domingo, 31 de julio de 2011

Puré de ajos


Esta receta la ví en L´Exquisit. No la iba a postear porque me parecía demasiado sencilla para quien pasa sólo una receta por semana. Pero durante estos días comprobé que no todo lo que parece poquita cosa lo es, y que con una pequeña cabeza de ajo un cocinero puede levantar el nivel gastronómico de cualquier preparación hecha a la ligera.
La receta es de lo más sencilla: sólo tenemos que envolver una cabeza de ajo en papel aluminio y llevarla al horno (o parrilla) por una hora. La retiramos, dejamos descansar unos minutos para que pierda unos grados de temperatura, le cortamos la base y, con la ayuda de una cuchara o palote, la aplastamos hasta quitarle todo el puré. Lo mezclamos con aceite y sal, guardamos en un pequeño frasco esterilizado y luego llevamos a la heladera.

¿Para qué puede servir?
-Para adobar una pechuga de pollo que vayamos a asar a las brasas o a la plancha.
-Para untar una tostada a la que luego podemos agregar tomate y jamón.
-Para aliñar una ensalada de hojas verdes y paltas.
-Para hacernos unos macarrones al ajo gratinados con queso.
-Para saborizar una sopa crema, de estas básicas que tomamos en invierno.
- Como acompañamiento de pescados, carne roja, mariscos, verduras salteadas o asadas, o de un puchero.
-Para espantar vampiros.

Como ven, con una cabeza de ajo se pueden mejorar un montón de recetas. Hay otras pequeñas cosas que pueden resultar fenomenales. Con unas pocas palabras  un genio como Chéjov pudo escribir “Poquita cosa” y nosotros leer un cuento extraordinario. ¡Hasta la próxima receta… o mejor dicho, hasta el próximo cuento!

Poquita cosa
Antón Chéjov
(Relato extraído de Narrativa Breve)

Hace unos día invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de mis hijos, a que pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.
-Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras cuentas. A usted seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan ceremoniosa que no lo pedirá por sí misma... Veamos... Nos habíamos puesto de acuerdo en treinta rublos por mes...
-En cuarenta...
-No. En treinta... Lo tengo apuntado. Siempre le he pagado a las institutrices treinta rublos... Veamos... Ha estado usted con nosotros dos meses...
-Dos meses y cinco días...
-Dos meses redondos. Lo tengo apuntado. Le corresponden por lo tanto sesenta rublos... Pero hay que descontarle nueve domingos... pues los domingos usted no le ha dado clase a Kolia, sólo ha paseado... más tres días de fiesta...
A Yulia Vasilievna se le encendió el rostro y se puso a tironear el volante de su vestido, pero... ¡ni palabra!
-Tres días de fiesta... Por consiguiente descontamos doce rublos... Durante cuatro días Kolia estuvo enfermo y no tuvo clases... usted se las dio sólo a Varia... Hubo tres días que usted anduvo con dolor de muela y mi esposa le permitió descansar después de la comida... Doce y siete suman diecinueve. Al descontarlos queda un saldo de... hum... de cuarenta y un rublos... ¿no es cierto?
El ojo izquierdo de Yulia Vasilievna enrojeció y lo vi empañado de humedad. Su mentón se estremeció. Rompió a toser nerviosamente, se sonó la nariz, pero... ¡ni palabra!
-En víspera de Año Nuevo usted rompió una taza de té con platito. Descontamos dos rublos... Claro que la taza vale más... es una reliquia de la familia... pero ¡que Dios la perdone! ¡Hemos perdido tanto ya! Además, debido a su falta de atención, Kolia se subió a un árbol y se desgarró la chaquetita... Le descontamos diez... También por su descuido, la camarera le robó a Varia los botines... Usted es quien debe vigilarlo todo. Usted recibe sueldo... Así que le descontamos cinco más... El diez de enero usted tomó prestados diez rublos.
-No los tomé -musitó Yulia Vasilievna.
-¡Pero si lo tengo apuntado!
-Bueno, sea así, está bien.
-A cuarenta y uno le restamos veintisiete, nos queda un saldo de catorce...
Sus dos ojos se le llenaron de lágrimas...
Sobre la naricita larga, bonita, aparecieron gotas de sudor. ¡Pobre muchacha!
-Sólo una vez tomé -dijo con voz trémula-... le pedí prestados a su esposa tres rublos... Nunca más lo hice...
-¿Qué me dice? ¡Y yo que no los tenía apuntados! A catorce le restamos tres y nos queda un saldo de once... ¡He aquí su dinero, muchacha! Tres... tres... uno y uno... ¡sírvase!
Y le tendí once rublos... Ella los cogió con dedos temblorosos y se los metió en el bolsillo.
-Merci -murmuró.
Yo pegué un salto y me eché a caminar por el cuarto. No podía contener mi indignación.
-¿Por qué me da las gracias? -le pregunté.
-Por el dinero.
-¡Pero si la he desplumado! ¡Demonios! ¡La he asaltado! ¡La he robado! ¿Por qué merci?
-En otros sitios ni siquiera me daban...
-¿No le daban? ¡Pues no es extraño! Yo he bromeado con usted... le he dado una cruel lección... ¡Le daré sus ochenta rublos enteritos! ¡Ahí están preparados en un sobre para usted! ¿Pero es que se puede ser tan tímida? ¿Por qué no protesta usted? ¿Por qué calla? ¿Es que se puede vivir en este mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?
Ella sonrió débilmente y en su rostro leí: "¡Se puede!"
Le pedí disculpas por la cruel lección y le entregué, para su gran asombro, los ochenta rublos. Tímidamente balbuceó su merci y salió... La seguí con la mirada y pensé: ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!

domingo, 24 de julio de 2011

Pasta Frola


Con esta receta participo en el concurso La cocina sin complicaciones de Tito. Mi intención era presentar una receta dulce típica nuestra, pero con alguna pincelada que destacara mi bien conocida originalidad :) Me partí la cabeza durante tres semanas y, una buena tarde como hoy, mientras veía la final Uruguay-Paraguay, me dije: haré una pasta frola, pero en vez de hacerle por encima el enrejado característico, reproduciré sobre la tarta un dibujo de Escher. Sucede que el polvo royal me jugó una mala pasada y, en el horno, la cubierta se transformó en una especie de tapa de alcantarilla (jajaja, qué mala repostera soy… encima mentirosa!).
Bueno, como sea, la pasta frola estaba riquísima. Les cuento que es una receta típica de Uruguay, Paraguay y Argentina. Algunos dicen que es la variación criolla de la Linzer Torte (de Suiza) o de una tarta italiana parecida. Se suele rellenar con dulce de membrillo, batata o dulce de leche. Las viejas acostumbran llevarla los domingos a casa de sus parientas para acompañar el mate. Y nosotras las jovies, también.
Sin complicaciones ni complejos, les paso la receta:

