron un poco excéntricos los holandeses. Lo digo porque también me dijeron que hay familias en Amsterdam que practican español con loros sudamericanos. La persona que me lo contó no es muy fiable, así que mejor no tomar muy en serio este último dato.

A lo nuestro. Paso una receta de zanahorias naranjas glaseadas a la naranja que sirve para acompañar carnes o simplemente como entrada, vivan en el país del color en que vivan.

Ingredientes:
4 zanahorias, 1 diente de ajo, 4 cucharadas de aceite de oliva, 1 ramita de romero, jugo de 2 o 3 naranjas, 2 cucharadas de azúcar, sal y pimienta.

Procedimiento:
Limpiar las zanahorias. Cortarlas en tiras. Calentar aceite de oliva. Echar un diente de ajo entero e inmadiatamente las zanahorias. Dejar cocer un par de minutos y luego salar, pimentar y agregar romero fresco picado, el jugo de las naranjas y dos cucharadas de azúcar. Tapar y dejar cocer a fuego lento por 30 minutos aproximadamente. Cuando las zanahorias estén tiernas, destapar la olla y  dejar sobre el fuego unos minutos más para que la salsa reduzca y espese.

Cerramos esta receta con un cuento que poco tiene que ver con zanahorias, naranjas, holandeses excéntricos o loros sudamericanos.
El cuento que quiero pasarles resultó ganador del Concurso de Microcuentos de Humor y Viajes 2010, organizado por "La risa de Bilbao". Los dejo entonces en buena compañía. ¡Hasta la próxima!

RAROS EN UN TREN
Jöel López Astorquiza

En un viejo vagón de tren, una mujer busca un asiento libre. Encuentra uno al lado de un hombre inmerso en la lectura de un librito.
- ¿Está libre?
- Bueno, divorciado, pero sí, estoy libre.
- No digo usted, me refiero al asiento.
- ¿Eh?... ah!... supongo que sí. Perdone.
- No se preocupe. Gracias.
Después de un instante, él deja el librito.
- Le habré parecido un imbécil.
- ¿Por casarse?
- No, por confundirme.
- Bueno, por eso se divorció, ¿no?
- La verdad es que me dejó ella.
- Bueno, gracias a eso tenía el asiento libre.

domingo, 9 de enero de 2011

Cheescake de Mango


El mango es una fruta muy rica en vitaminas C y A. Es, asimismo, antioxidante y, gracias a su riqueza de flavonoides, ejerce una función anticancerígena. También contiene vitaminas del grupo B que, entre otras cosas, ayudan a mantener sanos el cabello y la piel. Por otra parte, al presentar triptófano -un aminoacido con propiedades relajantes- favorece la producción de serotonina (la hormona de la felicidad). Vaya pues, lo único que resta decir es que, puesto el mango en este plan llamado cheescake, engorda. Y sí.

La masa: 1 taza de harina, 1/4 taza de azúcar, 100 gramos de manteca, 2 yemas de huevo y ralladura de limón.
En un bol ponemos la manteca fría y el azúcar. Con la ayuda de un tenedor pisamos hasta conseguir una pasta cremosa. Luego agregamos las dos yemas, la rayadura de limón y por último la harina. Mezclamos bien y cuando tengamos una masa homogénea y suave, la llevamos a la heladera por una hora o un poco más. Luego la estiramos sobre una tartera enmantecada y horneamos por 10 o 15 minutos, hasta que esté sequita. Reservamos.

El relleno: 2 mangos, 300 gramos de queso crema (que puede ser Philadelphia o algún otro entero), 250 de crema de leche, 3/4 taza de azúcar, 1 sobrecito de gelatina sin sabor (1 y 1/2 para la gente insegura) y 4 cucharadas de jugo limón.
Pelamos los mangos, los cortamos en cubos (reservando algunas tajadas para decorar), agregamos 1/2 taza de azúcar y el jugo del limón. Procesamos hasta convertir en puré.
Disolvemos la gelatina en 1/2 taza de agua fría y mezclamos con la pulpa de mango. Volcamos en una ollita  esta preparación y calentamos a baño maría por 5 minutos (que caliente pero no hierva). Quitamos del fuego y dejamos entibiar. Aparte, batimos uno o dos minutos la crema con 1/4 taza de azúcar (sin llegar a chantilli) y reservamos.
Revolvemos el queso crema con la pulpa de mango (ya fría o tibia) y luego agregamos la crema semi batida. Volvemos a mezclar suavemente y volcamos sobre la masa. Llevamos a la heladera por, al menos, cuatro horas. Antes de servir, podemos cubrir la tarta con crema sin batir y unas rodajas de mango al natural o mango almibarado. Para ello poner a hervir 2/3 taza de agua, 1/2 de azúcar, unas gotas de limón y unos trozos de mangos por unos cuantos minutos (hasta que llegue al punto almibar).