Para la masa:
2 tazas de harina
3 cucharaditas de polvo de hornear
1/2 taza de azúcar
100 gramos de manteca
2 huevos (o 3 yemas)
Ralladura de limón
2 cucharadas de jugo de naranja u oporto


Para el relleno:
1 kilo de dulce de membrillo
1/2 vaso de oporto o mistela

Pisar la manteca con el azúcar hasta convertir en una crema. Agregar los huevos y la ralladura. Mientras vamos mezclando, incorporar la harina con el royal. Amasar hasta obtener una pasta homogénea. Si la masa queda seca, agregar unas cucharadas de jugo de naranja o un poco de vino dulce. Dividir la masa en dos bollos, uno grande y otro pequeño. Dejar descansar los dos bollos en la heladera media hora. Estirar el bollo más grande con palote y cubrir con él una tartera enmantecada y enharinada. Guardar un rato más en la heladera.
En un bol, pisar el membrillo con el vino dulce o el jugo de naranjas, hasta que se transforme en una especie de mermelada y luego rellenar con él la base de la tarta. Estirar el bollo chico que nos quedó y cortar la masa en tiras. Cubrir la tarta con ellos, tratando de armar el enrejado "artistico". Pintar las tiras con yema de huevo. Llevar al horno por media hora aproximadamente. Muy fácil, muy rica y también, por supuesto, terriblemente adictiva.

Para los que no saben, hoy en Argentina se jugó la final de la Copa América. Como era de esperarse, la Copa se la llevaron los yoruguas. Van mis felicitaciones. También mi folklórica y musical dedicatoria. ¡Hasta la vista!


Canto al río Uruguay
Letra y música de Ramón Ayala

Uruguay,
misionero y trepador
por el Moconá, se va, tu canto de sol.
Uruguay, gigantesco kuriyú,
es un jangada azul,
cayendo hacia el mar.

Por el Uruguay, yo me quiero ir
buscando la flor, del amanecer
y allá en el confín, rumbo a San Javier,
volver, volver a vivir.

Uruguay
sombrero de paja y luz, en tus correderas soy
fuego, monte y sol.

Sobre las altas barrancas
cuerpos desnudos al sol
los hacheros van volteando el monte
con su dolor
tal vez serán Kachape
tal vez en una jangada
el viejo árbol va yendo
para volver hecho guitarra
con música de silencio
rumores del Uruguay.

Por el Uruguay, yo me quiero ir
buscando la flor, del amanecer
y allá en el confín, rumbo a San Javier,
volver, volver a vivir.

Uruguay
sombrero de paja y luz,
en tus correderas soy
fuego, monte y sol.

domingo, 17 de julio de 2011

Locro criollo. La invitada de invierno: Susana



Seguimos julio a puro folklore. En esta oportunidad, les acerco una receta típica del noroeste argentino, el locro. Como se imaginarán, no la hice yo (y ahora que se cómo se prepara, mucho menos voy a hacerla!). La cocinera invitada es Susana, de quien también tenemos otras dos recetas, la del puchero y la de la salsa criolla.  Mientras Susana preparaba el locro, yo iba tomando nota de los ingredientes, el procedimiento y también, cómo no, de algunos datos curiosos acontecidos en su cocina. Lo más importante que tengo para decir es que hacer locro es complicado, se necesitan muchas ollas, tiempo y paciencia. Se comienza a preparar desde la noche anterior y luego, por la mañana, uno tiene que abocarse por completo al asunto. La cosa comienza a dificultarse más aún cuando caen los invitados. Hay que litigar con el  desatento que viene a mojar el pan en la olla (aunque no haya salsa), con el ansioso que pretende cortar las empanaditas al medio (con toda la intención de ayudar), y hasta con el listo que se acerca a decir, “a ese locro le falta chorizo colorado”. Respecto de este pequeño pero importante comentario, Susana interrumpe la cocción y, al grito de aro, aro, aro,  hace las siguientes aclaraciones:
Primero y principal, el origen del locro se remonta a la época precolombina. Es decir, es anterior a la llegada de Cristóbal Colón a nuestras tierras. En aquella época no existía el chorizo colorado. Ese embutido ingresa a la cocina recién en el Siglo XVII.
Segundo, el locro es una comida popular, lo cual quiere decir que se prepara con aquellos alimentos e ingredientes que le son accesibles y están al alcance del cocinero.
Tercero, lo que le da al locro su sabor característico es la combinación de maíz y el zapallo. Como sabrán, el sabor del chorizo es de lo más invasivo, así que un verdadero locro no debería llevarlo (ni tampoco panceta, aunque esta receta... lleva).
Cuarto y último, nunca contradecir a un cocinero. No hay territorio más nacional que donde dominan el fuego y las cuchillas.
Luego de estas –espero- útiles aclaraciones, pasamos a la receta del locro criollo.

Ingredientes (para 15 convidados)
1 kilo de maiz pisado blanco
500 gramos de alubias (porotitos blancos bien chiquitos)
2 cebollas blancas cortadas en cubitos
5 ramitas de cebolla de verdeo cortadas en rodajitas
1 morrón rojo (pimiento) cortado chiquito
4 dientes de ajo picados
2 tomates sin piel ni semillas cortados en cubos
1/2 kilo de zapallo criollo (calabaza dulce) cortado en cubos
1/2 kilo de carne de cerdo desgrasada cortada en cubos
1/2 kilo de carne de vaca cortada en cubo
Panceta (opcional) previamente desgrasada (es decir, salteada en sartén hasta que pierda grasa)
Orégano, ají molido, sal, pimienta, comino y pimentón dulce español.
Aceite de oliva

Procedimiento:
En ollas separadas, dejar remojando el maíz y las alubias toda una noche. Por la mañana, poner a hervir el maíz durante 1 hora en olla a presión (o durante 2 horas en una olla común) y, en olla común aparte, cocer las alubias durante 1 hora. Reservar.
Si vamos a usar panceta, desgrasarla en una sartén.
En otra olla bien grande, poner a calentar aceite de oliva, maíz o girasol. Fritar la cebolla blanca, la de verdeo, el ajo, el pimiento morrón, el zapallo, la carne de cerdo y la de vaca (todo cortado chiquito o en cubos), hasta que la carne esté prácticamente cocida y el zapallo empiece a ablandarse. Condimentar con  orégano, ají molido, sal y pimienta. Luego agregar los tomates pelados y cortados en cubos, el pimentón dulce español y el comino. Agregar agua. Cuando hierva, agregar el maíz cocido y colado. Revolver con cucharón de madera hasta integrar. A los pocos minutos agregar las alubias y volver a mezclar. Agregar la panceta desgrasada. Dejar cocinar un rato más. Cuando el zapallo ya se haya deshecho y esté convertido en crema, el locro ya estará listo.
Al momento de servir, agregar por encima unas rodajitas de cebolla de verdeo crudas y salsa picante. Para hacer la salsa picante hay que hidratar chiles secos molidos (o ají molido) en aceite. 
En general, el locro se sirve con empanadas de carne y de humita.
Atenta a este mes de puro folklore, me despido de ustedes con unas coplas del Martín Fierro, autoría de Don José Hernández.

Vamos suerte, vamos juntos
Dende que juntos nacimos;
Y ya que juntos vivimos
Sin podernos dividir...
Yo abriré con mi cuchillo
El camino pa seguir.

lunes, 11 de julio de 2011

Humitas


Yo soy de los del montón, no soy flor de invernadero,
igual que el trébol campero, crezco sin hacer barullo,
me apreto contra los yuyos y así lo aguanto al pampero.

Esto recitaba Atahualpa Yupanqui en “El payador perseguido”. Don Ata fue el mejor cantor, guitarrista, compositor y, sobre todo, el más perfecto poeta del folklore argentino.
Yendo a lo que nos compete, que es la gastronomía, las recetas más típicas, las más representativas de nuestro folklore, son las siguientes: las empanadas (más conocidas las de Salta, Tucumán, Santiago del Estero, San Juan y Córdoba -con sus variantes en cada una de ellas-), las tortas fritas (de la Región de Cuyo), la carbonada y el asado (especialmente en la Región Pampeana), el locro (Región Noroeste), el puchero criollo y las humitas (Norte y Centro del país).
La  receta de humitas es la más fácil de todas, y es por eso que me le animo. La semana que viene, saldrá la receta del locro. Pero como la receta del locro es bien difícil, pediremos mano a un convida´oY adentro.


Humitas en chala:
Pa´ 6 chalchaleros
6 choclos (maíz amarillo) o 2 latas de choclo cremoso desgranado
2 tazas de puré de zapallo (calabaza dulce)
1 morrón verde (pimiento verde)
4 ramitas de cebolla de verdeo
1 cebolla blanca grande
Queso cremoso
1 cucharadita de maicena diluida en 1/4 taza de leche
Manteca, aceite de oliva
Sal, pimienta, nuez moscada, azúcar rubia


Quitar las chalas a los choclos y lavarlas bien. Rallar los choclos delicadamente hasta llegar al marlo y reservar. Calentar manteca o aceite de oliva en una olla o sartén grande y freír la cebolla blanca y de verdeo cortada bien chiquita. Salar y pimentar. Luego agregar el morrón, también cortado en cubitos bien chicos. Cuando la cebolla esté apenas dorada, agregar la crema del choclo, revolver bien, dejar cocer unos minutos y luego agregar el puré de zapallos (tiene que ser zapallo dulce). Condimentar con bastante nuez moscada. Dejar cocinar unos 5 minutos más y agregar la maicena diluida en leche. Revolver bien y dejar al fuego hasta que espese.
Rellenar las chalas por el centro y agregar un pedazo de queso cremoso y una pizca de azúcar. Cerrar y atar con otra hoja de chala o con hilo piolín. Cocinar al vapor por unos 10 minutos.
Con el mismo relleno también podemos hacer humita a la cacerola. Rellenamos moldecitos aptos para horno, cubrimos de queso, una pizca de manteca y otra de azúcar rubia y llevamos a gratinar.

Dicen en el campo que donde hay folklore hay empanadas. Y donde hay empanadas, hay vino. Y ande hay vino, hay peña. Y ande hay peña, hay humitas (¿o era humo?).

Me despido de ustedes con un bello, bellisimo poema. Del maestro Atahualpa Yupanqui, del que viene de viejas tierras para decir algo,

Piegras

Tanto vivir entre piegras
se m'hizo que conversaban.
Voces no h'i sentido nunca
pero el alma no me engaña.

Algún algo han de tener
aunque parezcan calladas.
No de balde ha llenao Dios
de secretos la montaña.

No digo que tengan voz
ni que se digan palabras;
ocasiones el silencio dice
las cosas más claras...

¡Algo se dicen las piegras!
A mí no me engaña el alma.
Temblor, sombra o qué sé yo...
Mesmo que si conversaran...

¡Malhaya! Pudiera un día
vivir así: sin palabras...