Si no tienen deseos de engordar por culpa de un cheescake, entonces les recomiendo comer un mango a mordiscos. En mi humilde opinión, de todas las frutas tropicales, el mango es la más deliciosa.
Y como estamos en el tema, los dejo con el cuento "Canibalismo" del ya fallecido autor colombiano Luis Andrés Caicedo Estela. Que lo disfruten:

Hay varias maneras de comerse a una persona. Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro está, manos y pies. Sé que hay personas que parten a la persona en ocho pedazos, ya que les gusta sacar también las rodillas, el hueso redondo de las rodillas, recubierto con la única porción de carne roja que tiene el ser humano. La otra forma que conozco es comerse a la persona entera, así nomás, a mordiscos lentos, comer un día hasta hartarse y meter el cuerpo al refrigerador y sacarlo al otro día para el desayuno, así. Como comerse un mango a mordiscos. Porque yo puedo decir que a mí antes me gustaba muchísmo el mango verde, y después vino esa moda de partir el mango en pedacitos y fue apenas hace como una semana que me vine a dar cuenta que los mangos verdes me habían venido a gustar menos y supe también que era porque me los comía partidos, así que seguí comprándolos enteros, comiéndolos a mordiscos, y me han vuelto a gustar casi tanto como cuando estaba chiquito. Eso mismo debe pasar con los cuerpos. La persona que ya lleva siglos comiéndolos tiene que darse las maneras de variar el plato para no aburrirse, porque si no cómo hacen. Yo no se si ustedes leyeron la otra vez en la prensa que habían encontrado el cuerpo de un coronel retirado, metido en una chuspa de papel y amarrado con cabuya, lo que dijeron fue que lo habían encontrado por el Club Campestre, y que había expectación por el extraño estado en que se había hallado el cuerpo. Era un coronel Rodriguez, un tipo ni flaco ni gordo, de bigotico, y con una chucha que arrasaba. Claro que los periódicos nunca dijeron en que consistía ese "extraño estado en que se había hallado el cuerpo", pero como yo estoy al tanto de las cosas yo sé que el cuerpo ese lo que estaba era todo mordido. No se lo acabaron de todo porque mi coronel ya tenia 52, allí fue cuando se dieron cuenta que no había como la carne de gente joven, fresca. Los ojos, por ejemplo, que dizque son lo más exquisito, dicen que cuando la persona pasa de los 35, se endurecen y se agrian, ya no vale la pena comerlos.

martes, 4 de enero de 2011

Camarones al ajillo


Hay muchas clases de camarones. Quisiera mencionar tres. La primera, una muy peculiar denominada Lysmata Amboinensis, comúnmente conocida como "camarón limpiador". Este tipo de crustáceo viene a ser algo así como  el "médico" del océano. Si un pez necesita atención hospitalaria, se acerca a estos bichitos,  abre la boca y, muy pasivo, espera a que el camarón se acerque, lo examine, entre por la boca, vaya a los bronquios, elimine la piel muerta y enferma y limpie las heridas para facilitarle la cicatrización.  El camarón le quita las bacterias y hasta le limpia los ojos. Mientras todo esto sucede, el pez entra en un estado similar al trace. Esta relación confraternal entre el camarón y el pez -u otra especie marina-, es conocida como "simbiosis".
La segunda clase que describo, la del camarón que llevaremos a las hornallas, nada tiene que ver con estos crustáceos. Dícese que en las pescaderías de barrio, los camarones que ponen a la venta son los del tipo que se cultivan en grandes estancos, nunca conocieron el océano propiamente dicho y ya, cuando les llega su hora, dan un salto y se acomodan prolijamente a la bandejita de telgopor. Creo que incluso hay unos  muy naranjas que ya salen pelados y cocidos. Seguramente, con esta última explicación, nos dará menos impresión poner a calentar la sartén (o nó... depende, depende).

La receta:
Ingredientes (para dos pescados)
250 gramos de camarones pelados y precocidos
2 dientes de ajo
Perejil
Jugo de limón
Sal, pimienta y pimentón (dulce o picante)

Macerar los camarones con unas cucharadas de jugo de limón. En una sartén, freír en bastante aceite de oliva los dientes de ajo picados chiquitos. A los pocos segundos agregar pimentón, perejil cortado bien chiquito, sal y pimienta e inmediatamente agregar los camarones. Freír por uno  o dos minutos (hasta que se doren, ya que seguro usarán los precocidos) y ya está.