martes, 5 de julio de 2011

Tallarines a la putanesca


Hace muchos, muchos años, cuando comenzaban las vacaciones escolares -que para mi vieja no eran vacaciones, sino todo lo contrario- y al grito de llevate a estos indios, por favor, acudía en ayuda mi abuela Cata. A mi abuela la adorábamos, pero si la propuesta era vamos a salir a pasear, sabíamos que, de cabeza, iba a ser un embole. Para bajar el índice de riesgo, se resolvía que mi hermano varón iría a lo del tío Cacho para ayudar con la estanciera y que las mujeres, las tres hermanas, iríamos con la abuela a visitar a la bisabuela de Pergamino.
La casa de la bisabuela de Pergamino estaba lejos. Había que tomarse un tren y luego patear unas veinte cuadras. Era grande, hermosa, tenía infinidad de árboles, todos llenos de pájaros de lo más extraños. Pero como íbamos a demostrar que estábamos hechas unas señoritas, a mi abuela no le quedaba otra que encerrarnos en la cocina. Para que no nos aburriéramos tanto, la bisabuela nos dejaba en compañía de Marta, la muñeca que camina y habla, rebautizada por nosotras como "la muertita". Mientras tanto, la abuela se encerraba en el living con la bisabuela, la tía Marina y dos o tres parientas más que ahora no recuerdo.  Nosotras, en la cocina, hurgábamos en los cajones hasta dar con un cuchillo de punta redonda que sirviera de destornillador, a fin de darle algo de vida a la Marta. Porque Marta no caminaba, no hablaba, y les juro que no era un problema de pilas.
A través de la puerta se escuchaba a las viejas meta reír y a nosotras nos entraba una curiosidad fatal. Íbamos hasta la puerta del living con absoluta prudencia y nos acomodábamos para espiar a través de la cerradura. No éramos los que se dice silenciosas, así que pronto nos descubrían. Sobresaltadas, pálidas, una con Marta bajo el brazo, la otra empuñando un cuchillo de punta redonda, un peligro. Mi abuela nos dejaba entonces entrar, a la voz de no se pueden estar quietas, che. Entonces nos acomodábamos en los sillones para participar de la reunión. Pero a partir de ese momento, la abuela, bisabuela, tía Marina y las otras mujeres, empezaban a hablar en código, improvisaban e inventaban palabras para que no les entendiéramos. Una fábrica de inventar metáforas. Cada tanto rompían a reír y mi abuela soltaba un me meo, me meo. Qué bronca nos daba no entender nada.
Al final de la tarde, ya nochecita, nos preparábamos para el regreso. Algunas veces, tía Marina entregaba a mi abuela un paquetito muy bien envuelto y le decía, para los tallarines a la putanesca, Cata. Y otra vez se largaban a reír. Y mi abuela, otra vez más, me meo, me meo. Imposible lograr que la abuela nos tradujera algo, siquiera en el tren de regreso. Cuanto más densas nos poníamos, más evasiva se volvía ella. La abuela, en el tren, miraba a través de la ventana y se ponía a tararear un tango.
Cociné tallarines a la putanesca con la esperanza de avivarme de algún secreto, pero me fue imposible encontrarle la gracia. Si algún cocinero con experiencia me pudiera explicar, se lo agradecería.


Ingredientes (para 4 o 5 parientas risueñas)
500 gramos de pasta seca
6 cucharadas de aceite de oliva
2 dientes de ajo
10 filetes de anchoas
2 latas de tomates peritas (o 12 tomates pelados, pasados por agua hirviendo)
200 gramos de aceitunas negras
Si queremos, también alcaparras
Aji picante

Come procedere:
Rehogar los dientes de ajo machacados y el ají picante cortado chiquito en aceite de oliva. Agregar los filetes de anchoas con un poco del mismo aceite que traen. Agregar el tomate picado. Dejar reducir unos minutos y agregar las aceitunas cortadas y las alcaparras. Cocinar un par de minutos más.
Aparte, prepar la pasta. Cuando esté al dente, colar, pasar por un chorro de agua fría y luego incorporar a la sartén con la salsa. Calentar un minuto y servir.

Mi abuela Cata y las mujeres que se reían ya no están. Sin embargo tengo de ellas un millón de recuerdos. Disculpen si los atosigo con ellos. No sé si será por la edad, tal vez me esté enfermando de melancolía, pero me hace muy bien recordarlos todos. Me despido con el tango que solía cantar mi abuela a la hora de evadir nuestras respuestas. Arrancado de La Pulpera,

Café de los Angelitos (1944) Catulo Castilo y José Razzano

¿Tras de qué sueños volaron?
¿En qué estrellas andarán?
Las voces que ayer llegaron
y pasaron, y callaron,
¿dónde están?
¿Por qué calle volverán?

viernes, 1 de julio de 2011

La invitada de Julio: la tía Pochi


Mi tía Pochi es única. No creo que muchos sobrinos tengan una tía como la nuestra (hablo en tercera persona porque mis hermanos comparten esta misma idea). Durante nuestra niñez fue la presta-rodillas para trepar por los árboles, referee de disputas entre hermanos y facinerosos del barrio, guía en el traspaso mur-ciÉ-Galo, a ¡murciéLago, murciéLaGo!, la que nos pasaba dos pesos por debajo de la mesa cuando la vieja amenazaba con un hoy, a la escuela, con mandarina, la cuenta finales de películas de terror, la que te esperaba con milanesas y papas fritas, la mejor cocinera de la familia, la única, la tía, la LA TÍA POCHI.
De ascendencia genealógica italiana y española (aunque ella dice, nó, es más bien francesa… mirame la nariz) y de naturaleza conciliadora (la de quien sabe apaciguar asperezas y conflictos familiares) hoy hace uso de todas sus virtudes y las traduce en este plato.
Sin más palabras que mi agradecimiento, los dejo entonces con la tía Pochi. Pero después nos la devuelven, eh?


Receta para una tía y 4 sobrinos (no nos quedaremos cortos, che?):
Por un lado del ring, tenemos el fricandó con setas (u hongos), una receta catalana (o francesa, tenemos una duda acerca de ello).


Fricandó con setas:
1/2 kilo de nalga (cortada para milanesas)
50 gramos de hongos secos
1 lata de tomates peritas enteros
1 lata de puré de tomates
3 cebollas cortadas finitas
Sal, pimienta, laurel, ají molido.
1 vaso de vino tinto

Calentar una sartén grande con aceite de oliva (o de maíz o girasol), agregar la cebolla cortada bien chiquita. Sudar (esto quiere decir que la cebolla no tiene que dorarse, sino "sudarse", seguro ustedes entienden mejor). Agregar las dos latas de tomates (la de tomates enteros, picados). Salpimentar, agregar una hoja de laurel y ají molido. Agregar los hongos (hidratados previamente 4 horas en agua). Dejar reducir la salsa unos 10 minutos.
Aparte, en otra sartén, con unas gotas de aceite, saltear la carne por los dos lados. Luego incorporala a la salsa. Agregar el vino tinto y dejar cocinar unos 10 minutos más a fuego lento.

Y por el otro lado del ring, 


Ñoquis de espinaca:
1 kilo de puré de papas.
1 chorro (según entiendan ustedes) de aceite de maíz
1 taza de espinacas cocidas, escurridas y picadas
Harina (cantidad necesaria, más o menos 1/2 kilo) mezclada con 1 cucharadita de polvo royal
Sal y pimienta
Mezclar el puré con todos los ingredientes (excepto la harina y el polvo royal). Agregar de a poco la harina con el royal mientras mezclamos con las manos. Amasar hasta conseguir una masa uniforme. Hacer rollitos, cortarlos y pasarlos por la ñoquera o tenedor enharinado. Poner a calentar el agua. Echar los ñoquis. Apenas suban a la superficie, retirar. Colar y echar encima un chorro de agua fría.
El polvo royal es para que los ñoquis no se peguen al paladar. Esto aviso para quién tenga que comer con prótesis. No se lo deseo a nadie pero no viene de más explicarlo.

A mi me gustaron las dos partes del plato. Sumado que esto fue acompañado por unos buenos vinos tintos, una torta de dulce de leche y chocolate y una siesta, creo que podría contarles cómo se forman las nubes en el cielo.
Me despido de ustedes sin cuento. Sobraría.
¡Un gran cariño a todos! ¡Y otro más grande de parte de mi tía Pochi!

lunes, 27 de junio de 2011

Helado de mango


Gracias al golpe que me di en la cabeza la semana pasada, dejé de preocuparme por mi crisis existencial y comencé a OCUPARME de ella. Para provocar un cambio en la vida, algo hay que activar. No importa tanto qué es lo primero que uno haga, la cuestión es precipitar la primera ficha de dominó. Después, todo es fácil. Por estos días, justamente, una compañera de trabajo me aconsejó empezar por cambiar de celular. Según ella, ese aparatejo viejo, con la pantalla rajada, privado de tres botones y con una batería de duración máxima de 3 horas, daba asco. Es posible, pensé. Lo que pasa es que invertir en este tipo de cosas no me gusta. El dinero está para cosas mucho más importantes respondí, mientras me acomodaba mis anteojos de leer Riqui Sarkany. Pero algo de razón tenía, porque para mantener la comunicación con alguien, debia atajar con todos los dedos carcaza, antena y botonera, y así no se puede. Entonces fui a una de estas casas de celulares y, mientras el vendedor me mareaba con una cantidad impresionante de modelos, le dije, dame uno cualquiera, pero que sea finito y tenga linterna.
He dado el primer puntapié. Se activó el motor. Puse en en marcha la máquina. Se vienen grandes cambios. A partir de ahora, todo lo que empiece a hacer, será últil y provechoso. Como este riquísimo helado de mango, preparado a fines de una tarde de junio, cuando el termómetro marcaba 3 grados de temperatura.

Ingredientes

Pulpa de 2 mangos
1 cucharada de jugo de limón
150 gramos de azúcar impalpable
300 cm3 de crema de leche

¡Qué fredo!

Procesar la pulpa de mango, el limón y azúcar en licuadora o minipimmer.
Batir la crema de leche unos minutos, hasta que quede ligeramente firme pero sin que llegar a punto chantillí. Agregar la pulpa y mezclar suavemente. Llevar a una fuente y meter en el freezer. Cada rato sacar y volver a mezclar.
Podemos bañar con sirope de mango, que se hace con pulpa de mango procesada y colada, unas gotas de jugo de limón y azúcar. Mezclamos y llevamos a fuego hasta que se reduzca un poco.

Me retiro a meditar cerca de la estufa, no sin antes pasarles el cuento habitual. Robado descaradamente de la página La Pulpera de Fernando Terreno, a quien he sacado textos más de una vez sin mencionar las fuentes, con ustedes:

El fuego, la velocidad, dios.
Cuenta una leyenda hindú que en ocasión de la visita del Maharajá de la región, el jefe de la aldea lo llevó por la calle principal y le mostró a un hombre inclinado ante el fuego y recitando una plegaria.
−Es un sacerdote −dijo el Maharajá.
Y luego vieron a un hombre que, alimentando el fuego con un fuelle, derretía el metal y fabricaba una espada.
−Es un herrero −dijo el Maharajá.
Después se enfrentaron a un hombre que volcaba oro puro, en estado líquido, sobre un molde cuidadosamente labrado.
−Es un orfebre −dijo el Maharajá.
Y al final de la calle había otro hombre que estaba sentado sin hacer nada, pero mirando fijamente el fuego y el Maharajá se sintió desconcertado.
− ¿Qué hace? −preguntó.
− Trata de averiguar qué es el fuego −le contestó el jefe de la aldea −. Es un filósofo.

Sustraído de:
Leonardo Moledo/Esteban Magnani, Diez teorías que conmovieron al mundo, 2006, Buenos Aires, Capital Intelectual.

miércoles, 22 de junio de 2011

Camarones al curry con leche de coco y mango


Hoy escribo un poco adolorida porque ayer me pegué un resbalón culpa de unas semillas de chía desperdigadas por el piso. La posición horizontal en la que quedé me permitió reflexionar sobre el sentido de la vida. ¿Qué hacía yo en el suelo? ¿Por qué no tenía incentivos para levantarme? ¿Por qué me empezaba a agradar esta situación de estar sobre las baldosas frías, rodeada de semillas antioxidantes? ¿Cuándo reaccionaría? ¿Era acaso la crisis "paralizante" de los cuarenta años? ¿Estaba viva, muerta? ¿Acaso había reencarnado en un trapo rejilla? ¿Por qué a mí? A mí que accedo a entrar en la cultura, me adapto a las normas, me adapto al semáforo... ¿Por qué? (en bastardillas, frase de Tom Lupo –¡genio!-). En medio de estas profundas reflexiones, me pareció escuchar una seguidilla de ruidos extraños. El primero, un sobre deslizándose por debajo de la puerta. ¡Otro impuesto más! El segundo, una conversación entre camarones, proveniente de la heladera. El tercero, la voz de mi conciencia: levántate y barre. Hice caso a la tercera voz. Pasé la aspiradora por la cocina y por toda la casa. Luego a la primera: caminé hasta el banco para pagar todos los impuestos adeudados. Regresé a casa y, antes de caer en una nueva crisis existencial -en posición vertical-, y con la ayuda de mi viejo wok, hice acallar la segunda voz con la receta que sigue:

Ingredientes:
6 cucharadas de aceite de oliva
1 cebolla picada
1 diente de ajo picado
3 cucharadas de jengibre fresco rallado
1 taza de leche de coco
250 gramos de camarones
1 mango hecho puré
Sal, pimienta, curry, pimentón.
Si quieren, también chile, locoto o algún ají picante.

Procedimiento:
Picamos el ajo y la cebolla lo más chiquito que podamos. Calentamos aceite de oliva y ponemos a freír la cebolla y el ajo. Apenas la cebolla se empiece a dorar, le agregamos el curry. Salamos y pimentamos. Luego agregamos el puré de mangos (si quieren pueden tamizarlo para quitarle las fibras molestas) y cuando ya esté tomando color (o mejor dicho, sabor), agregamos los camarones limpios, pelados y cocidos. Dejar un par de minutos y agregar la leche de coco. Dejar un ratín más al fuego y retirar. También se le pueden agregar unos chiles o alguna cosa picante. Pero yo lo hice así, medio lavadito, porque a mí no me gusta que los camarones me pidan el libro de quejas. Queda muy lindo espolvoreado de pimentón dulce. Y su perfecto acompañamiento, el arroz blanco.