El tercer tipo de camarón que me interesa señalar es el "Camarón de la Isla". Las mujeres que lo conocieron en sus buenas épocas indican que, sin ser pez ni sirena, se lo hubieran llevado a la boca sin dudar. Los dejo entonces en compañia de una de las letras de este cantautor flamenco. Y que tengan todos un buen día.

"La Leyenda Del Tiempo"
El sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.


¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.
 

 ¡Ay cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.


¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.


¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

Para escuchar, hacer CLICK AQUÍ.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El invitado del año: Juan Manuel Taborda


¡Vean qué espinazo, señores! Con el tenedor en la mano pone toda la carne al asador porque nuestro invitado estrella (invitado del AÑO, nada menos) es Juan Manuel Costilla Taborda. Manolo es Profesor en Educación Tecnológica, también egresado de la escuela de Cine Animación, defensor de la educación pública y popular, solidario como ninguno, profundo pensador y analista social y, como si fuera poco, UN PARRILLERO ARGENTINO así en mayúsculas. Ha sido invitado para demostrar, junto a su inigualable e histórico Ayudante de Primera Categoría, Santiago Serrucho Getino (una joven promesa nacional), que los intelectuales también se calzan la musculosa (para marcar los tríceps) y que las estructuras bajan a la calle… o mejor dicho, primero suben a la terraza y después sí, bajan. ¡Pero qué equipo, señores! Los dejo entonces con el parrillero, quien develará los misterios del mejor asado argentino. ¡Un aplauso para el asador! ¡Y otro para el ayudante, carancho!

Secretos del gran asado argentino. Por Juan Manuel Taborda.

Con la correspondiente invitación de Con el tenedor en la mano me  he propuesto revelar algunos secretos culinarios familiares. No creo que ninguno de  los primos o hermanos de nuestra familia no sepa algo de cómo llevar a cabo esta  tarea, ya que de pequeños jugábamos entre asados y reuniones interminables que se realizaban en la casa familiar, seguramente impregnados de imágenes y aromas de  brasas y carnes asadas.  Cuando en los 70 la mano se puso pesada, desaparecieron también los grandes asados. Comenzó por oxidarse la parrilla, luego se derrumbó la chimenea, el viento y la lluvia arrasaron con el techo del quincho familiar y, finalmente, se secaron las enredaderas que  nos daban sombra y también unas bonitas  flores llamadas "damas de noche". Faltaron muchos años para que, los que éramos chicos entonces -y ahora grandes-, retomáramos la costumbre de nuestros padres y volvieramos a acercarnos al fuego. Como me han legado la tarea de ser el asador familiar -puesto que he alcanzado con éxito- paso entonces los secretos de la parrilla argentina.
Lo primero que hay que aprender es a seleccionar bien la carne. Por lo general en la familia se seleccionan cortes medianos: tiras anchas, angostas…
Luego hay que comenzar con el fuego. Antes de poner cualquier cosa a la parrilla, hay que esperar a que las brasas estén bien prendidas a fin de evitar alguna intoxicación. Particularmente yo prefiero hacer el fuego en algún otro lugar e ir trasladándolo a medida que se necesite.  Las tiras se cocinan prácticamente en su totalidad del lado del hueso. A temperatura media, una tira está a punto a la media hora de cocción: 25 minutos del lado del hueso y unos 5 minutos más del lado carnoso.
Intentemos siempre pasar la mano por arriba de la parrilla (claro, sin quemarnos) para medir una temperatura media.  Si está excesivamente caliente y nos quema, vamos al hospital, ja, ja, ja. Uno tiene que poder sentir el calor desplazando bien la mano.

En relación al pollo, además de limpiarlo (culo, recorte de alas y excesivas grasas), podemos adobarlo con ajo, perejil, limón y sal unas cuantas horas previas para que se impregne bien, si gustan.
Se cocina primero (cortado para la parilla) del lado interno, un breve tiempo, unos 20 minutos.
Cuando vemos en la piel las burbujitas que se inflan, hijo, lo dejamos un rato y lo damos vuelta… diría el Tío Lorenzo (QEPD), experto en  pollos parrilleros. 
Luego, unos 40 minutos restantes del otro lado. Lo adobamos continuamente con el juguito de limón que nos quedó en la fuente.
Al chivito hay que prepararlo con un buen adobo: perejil, ajo, orégano, ají molido, sal, vino, vinagre y un chorito de aceite (primordial). Se cocina lentamente, a fuego bajo, tardando un poco más de una hora si está trozado. También hay que ir adobándolo.
¡A practicar queridos comensales! ¡Y buen año para todos!

Juan Manuel Taborda.

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