¿Y qué es lo que dicen los mariscos en la heladera, en la pecera de un restaurante o en el mar? El maestro Woody Allen se los cuenta. Tomado de Narrativa Breve,

Colas de Manhattan
Woody Allen
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
«¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo.
«Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta.
«¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas.
«Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras».
«¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?».
«El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa».
A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor.
En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba mientras su cola batía el agua con igual fuerza que el motor de un yate Evinrude.
«No me lo puedo creer», dijo, incrustando sus pequeños ojos —que asemejaban semillas de pimiento— en las paredes de cristal. «Ese ladrón que debería estar tras las barras, dando pico y pala en la roca, haciendo chapas de carros, se las agenció para escurrirse de la reclusión de su apartamento y ha venido a agasajarse con una cena de delicadezas marinas».
«No te pierdas la piedra de su inmortal amada», apuntó Moe, echándole un vistazo al anillo y los brazaletes de la señora M.
Moscowitz contuvo su reflujo ácido, una condición que lo perseguía de su vida anterior. «Él es la razón por la que estoy aquí», dijo ya en estado de agitación extrema.
«Dímelo a mí», dijo Moe Silverman. «Yo jugué golf con el hombre en la Florida —dicho sea de paso, el tipo mueve la bola con el pie cuando no estás mirando—».
«Cada mes me enviaba un extracto de cuenta», despotricó Moscowitz. «Yo sabía que esos números lucían demasiado buenos como para ser kosher, y cuando bromeé diciéndole que aquello parecía una estafa Ponzi, se atragantó con su kugel. Tuve que revivirlo con la maniobra de Heimlich. Al final, después de toda esa vida de altura, resulta que el tipo era un fraude y mi valor neto era igual a un quilo prieto. P.D.: Tuve un infarto al miocardio que fue registrado en unos laboratorios de oceanografía en Tokio».
«Conmigo se hizo el duro», dijo Silverman, buscando instintivamente en su carapacho una píldora de Xanax. «Al principio me dijo que no tenía espacio para otro inversor. Mientras más me rechazaba, más quería yo que me aceptara. Lo invité a cenar y como le gustaron los blintzes que cocinó Rosalee, prometió que la próxima vacante sería mía. El día que me enteré que se haría cargo de mi cuenta me emocioné tanto que corté la cabeza de mi esposa en nuestra foto de bodas y puse la suya. Cuando me enteré de que estaba en la ruina, me suicidé saltando del techo de nuestro club de golf en Palm Beach. Tuve que esperar media hora para el salto mortal: era el número doce en la cola».
En ese momento, el capitán escoltó a Madoff hasta el tanque de las langostas, en donde el astuto y fastidioso personaje analizó los diferentes candidatos de agua salada y sus potencialidades en términos de suculencia y señaló a Moscowitz y a Silverman. Una atenta sonrisa apareció en la cara del capitán mientras llamaba a un camarero para que extrajera el par de langostas del tanque.
«¡Esto es el colmo!», gritó Moscowitz, preparándose para la atrocidad suprema. «¡Me despoja de los ahorros de toda una vida y después me devora enchumbado en mantequilla! ¿Qué clase de universo es éste?».
Moscowitz y Silverman, cuya ira alcanzaba dimensiones cósmicas, empezaron a balancear el tanque hasta que lo derribaron de la mesa, rompiendo sus paredes de cristal y empapando el piso de lozas hexagonales. Las cabezas se volvieron mientras el alarmado capitán contemplaba el panorama atónito. Empecinadas en la venganza, las dos langostas se escabulleron rápidamente hacia Madoff. Llegaron a su mesa en un instante y Silverman se le tiró al tobillo. Moscowitz, canalizando la fuerza de un poseso, pegó un brinco desde el suelo y con una de sus tenazas gigantes engrampó fuertemente la nariz de Madoff. Gritando de dolor, el canoso artista de la estafa saltó de la silla en lo que Silverman le estrangulaba el empeine con ambas pinzas. Los comensales no podían dar crédito a sus ojos al reconocer a Madoff, y empezaron a vitorear a las langostas.
«¡Esto es por las viudas y las obras de caridad!», gritó Moscowitz. «¡Gracias a ti, el Hatikvah Hospital es ahora una pista de patinaje!».
Madoff, incapaz de librarse de los habitantes del Atlántico, salió disparado del restaurant y huyó chillando entre el tráfico. Cuando Moscowitz apretó el agarre de tornillo de banco en su tabique y Silverman le atravesó el zapato, persuadieron al tramposo de que se declarara culpable y pidiera perdón por su estafa monumental.
Al final del día, Madoff estaba en el Lenox Hill Hospital, lleno de verdugones y contusiones. Los dos renegados platos fuertes, saciadas sus iras, tuvieron sólo la fuerza suficiente como para dejarse caer en las frías y profundas aguas de Sheepshead Bay, donde, si no me equivoco, Moscowitz vive con Yetta Belkin, a quien reconoció de cuando hacía las compras en Fairway. En vida, ella siempre se había asemejado a un pez platija, y luego de su fatal accidente aéreo había regresado como tal.

domingo, 19 de junio de 2011

Crema de batatas, curry y coco


Cuando empecé a escribir en este blog lo hice con la intención de pasar aquellas recetas facilongas por las que solían consultarme mis amigos (básicamente las tres que me sabía de memoria: guacamole, sopa de calabaza y hummus -a ese limitado nivel de cocina llegaba-). Al mismo tiempo, se me ocurrió agregar al blog los textos cortos que están en mi lista de favoritos: microrrelatos, fragmentos de novelas, letras de canciones, chistes y algunos poemas. Como las personas, a lo largo de los años –y por justificados motivos- tienden a abandonar el hábito de lectura, se me ocurrió que, servido un texto en bandeja de plata, alguno pasaría a picar algo. El problema era que yo tenía muchos textos para pasar pero poca idea de cocina. Así que empecé a investigar, a pasear por blogs de cocina y pinchar, con el tenedor en la mano, algunas recetas. En el trayecto me hice amiga de algunas personas, dos de las cuales quisiera nombrar hoy. La primera, Analía de BiblioPeque, una genia escondida detrás de una pantalla de Coronel Dorrego. Ella es la que pone conocimiento, técnica, garra, corazón y fuerza para hacer que los niños lean (y también jueguen, claro, porque pa´ eso son niños!). La otra persona es Juana de La Cocina de Babel, mi guía espiritual gastronómica (sacando la parte de cocinar inocentes conejitos, huérfanas palomas, mondongo o hígado saltado, en lo demás, la sigo en todo). Las dos siempre han sido muy generosas conmigo (entre otras cosas, han convencido a punta de pistola a varios de hacerse seguidores de este blog -enmendado-) y, aunque no las conozco personalmente (si escuchan sonar violines, dispárenles), las quiero! Como Analía no cocina (pone el gancho Paula, su hijita), no puedo pasar una receta suya. Sí puedo pasar una de Juana. Así que posteo, en completa gratitud, la receta más deliciosa y mejor copiada que haya robado a cualquier cocinero: Crema de batata y curry rojo (si clickean sobre ese link llegarán a la receta original). (Sepan disculpar si los mareo con tantos signos de puntuación, es que me estoy preparando para rendir Gramática...). Ahora sí, debajo paso mi versión facilonga, cuarta receta en aprenderme de memoria:

Ingredientes (para 4 personas)
1 kilo de batatas
1 cebolla
2 dientes de ajo
Jengibre rallado
Curry
1 litro de caldo
1 taza de leche de coco
Aceite de oliva, sal, pimienta y cilantro.

Procedimiento:
Pelar y cortar las batatas. En una olla grande poner a calentar el aceite de oliva. Freír unos segunditos el ajo machacado o fileteado e inmediatamente incorporar la cebolla cortada en rodajas finas. Agregar el jengibre rallado, sal, pimienta y el curry. Apenas la cebolla esté trasparente, agregar las batatas y saltear por unos 10 minutos. Luego incorporar el caldo caliente y unas cuantas hojas de cilantro. Dejar cocinando 20 minutos más, hasta que las batatas estén blandas. Apagar el fuego, añadir la leche de coco y pasar por licuadora o minipimmer. Al momento de servir podemos agregar una cucharada más de leche de coco, cilantro fresco o semillas de coriantro.

Esta pasacuentos que soy se despide con un bellísimo relato. Considerado el primer microcuento hispanoamericano escrito, publicado en 1917 y de autoría del mexicano Julio Torri, con ustedes:

A Circe
“¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas. ¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí”.

lunes, 13 de junio de 2011

Arroz yamani con salsa agridulce


Ayer, en mi edificio, se rompió el ascensor y tuve que subir por las escaleras. En vez de ir contando los escalones, como hace la gente normal, fui tratando de adivinar quién vivia en cada departamento según los olores que sentían en el pasillo. Como esto ocurrió cerca de las 9 de la noche, fue bastante fácil imaginarlo. Olor a milanesas fritas: la familia de bancarios; olor a puchero: la pareja de jubilados; churrasco pasado: el estudiante de agronomía; huevos rancheros y música estridente: el que se acaba de divorciar. Pero mi entretenimiento pronto llegó a su fin porque, apagada la luz automática del pasillo, me encontré a oscuras, completamente ciega. Mientras tanteaba peldaños con el pie, vi un reflejo amarillento que se escapaba por debajo de una puerta. Luego escuché un tamborilleo extraño, seguido de ruidos de cadenas y golpes contra la pared. Por último, un agudo y escalofriante maullido de gato (¡¿Magui?!). Estampada contra la pared, muerta de miedo, di manotazos hasta conseguir encender la luz. Vi en la pared la numeración de mi piso. Vi en la puerta alborotada la letra de mi departamento. Sí, sí, todo aquello provenía de mi casa. Transpiré, temblé, me desmayé y me recuperé antes de llegar al suelo, porque de pronto caí en la cuenta que todo este misterio doméstico tenia una buena explicación. "Me cacho en dié, otra vez me olvidé encendido el Kohinoor". El ciclón se había llevado por delante dos macetas, tres envases de cerveza, una lata de pintura al aceite y la canasta donde guardo las bolsitas del Coto. Eso sí, el trapo rejilla que habia dejado centrifugando desde la mañana temprano, estaba seco. ¡Qué cabeza la mía! Para bajar un cambio y recuperar el pulso, me puse a cocinar. Si en ese momento algún vecino iba subiendo escaleras, boludeando en vez de ir contando escalones, seguro adivinó que por la noche, en mi viejo wok, se cocinaba la receta que sigue:


Salsa agridulce:
1/2 taza de azúcar
1/4 taza de vinagre blanco
1/2 taza de agua
1/4 taza de salsa de soja
1 cucharada de ketchup
2 cucharadas de maicena

En una ollita poner  a calentar todos los ingredientes menos la maicena. Dejar que caliente y evapore un rato para que espese un poco. Al cabo de 15 minutos aproximadamente, agregar la maicena disuelta en un par de cucharadas de agua y agregar a la preparación. Revolver continuamente hasta que espese (sin parar de mezclar para que no se agrume). Luego retirar y dejar enfriar.


Arroz yamaní: 
2 tazas de arroz yamani
Aceite de oliva
1 morrón rojo
4 cebollitas de verdeo
250 gramos de champignones
1 zanahoria
Tofu (o pollo, como prefieran)
Salsa de soja
Sal, pimienta

Poner a cocinar el arroz en 4 tazas de agua por 25 minutos. Cuando esté listo, colar y reservar. Aparte, cortar todas las verduras en tiras finitas. Poner a calentar un wok o sartén profunda unas cucharadas de aceite de oliva. Agregar la cebolla, morrón, zanahoria y dejar cocinar un rato. Salar y pimentar para que suelten el jugo. Luego agregar los champignones. Agregar un chorro de salsa de soja. Cuando esté todo cocido, agregar el arroz y mezclar en la misma sartén. También podemos ponerle en ese momento unas cucharadas de salsa agridulce para que el arroz empiece a tomar sabor. Por último agregamos tofu o pollo salteado (o las dos cosas, vamos). Servimos agregando por encima la salsa agridulce y rociamos con unas semillitas de sésamo.

Y si hay algo más misterioso que la luz que se escapa por debajo de la puerta de un pasillo a oscuras, esas son las ventanas iluminadas de Roberto Arlt. Afanado de Narrativa Breve:

Las ventanas iluminadas
La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja  entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo.  Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Del libro En la noche. Historias después de hora.
Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

sábado, 4 de junio de 2011

Pan saborizado


Los que constantemente estamos con la idea de hacer dieta (y por "idea" me refiero al significado de la Real Academia Española, “intención de hacer algo”) solemos prometernos cada lunes resignarnos a alguna de las cosas que engordan. Los sosegados prometen resignarse a las pizzas, pastas, papas y embutidos. Los apasionados al chocolate, helados, medias lunas, tartas de ricota y baileys. Los neuróticos a la leche entera, milanesas de soja transgénicas, fritos y enlatados. Los tradicionalistas se resignan al pan. Pero es tan difícil resignarse. Yo no me resigno a nada. ¿Y cómo hago para bajar de peso? No bajo. Pero lo que se dice resignarme, nunca me resigno a las dietas. Producto de este pensamiento ambiguo, femenino y contradictorio, pásoles la receta del pan saborizado:


Pancitos saborizados
(en este caso, de aceitunas)
Para hacer un montón:
1 kilo de harina 0000
1 taza de agua tibia
50 g de levadura fresca
1 taza de aceite de maiz o girasol
100 gramos de aceitunas (negras o verdes) descarozadas
(también puede ser queso rallado, pimentón, cebolla y etcétera)
1 cucharadita de azúcar
2 huevos
Sal y pimienta
Manteca o aceite para engrasar la fuente o los moldes


Llevar la levadura a un bol con el azúcar y un poco de agua tibia. Mezclar con los dedos, hasta que la levadura se desintegre. Dejar un rato en un lugar templado para que espume.
Mezclar la harina con la sal y la pimienta, hacer un hueco en el centro y agregar los huevos, el aceite de maíz, las aceitunas cortadas en rodajitas y, por último y de a poco, el agua con la levadura. Integrar con las manos y empezar a amasar. De ser necesario, agregar más agua tibia. Cuando tengamos una masa homogénea y tierna, guardar en un bol, tapar con un repasador y llevar a un sitio templado para que leve al doble de volumen (una o dos horas). Al cabo de ese tiempo, volver a amasar y, si se puede, dar a la masa pequeños golpes. Dividir la masa en bollitos y acomodar cada uno de ellos en moldes individuales o en una fuente aceitada o enmantecada (dejando espacio para que no se peguen). Volver a guardar en un lugar templado para que vuelvan a levar. Llevar a horno caliente por media hora o un poquito más, hasta que los pancitos estén ligeramente dorados por arriba.

El lunes próximo volveré a recordarme que no me resigno a las dietas. Aún me queda todo un fin de semana para razonar.

Me despido de ustedes con un hermoso, confuso y, a la vez, oportuno cuento. Desde el Portal de difusión de letra uruguaya y latinoamericana, del escritor uruguayo Arthur García Nuñez, alias Wimpi:


Tipo y polilla
Wimpi
Los seres de la Creación han venido demostrando que son capaces de resignarse a cualquier cosa menos a la dieta.
El caballo se resigna a la jardinera, el perro a la cadena, la mosca al flit, el ratón al gato, el tipo a su semejante.
Pero a lo único que no se ha resignado nadie todavía, es a la dieta.
El tipo ha tratado, empero, y por todos los medios, que las restantes especies de la escala zoológica se mueran de hambre.
Utiliza espirales humeantes contra los mosquitos, algodones atados en torno al tronco del rosal contra las hormigas, fiambreras contra las moscas.
Además inventó la escopeta, la creolina y el mercado negro.
Superándose en esa suerte de inventiva dramática, el tipo trató de exterminar la polillla, reacia como él mismo a la dieta, con un procedimiento al que llamó "alkyalation".
En efecto: el doctor Milton Harris, de la Textile Foundation del National Bureau of Standards (U.S.A.) ideó ese procedimiento -"alkyalation"- destinado a la protección de los tejidos de lana y similar, en algunos de sus aspectos y rendimientos, al de la vulcanización del caucho.
El proceso reemplaza débiles conexiones, entre las moléculas de la lana, por recias ligaduras.
Y, entonces, la polilla que se come eso se agarra la peritonitis y muere.
Es como cuando se apelmaza el budín o se pasma la torta pascualina.
Es, asimismo, y en otro sentido, la última obtención del hombre en su lucha contra la polilla.
Luego de "alkyalatar" muchos metros de tejido y, aún, prendas de diversa calidad y formas varias, el doctor Harris y sus colaboradores observaron un suceso realmente extraordinario; las polillas, aleccionadas por la trágica muerte de sus "pioneers", se habían hecho su composición de lugar y, la hora en la que el doctor Harris fue a comprobar los resultados de su descubrimiento, era, también la hora en la que las polillas sobrevivientes se habían puesto a devorar.., los bordes de los tejidos "alkyalotados".
Y advirtió el sabio polillófobo, que las que así comían de la orilla, quedaban además de bien nutridas, en perfecto estado de salud.
Sin que nadie le haya dicho nada, pues, la polilla hizo con la ropa lo mismo que el tipo hace con la fainá.
Y con todo.
Que es, por otra parte, la única manera de salvarse.

Wimpi, Ventana a la calle, Editorial Freeland, Buenos Aires, 1975.

miércoles, 1 de junio de 2011

El cangrejo de huevo que camina


Hola colegas y amigos: quería contarles que, a través de mi cyberamiga Analía de la Biblioteca Popular Coronel Dorrego (Buenos Aires, Argentina) fui invitada a participar en el blog de los BiBlioPeque (el blog de los Peque de la Biblio). La propuesta era colaborar con el proyecto "Juntos es Mejor", "Vivir la igualdad", que promociona la inclusión de los grandes en el mundo de los Peque.
Mi colaboración fue la receta del "Cangrejo de huevo que camina" a la que podrán llegar cliqueando sobre el título.
Estoy muy feliz por haber participado. Muchas gracias a los Peque por dejarme entrar en su blog y muchas gracias a Analía, por haberle dado tan lindo diseño a mi receta, y también gracias por todo lo que hace detrás del telón de los BiBlioPeque.
Lo que lamento en el alma es haberme olvidado de ponerle al cangrejo el elemento esencial: las pinzas! ¡Qué desastre de cocinera soy!
Espero que todos visiten la página de los BiBlioPeque y también, cómo no, la colaboración de la pseudococinera que suscribe. 
Besos, abrazos, saludos... y más besos!
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